Cambiemos y el doble desafío del peronismo – Germán Aguirre

Aunque la llegada de la primavera nos arrimó días más largos y temperaturas cautivantes, para el gobierno de Cambiemos el último mes se asemejó a un “otoño”. En el horizonte aparecieron llamativas fisuras en los acuerdos que el oficialismo había concertado con diferentes actores políticos. Punzantes demoras parlamentarias en la sanción de proyectos clave para Cambiemos (el Presupuesto 2017, la contratación público-privada de la obra pública, la reforma electoral) que se sumaban al avance opositor en proyectos rechazados por el Poder Ejecutivo (como la Emergencia Social) y al desacuerdo oficialista en otros (como el frustrado intento de reforma del Ministerio Público), una ambivalente y todavía no cerrada negociación con empresarios y sindicalistas para otorgar un “bono de fin de año” a los trabajadores formales del sector privado, la todavía visible cicatriz que dejó en el oficialismo el freno de la Corte Suprema a los aumentos de gas, sumados a la falta de señales de reactivación económica, auguran visibles luces de alarma para Cambiemos de cara al largo trecho que aún lo separa de las decisivas elecciones de 2017.

Al momento de asumir la presidencia, Mauricio Macri contaba con recursos políticos desbalanceados: por un lado, su retaguardia se hallaba cubierta por la legitimidad que le otorgaba el reciente triunfo en el ballotage; por otro lado, su vanguardia se encontraba desnuda al no contar con mayoría parlamentaria ni manejo sobre los gobernadores. El respaldo de los medios de comunicación, del sector financiero y de las empresas exportadoras era un primer sostén que necesitaba extenderse hacia acuerdos con otros actores clave. Era esperable que, partiendo de ese escenario inicial, 2016 transcurriera incorporando una nueva frase al léxico político del momento: la necesidad de generar un “acuerdo de gobernabilidad”.

En los once meses que pasaron desde entonces, este cuadro desbalanceado no se equilibró, sino que se inclinó en sentido contrario: la retaguardia de la legitimidad democrática se debilitó, y la vanguardia de los acuerdos de gobernabilidad fue cada vez más importante en la estrategia macrista.

Las medidas antipopulares que tomó el oficialismo lo distanciaron de las expectativas iniciales de una parte de sus votantes: aún sin ser opositores abiertos, importantes sectores de la sociedad empezaron a mirar con desencanto a la gestión, generando cierto desgano político en la base electoral que había optado por Cambiemos en 2015.

La confianza y la credibilidad son valores esenciales en las relaciones políticas de los líderes con sus bases. Ambos términos son abstractos y difícilmente cuantificables, pero como muchos valores políticos, cuesta bastante ganarlos y se pueden perder con rapidez. Nunca se obtienen de una vez y para siempre, y es casi imposible recuperarlos después de extraviarlos en alguna curva del camino. Sin temor a exagerar, podemos decir que es uno de los problemas más severos que debe enfrentar un gobernante cuando ya no los tiene.

 Mauricio Macri ha gastado muchos cartuchos de confianza en el poco tiempo que lleva de gobierno, perdiendo la oportunidad de encontrar un equilibrio de recursos políticos de cara a un posible crecimiento en las elecciones de medio término, y la todavía considerable distancia de las legislativas lo encuentra ya recostado casi en su totalidad sobre los frágiles acuerdos ad hoc que logre ir construyendo. El blindaje mediático y el endeudamiento financiero parecen tapar ese vacío incipiente. Pero a mediano plazo, este recorrido casi siempre conduce a los gobiernos a un círculo vicioso de aislamiento político, donde la fuga de confianza ya no puede ser revertida.

El gobierno lo sabe y también es consciente de que la contienda decisiva para evitar esto será la bonaerense. Vidal es la única carta de peso que le queda al oficialismo, y ese es otro problema mayúsculo pues ella no puede competir. Sólo un triunfo en la provincia de Buenos Aires el año próximo permitirá al gobierno recuperar gobernabilidad y revalidar sus machucadas credenciales de legitimidad democrática. La esperanza de que esto sea así tiene hoy mucho oxígeno, cuyo tubo principal es la división del peronismo.

Pero, por eso mismo, el escenario del año próximo depende un tanto menos de lo que haga Cambiemos y un poco más de lo que defina la oposición peronista.

¿Se generará una propuesta peronista unificada, o la división persistirá? Se conjugan aquí, como en un revuelto, tradiciones políticas, intereses materiales, convicciones, vanidad y finalismos.

Max Weber, preguntándose acerca de cuál era la ética específica de la política, identificaba tres virtudes cardinales: a) pasión, b) responsabilidad, y c) mesura. La pasión correspondía a lo que él llamaba la “ética de la convicción”, es decir, la entrega incondicionada a una causa o ideal. Cuando falta la convicción, la política se vuelve fría e insustancial y sucumbe al reinado de los inescrupulosos o de los burócratas. Pero, en paralelo, la política no puede basarse solamente en la convicción: es necesario preguntarse por las consecuencias de la acción, y allí surge lo que Weber denominaba “ética de la responsabilidad”. El auténtico político, en el decir de Weber, debe ser capaz de actuar apasionadamente y al mismo tiempo responsabilizarse por los efectos de su acción. Debe combinar corazón y cabeza. El mantenimiento de este equilibrio se logra con la tercera virtud, la mesura, capacidad de guardar distancia con las personas y las cosas, para que la cambiante realidad no arrebate al político la templanza.

Weber entendía también que el político tenía que vencer cada día y cada hora a un oponente muy trivial, la vanidad, enemiga mortal de toda entrega a una causa y de toda mesura, en este caso de la mesura frente a sí mismo. La carencia de ideales lleva a los vanidosos a escabullirse y mudarse siguiendo la engañosa luz del poder; y su falta de responsabilidad los lleva a gozar del poder por el poder, sin tomar en cuenta su finalidad.

No resulta aventurado decir que el firmamento peronista se definirá en gran medida por las dosis de pasión, responsabilidad, mesura y vanidad que los líderes peronistas terminen asumiendo.

El peronismo históricamente ha resuelto sus internas bajo una singular variante democrática, que consiste en dejar en manos de la ciudadanía la resolución de sus diferencias, para que el pasaporte de la victoria refrende al líder unificador.

En este sentido, aunque la resolución electoral de la interna sea la que probablemente termine prevaleciendo y una unificación del campo peronista no se vea en el horizonte, lo que sí permitirá visualizar 2017 serán las virtudes de los líderes peronistas. La pasión para lograr una identidad aglutinadora, la mesurada frialdad para no quebrarse ante la coyuntura, sumada a la responsabilidad de lograr una victoria, revelarán las posibilidades que cada líder terminará teniendo.

Quien logre mostrar esas virtudes y conformar la propuesta más amplia, quizá pueda hacer frente al doble desafío para el peronismo en 2017: vencer a Cambiemos y configurar el signo ideológico que adquirirá la propuesta peronista de cara a 2019.        

Lo cierto es que Cambiemos también sabe esto. Pondrá en juego todos los recursos presupuestarios y simbólicos a su alcance, sabiendo que su futuro depende del fracaso del doble desafío peronista.

 

*German Aguirre es licenciado en Ciencia Politica por la Universidad de Buenos Aires.

**La ilustracion corresponde a “The balance”, de Christina Schloe.