El acuerdo de Macri – Germán Aguirre

El lunes pasado se nos invitó a un acuerdo. El Presidente Mauricio Macri, en un acto en el Centro Cultural Kirchner frente a empresarios, sindicalistas, gobernadores, jueces de la Corte Suprema y legisladores, nos propuso hacer un “gran acuerdo nacional” para resolver lo que a su juicio son los problemas fundamentales del país.

Se trató, en efecto, de un acuerdo que se organiza en torno a tres ejes principales —reforma fiscal, empleo, fortalecimiento institucional— cuyo detalle se conocerá en las próximas semanas. Pero aunque el discurso pareciera vago y poco preciso, se trató en realidad de uno de los más simbólicos y con mayor carga política del Presidente en los últimos tiempos. El acuerdo presentado ya nos muestra un contenido mucho más profundo. Veamos en qué consiste y analicemos qué implica aceptar semejante “invitación”.

La barrera argumentativa que tenemos que atravesar reside en entender qué significa y qué implica este gran acuerdo nacional propuesto el lunes. En otras palabras, ¿qué nos quiso decir Macri al proponernos este acuerdo? Hay tres respuestas posibles.

30-10-17 Macri en el CCK 3.

La primera respuesta consiste en entender el acuerdo como una invitación al diálogo. De hecho, en los últimos días los medios hegemónicos han resaltado este “gesto” del Presidente luego de su victoria electoral. Se trataría, entonces, de pasar de las reyertas electoralistas de la campaña a la discusión de cosas serias, del conflicto permanente a la solución de los problemas auténticos del país. Estaríamos siendo invitados —a la vez que exhortados— a asumir un compromiso para dar un debate profundo y hacer las reformas que creamos necesarias y que podamos proponer. Ahí cobraría sentido el pedido de Macri para que “todos hagamos nuestro aporte, es la forma de sacar a este país adelante” y su idea de que “el único rival que tenemos son los problemas de los argentinos”. A priori, no podríamos rechazar semejante invitación.

Sin embargo, el acuerdo al que se nos invitó el lunes no es exactamente eso. Ensayemos una segunda respuesta. Aunque careciera de detalles técnicos, la propuesta fue muy precisa en definiciones políticas. Más que una apertura al diálogo en general, se trató de una circunscripción del mismo a tres ejes específicos sobre los que habría que hacer reformas estructurales. En otras palabras, no se trata ya de discutir libremente cualquier cosa, sino de encontrar “consensos básicos” en aquello que el Presidente habilitó a que se discuta. Sin embargo, ¿cómo negarse a buscar consensos para “terminar con la pobreza” y “bajar la inflación”? ¿Cómo no aceptar ser parte de reformas que ayuden a generar empleo o equilibrar un sistema fiscal deficiente? Así, aunque se trate ahora de un acuerdo más acotado, estaríamos en presencia de una invitación fructífera por tratarse de tres ejes sin duda fundamentales.

Pero ello no agota aún el sentido de las palabras pronunciadas en el CCK. Hay una tercera respuesta a considerar. Resulta sintomático que el Presidente, al hablar el lunes, se refiriera a solucionar los problemas de tres ejes a los cuales sus políticas contribuyeron a profundizar en los últimos dos años. El lunes se propuso “no gastar más de lo que recaudamos” aun cuando hubo dos políticas suyas que contribuyeron notablemente a incrementar el déficit, a saber: 1) la eliminación o disminución de impuestos clave como las retenciones agropecuarias o el gravamen a los bienes de lujo; 2) el endeudamiento veloz que ya obliga a pagar intereses a un crecimiento del 77% anual y alcanzando el 2,2% del PBI. Del mismo modo, la generación de “empleo formal privado” resulta contrastante con el incremento de la tasa de desocupación en los últimos 24 meses y con casos emblemáticos de despidos como el de PepsiCo este año. Finalmente, la apuesta por el fortalecimiento de la calidad institucional y de la vida republicana coexiste con la detención arbitraria de Milagro Sala, con la actuación encubridora en el caso de Santiago Maldonado y con la presencia de fuertes incompatibilidades en funcionarios clave —como Aranguren, perteneciente a la empresa Shell— o de decretos polémicos —como la habilitación a que familiares de funcionarios blanqueen bienes no declarados o el ya casi olvidado intento de nombrar dos jueces por DNU—.

Pero justamente esas contradicciones nos permiten entender el sentido específico que alcanza el acuerdo. El mensaje de Cambiemos no es cínico. Tiene un significado preciso y una pretensión hegemónica destacable.

  La tercera respuesta indica entonces lo siguiente: cuando se nos propone acordar en la disminución del déficit fiscal, no se nos está invitando a discutir la política de endeudamiento o la implementación de impuestos para los sectores privilegiados, sino a estar de acuerdo en reducir el gasto por la única vía que parece quedar libre: disminuir el presupuesto del Estado y sus organismos así como el gasto social.

Cuando se nos propone “generar empleo privado formal” no se nos invita a ampliar derechos laborales de trabajadores y trabajadoras, sino a facilitar las condiciones para la contratación libre de personal, lo cual implica también facilitar su posterior despido. Para generar más empleo, nos dijo el Presidente, hace falta reducir sindicatos, juicios laborales y derechos formales en la contratación de trabajadores.

Del mismo modo, cuando se nos propone fortalecer la república y las instituciones no se nos invita a poner fin a los casos de conflictos de intereses en los funcionarios del gobierno ni a frenar las medidas de arbitrariedad y violencia institucional, sino a estar de acuerdo con una idea de “transparencia” vinculada puntualmente a la “modernización” del Estado en un sentido gerencial.

El acuerdo al que se nos invitó el pasado lunes, entonces, tiene un sentido muy concreto. No es ni una apelación al diálogo, ni una invitación a discutir la pobreza, la inflación o la república. Más que un llamado a un “consenso básico” se trata de una exhortación a “estar de acuerdo” con algo que no puede ser consensuado, básicamente porque ya fue definido.

En suma, fuimos invitados a un acuerdo en el que las cláusulas ya están definidas. Por lo tanto, no hay nada que “acordar” porque todo ya está acordado. Se trata de pensar, entonces, que cuando no hay ningún consenso producto de un diálogo auténtico, que cuando sólo se nos invita a decir “sí”, no hay acuerdo en sentido alguno. Cuando nos exhortan a decir “sí” irreflexivamente, es tanto más urgente pararse, reflexionar y saber decir “no”. Pero simultáneamente hay otra urgencia: se trata también de lograr pensar en un “Sí” alternativo, diferente de la invitación al Sí del lunes, al cual no le falta mucho para ser hegemónico.