Brasil en el callejón sin salida – Gonzalo Manzullo

Habida cuenta de los últimos sucesos de público conocimiento ocurridos a partir de la difusión de las escuchas al actual presidente Michel Temer, en esta breve intervención no busco repasar los hechos, realizar una crónica o buscar causas del colapso de legitimidad que azota al gobierno nacional de Brasil hoy.

En su lugar, quiero aportar una reflexión relacionada al futuro político del país a la luz de las tendencias que se observan en el presente en las fuerzas políticas y en los humores de las personas que la semana pasada salieron a la calle para protestar contra la corrupción del gobierno actual.

En cuanto a los humores, hay un punto particular que merece ser destacado. No es una novedad decir que la totalidad del arco político brasileño está afectado por una profunda falta de confianza por parte de la ciudadanía. Es decir, la sospecha de corrupción recae sobre toda la clase política más allá del partido al que pertenezcan, de modo que se vuelve más complicado imaginar cómo un eventual y todavía desconocido sucesor de Temer podría alcanzar una legitimidad que le permita sostenerse para terminar su mandato. También parece ser claro que el reclamo prácticamente masivo en las calles fue el rechazo a Temer, a su gobierno, a sus políticas y, en conexión con ello, el pedido de elecciones anticipadas. Pero también hubo ciudadanos que salieron a la calle para pedir la intervención militar. Sobre este punto quiero detenerme: a pesar de que las fuerzas militares no han tomado nota de tal reclamo y no se mostraron interesados en intervenir, es preocupante que aún al día de hoy ciudadanos brasileños depositen en el ejército la función de restablecer el orden.

Por otro lado, es bastante probable que a pesar de negarse a renunciar explícitamente, Temer caiga tarde o temprano. Pero ello menos por una percepción popular que lo relacione a una revancha por la injusta destitución a Dilma y más por su propia debilidad junto a sus nefastas políticas económicas. Nuevamente, el problema está en la conciencia y la percepción respecto al campo político que posee la ciudadanía. La conciencia de izquierda no ha calado suficientemente hondo.

En cuanto a las tendencias en las fuerzas políticas, ya aclaramos la posición de Temer: si bien no aspira a mantenerse en la primera plana del mapa político más allá de este mandato, muestra una notable convicción de aferrarse al poder. El PSDB, opositor ya habitual del PT y sus líderes, está igualmente manchado por los escándalos de corrupción que ahora recuperaron visibilidad y fueron estratégicamente replicados por los medios masivos de comunicación –cuyo rol en la política brasileña merece libros enteros-.

En lo que toca al propio Partido de los Trabajadores es donde está el mayor desafío pero también el más interesante nudo de esta historia desde el punto de vista de la observación no participante: el partido está también marcado por el descrédito a partir de las sospechas de corrupción que azota a todas las instituciones políticas de Brasil hoy. Si bien el liderazgo de Lula, en términos de popularidad, es la única certeza que se puede encontrar en el país hermano, no es posible su llegada al gobierno sin construir una coalición. En la medida en que no parece viable llegar al Planalto únicamente refugiándose en una coalición entre los sectores de izquierda, el PT corre el riesgo de tropezar dos veces con la misma piedra, sosteniendo su gobernabilidad sobre pies de barro al aliarse con las mismas fuerzas que le asestaron el golpe. La diversidad de posiciones amenaza con desmembrar el partido sacudiendo aún más las perspectivas a futuro.

Ante ello, es evidente que si quiere saltear esas peligrosas alianzas, la alternativa para el PT sólo puede ser construir mayor poder y cambiar la correlación de fuerzas para llegar al 2019 gobernando en solitario. Desafortunadamente, ello requeriría un fuerte cambio de estrategia: hasta ahora se han limitado a señalar el carácter de golpe de la destitución de Dilma Rousseff sin poder enarbolar una autocrítica seria. Creo que el empuje de sindicatos y movimientos sociales –que está misma semana se proponen ocupar Brasilia- será fundamental para ello.

A su vez, es necesario aclarar que el pedido de elecciones directas ya, por más que mueva multitudes en las calles, requiere para ser realidad de una reforma constitucional: la ley actual en Brasil prevé que pasados dos años de mandato presidencial al ser impedidos para gobernar presidente y vice, quienes los siguen para culminar el período en la línea sucesoria son los presidentes de la Cámara Nacional y el Senado Federal, en ese orden. Pero ambos están actualmente investigados por cargos similares a los que enfrentan Temer, Cunha y Neves, razón por la cual quien quedaría en la hipotética línea sucesoria sería tan sólo el presidente del Supremo Tribunal Federal -cuya legalidad para asumir está clara, mientras su legitimidad sería igualmente escasa a los demás candidatos a alcanzar el poder-. Cabe agregar que si alguno de los ocho pedidos de impeachment contra Temer prospera, su conclusión exitosa llevaría alrededor de seis sesiones parlamentarias, el equivalente a un año calendario. En suma, con la composición actual de las cámaras ningún líder fuerte -con algo de legitimidad- puede suceder a Temer para culminar el mandato. Otra opción prevista por la ley es realizar elecciones indirectas a través del parlamento. Tanto la reforma, como los candidatos en la sucesión y las elecciones indirectas se enfrentan al escollo de pasar por la regresiva y corrupta cámara de representantes.

Para otra ocasión, queda abierta la pregunta sobre cuáles fueron los intereses específicos que llevaron a Batista, líder de una de las mayores empresas de agroindustria de Brasil, a ventilar en este preciso momento las escuchas de Temer.

Así las cosas, la perspectiva de reconstruir un proyecto político progresista en Brasil de cara a 2019 en adelante debe superar el desafío de transformar la conciencia de la ciudadanía para alterar la relación de fuerzas en el mapa político, pero todo ello será imposible sin una verdadera autocrítica que habilite una superación. No va a ser la primera vez que la tarea empiece por casa.