El ascenso de Trump y el nuevo orden internacional – Andrés Schelp

El martes 8 de noviembre de 2016 un fantasma recorrió el mundo. Pese a la incredulidad de prácticamente la totalidad de los líderes mundiales, Donald Trump había resultado victorioso en la contienda electoral frente a Hillary Clinton. Después de más de dos meses de incertidumbre sobre las potenciales consecuencias de su triunfo, el magnate se convertirá hoy en el 45º Presidente de los Estados Unidos (Recomendamos al respecto al artículo de Fabricio Castro http://www.revistaatandocabos.com.ar/la-izquierda-del-muro-trump-fabricio-castro/)

En primera instancia, me parece importante recalcar que la visión negativa que suele prevalecer sobre Trump ha impedido en muchos casos evaluar y reconocer su capacidad para leer un estado de situación que otros candidatos no supieron percibir o evaluar en su debida magnitud.

A pesar de enfrentar una gran cantidad de factores estructurales en su contra, Trump se alzó con la victoria. Enfrentó en el camino la importante presión de prácticamente la totalidad del establishment bipartidista, mediático y económico. Inicialmente, su estatus de celebridad y su discurso polémico le brindaron una cobertura mediática de exposición nacional que no pudo ser igualada por la de ningún otro candidato. Luego, cuando un actor tras otro se fue volcando en su contra (una vez que su carrera tomó impulso), su discurso se radicalizó aún más, y acusó al sistema de “arreglado” y “corrupto”. Su inexperiencia, tan criticada por los expertos –recordemos que este factor se consideró clave en la victoria de Clinton sobre Sanders-, la usó como un arma a la hora de enfrentar a la élite y mostrarse como un outsider.

Al día siguiente de su victoria fue notorio el shock en la prensa occidental (¿Cómo pudo ganar un candidato semejante-“no apto para el cargo”, como recalcó Obama- la presidencia en la potencia más grande del mundo?). En la opinión pública abundaron análisis que recalcaban la misoginia y el racismo de sus seguidores. La realidad es que el origen de Trump va mucho más allá de esos fenómenos, que sin lugar a duda existen, pero a una escala menor a la estimada.

En mi opinión, un asunto de fondo que Trump resaltó fue que el statu quo –global como nacional- no beneficiaba al “pueblo americano”. Las élites internacionales se mostraron aterradas frente a su victoria, ya que sus posicionamientos pusieron en cuestión tanto a gran parte de las normas fundamentales que guiaron el orden global desde la posguerra como a los avances en términos de políticas raciales y de género en los Estados Unidos.

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El nuevo presidente se abocó en primer lugar a culpar a la política de acuerdos comerciales, a la traslocalización de empresas norteamericanas y a la competencia china por la pérdida de empleos estadounidenses. Este mensaje resonó especialmente dentro sectores con habilidades medias y bajas golpeados por la pérdida de trabajos industriales, los cuales se han visto relegados al desempleo o bien a migrar a trabajos con un salario más reducido. A pesar de que el impacto de la automatización no ha sido menor, es claro que los teóricos del libre comercio, quienes justifican que este es beneficioso en términos globales, han menospreciado el hecho de que sus costos no se distribuyen homogéneamente, y que los mismos han golpeado duramente a sectores específicos de la industria estadounidense.

Esta situación ha sido un factor que colaboró en la polarización electoral tanto como el rápido proceso de cambio de valores dentro de la sociedad estadounidense. Históricamente de mayoría blanca y protestante se está convirtiendo progresivamente en una sociedad multiétnica, un proceso que impacta en la subjetividad colectiva de una mayoría blanca que ve peligrar su hegemonía. Por tanto, son los sectores “perdedores” del proceso de globalización, una coalición de electores ubicados predominantemente en zonas rurales, quienes han generado el impulso fundamental para el ascenso de Trump a la presidencia.

Muchos líderes inicialmente consideraron que las “ansiedades injustificadas” de parte de un grupo de actores políticos en los países occidentales quedarían relegadas a un rol periférico de oposición. Sin embargo, el decurso del año pasado mostró que esas perspectivas resultaron erradas. En primera instancia, los propios problemas del partido conservador en Gran Bretaña, sumados a la incapacidad de David Cameron para negociar con sus rivales dentro del el partido, implicaron la realización un referéndum en el que los británicos decidieron –sorpresivamente- abandonar la Unión Europea. Un proceso que según las negociaciones y las últimas declaraciones de la Primer Ministro Theresa May podrían derivar incluso en un “hardBrexit”, en contraposición a una ruptura moderada que supondría una permanencia de Gran Bretaña en el mercado común europeo, entre otros puntos. En segunda instancia, el triunfo de Trump fue el que terminó configurando la visión que predominó del año 2016, es decir, un año que marca un “cambio de época”.

No obstante, parafraseando al pensador italiano Antonio Gramsci, en la crisis actual lo nuevo no termina de nacer y lo viejo no termina de morir. Ni Trump ni el Brexit han articulado un paradigma superador, lo que implican es un retorno de antiguas ideologías que vienen al rescate de un presente que contiene una un alta dosis de cambio e incertidumbre, y que en cierta parte no termina de ser conceptualizado.

Si bien es cierto que lo que podríamos denominar como la “ideología liberal de la globalización” –la idea de que los mercados abiertos y las normas internacionales compartidas construirían un mundo pacífico en el que las fronteras se irían desvaneciendo, y las culturas se unificarían en valores universales -ha perdido mucha fuerza, en el plano económico no se encuentra semejante impugnación. La globalización económica es un factor que ha modificado radicalmente nuestro mundo, posibilitando las cadenas globales de valor, la traslocalización productiva y la existencia de un mercado global de comercio estable. Un sistema que fue propulsado en sus inicios por los Estados Unidos como uno de los medios para ampliar el mercado para sus empresas, pero que en el nuevo siglo ha resultado más beneficioso para los emergentes, y ha sido clave para el ascenso de la nueva superpotencia mundial: China.

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Lo que en Estados Unidos ahora es leído como un factor que amenaza a su primacía global en China es visto como una condición para la estabilidad y crecimiento económico del país. Por ello es que este año Xi Jinping fue el primer presidente chino en asistir al Foro Económico Mundial de Davos. En el mismo recalcó el rol de la globalización como “fuente de prosperidad”. De incurrir Trump en fuertes políticas proteccionistas, el resultado sería negativo para el crecimiento de la economía global, y en especial para China, que es uno de los principales socios comerciales de los Estados Unidos. Igualmente, pese a resultar afectada, es probable que debido a que su preservación es un interés compartido por muchos actores internacionales, esta estructura muestre una importante dosis de resiliencia en el futuro cercano.

Por otra parte, en el campo de la seguridad global, Trump ha puesto en entredicho las alianzas y posicionamientos históricos de su país. Entre otras cosas, minimizó la importancia de Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la política de balance de poder a China en Asia y las políticas de no proliferación nuclear. Sumado a lo anterior, el 45° Presidente de los Estados Unidos ha mostrado una claro desdén por el rol de Naciones Unidas. A pesar de que Trump parece pensar que la falta de previsibilidad y de restricciones institucionales es un activo a su favor, que le permitirá obtener un mayor margen de libertad en las negociaciones con otros estados, en términos generales, podemos afirmar que si estas visiones terminan permeando la delineación de la política exterior estadounidense, tendrán como consecuencia  un mayor desorden global.  Las normas y reglas compartidas entre los estados tendrán un valor más reducido, lo que podría derivar en acciones unilaterales, perjudiciales para prevenir y atenuar conflictos inter e intra-estatales.

Todavía prevalece una gran incertidumbre al respecto de cómo actuará efectivamente Trump como presidente. Hasta el momento no ha dado signos de moderarse, pero sí de ser un hombre pragmático. De hecho, las audiencias del congreso a los  miembros de su gabinete muestran que ha designado personas que parecen entender las virtudes el orden actual y que se han manifestado en desacuerdo con sus algunas de sus posturas más controvertidas. Lo que sí parece evidente es que Trump fomentará una política transaccional, en la que los acuerdos y negociaciones tenderán a ser vistos primordialmente como juegos de suma cero, mientras que se observará una clara reducción en el interés en sostener y construir una gobernanza multilateral global.

En síntesis, la resonancia ideológica del discurso globalizador y multiculturalista ha tocado un límite en Occidente. La arquitectura internacional establecida por los Estados Unidos, en conjunción con las potencias aliadas luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, está siendo ahora cuestionada por su quien fuera su principal articulador. Esto implicará que la estructura de cooperación multilateral se encuentre en tela de juicio justamente cuanto más necesaria esta es. Esta paradoja es una realidad preocupante, ya que las problemáticas actuales tienen dimensión e impacto global, lo que implica que se necesita ir más allá de los principios westfalianos -soberanía nacional y principio de no intervención- para resolverlas.