¿Qué es el comunismo? – Gonzalo Manzullo

Encuadrar una tradición de pensamiento bajo ciertos principios-guía en pos de explicarla como un todo cerrado y favorecer su comprensión bajo criterios pedagógicos no puede dejar de reconocer la omisión de algunos elementos. La advertencia inicial no es menor a la hora de tratar con las ideas comunistas, que tanta discusión han generado desde su aparición y que cuentan con innumerables aristas.

Las ideas comunistas se configuran bajo una constelación de elementos: el primero de ellos es la premisa de que los hombres pueden vivir en igualdad aun a pesar de sus capacidades diversas. Pero esa posibilidad se ve resquebrajada por la división del trabajo capitalista que resulta en y garantiza el dominio del hombre por el hombre. De aquél diagnóstico negativo sobre la realidad efectiva debemos subrayar una segunda premisa: si existe inequidad en el mundo, ello no se justifica en la propia forma de ser que naturalmente presenta el género humano, sino que acontece una corrupción de la pureza y bondad inicial. Pero eso no es todo: esta corrupción del género humano, encarnada en la opresión del hombre por el hombre, no es producto de una estrategia política, un designio de la providencia o un rasgo cultural, sino que se explica únicamente por la situación de producción y reproducción de los hombres. Nos referimos a la organización económica. Así, de una determinada forma de producir -injusta- en el ámbito económico se derivan todas las penurias que el hombre vive en el resto de los ámbitos de su vida.

Retrocedamos ahora un paso, para avanzar luego dos: no debemos obviar un supuesto básico de estas ideas, y es que el principal rasgo que distingue al género humano del resto de los seres vivos es su capacidad de trabajar, de alterar el mundo que le rodea en su favor. Entonces existe una capacidad de artificio que iguala a todos los hombres.  Pero hasta allí no acontecería ningún conflicto que explique las penurias actuales. ¿Qué separa y oprime a los hombres? La propiedad privada sobre los medios de producción, premisa de la forma de producción capitalista, permite que quienes detenten -por la fuerza- las herramientas y medios necesarios para el trabajo de producción y reproducción de la vida subordinen a quienes sólo poseen su capacidad de trabajar, obligándolos así a someterse a una negociación asimétrica donde el poseedor tiene siempre la última palabra.

¿Por qué decimos que se entabla una relación asimétrica? Lo que ocurre en el proceso de trabajo dominado por el modo de producción capitalista es que el trabajador, al usar su fuerza de trabajo, genera un valor mayor al que le es remunerado. La diferencia entre valor generado y remunerado es lo que el comunismo denomina plusvalía o plusvalor. Esto significa que cada vez que un trabajador se desempeña como tal  le es arrebatada una porción del valor que produce y que sin excepción beneficia al empleador. Esto repetido a gran escala da lugar a una acumulación creciente de parte de los poseedores de los medios de producción y una asimetría eterna respecto a los trabajadores. Esta tajada extra que el empleador obtiene lleva a una tendencia a la concentración producto de la acumulación creciente de los capitales, favoreciendo una mayor cantidad de proletarios

Esta subordinación que acontece en el plano de la historia humana, y que nace en la base o estructura económica, explica todas las demás diferencias y conflictos entre los hombres: la historia equivale a la pugna entre los hombres agrupados en clases según su carácter económico de poseedores -burgueses- o desposeídos -proletarios-. Si prestamos acuerdo a lo dicho hasta aquí, resulta que campos/ámbitos  tan variados como la política, el derecho y la religión se distinguen de la base económica pero sólo como desprendimientos superestructurales nacidos con el objeto de garantizar la perpetuación del esquema económico. Tienen entidad propia en la medida en que remiten al plano de la producción económica.

Hasta aquí podemos explicar el pasado –la historia como lucha de clases que dictamina el florecimiento y la defunción de distintos modos de producción hasta el capitalismo– y el presente -actual situación de opresión e inequidad donde el hombre es sometido por sus congéneres- pero no hemos dicho nada sobre la mirada al futuro que plantean al menos los presupuestos más básicos de las ideas comunistas.

Uno de los rasgos singulares de la tradición de pensamiento comunista es postular una teleología de la historia. O en español, una fe profunda en la existencia de leyes naturales que orientan los hechos de la experiencia hacia el progreso paulatino del género humano. Desde esa plataforma es que las ideas comunistas se permiten dictaminar que, así como el modo de producción feudal tuvo su apogeo y luego llegó a su fin, el modo de producción capitalista, junto con las superestructuras avalatorias que lo acompañan y ponen contra las cuerdas al proletariado, está también destinado a desaparecer. Tarde o temprano, el destino llama a la puerta del proletariado para permitirle ser artífice de su propio destino, abandonando así el lugar de la opresión y la miseria. Pero para ello, es necesario el desarrollo de ciertas condiciones objetivas garantizadas por el desenvolvimiento de la historia: el modo de producción capitalista con la conciencia que lo acompaña deben desenvolverse al máximo hasta dar lugar a una etapa nueva, contenida en germen en su propio desarrollo.

Hasta aquí ya podemos identificar que hay un sujeto privilegiado en este pensamiento: el proletariado tiene la misión histórica de revertir la opresión a la que está sometido actualmente. Y sólo él puede hacerlo, en la medida en que ha sufrido en carne propia la opresión y la miseria a que el modo de producción capitalista lleva.

Por otra parte, el desenvolvimiento de las fuerzas de la historia es condición necesaria para superar esta etapa de opresión: actualmente el proletariado no tiene conciencia de su misión y no tiene a su alcance los medios para concretarla. Puesto que sólo a través de una modificación en la base económica tendrá lugar la superación de este conflicto en todas las esferas de la vida que dará lugar a la libertad e igualdad sustanciales entre los hombres.

Si volvemos la mirada a las leyes históricas podemos afirmar que, desde el propio seno del modo de producción capitalista, y gracias precisamente a su desarrollo total, surgirán las fuerzas de la revolución, en germen apenas en el presente: el proletariado por la única vía de avance que ofrece la historia, la lucha de clases, tomará el control de las relaciones de producción para equilibrar la balanza hacia la igualdad entre los hombres y ello con carácter internacional. Para ello deberá abolir la propiedad privada de los medios de producción.  En una ecuación sencilla, el comunismo admite que si aquello que oprime a los hombres es la propiedad privada, no cabe más que su eliminación.

El problema se complejiza en este punto: el teatro de la historia tiene sus leyes, pero sus actores protagonistas son los hombres. Pero además, no es posible contemplar un pasaje de la existencia plena y frugal de la propiedad privada a su abolición completa: para llegar a la meta -consistente en la libertad e igualdad sustancial entre los hombres denominada como comunismo y caracterizada por la máxima “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”- es necesario introducir la aparición de un paso previo: el socialismo.

El socialismo es el requisito previo que permite, a través de la dirección del proletariado, arrebatar por la fuerza los medios de producción a la burguesía para socializarlos luego, eliminando la opresión por la abolición de la propiedad privada y con ello de la lucha de clases, alcanzando así el comunismo. Esto nos alerta sobre una premisa subyacente: el Estado en tanto tal no es rechazado para la tradición comunista, sino que por el contrario sostiene la existencia y la posibilidad de un Estado bueno: aquél que no se corrompe por su utilización en favor de los ricos contra los pobres. Se trata justamente del Estado que reemplaza a la organización política burguesa cuando el proletariado tome el poder. La transición consiste en destruir la maquinaria burguesa del Estado, pero crear en su lugar nuevas instituciones, destinadas precisamente a abolirse a sí mismas en el futuro para dar lugar al comunismo estricto.

Para concluir, quisiera introducir algunas observaciones respecto a esta tradición de pensamiento. En primer lugar, cabe señalar que el comunismo comparte con otras ideas políticas una misma preocupación respecto al deber ser del mundo: cómo alcanzar el ideal de libertad e igualdad. Pero elige un camino distinto, basado en su concepción diferente de lo que el hombre es y en un diagnóstico apocalíptico de lo que ha llegado a ser en el presente. A ello le suma -basado en una convicción positivista- una confianza en el progreso permanente de los hombres, de modo que su destino es alcanzar esa armonía tarde o temprano.

Por otra parte, hay una tensión en querer anclar en el plano económico las interferencias a la igualdad y libertad entre los hombres, siendo lo económico quien tiene la última palabra respecto de los demás ámbitos del vivir humano. Si bien no podemos obviar que ya el marxismo ortodoxo admite la mutua afectación recíproca entre, por ejemplo, religión o política y economía, sostener que la última porción de verdad la encontramos siempre en la base económica puede llevarnos a obviar la potencialidad del juego propiamente político, basado en el binomio fuerza-consenso, como vía de transformación de la sociedad y el mundo. Si la política es negada en su entidad propia, el conflicto pasaría a depender únicamente de la puja económica por la posesión de los medios de producción. Y una vez eliminada aquella, alcanzado el comunismo nos encontramos con el fin de la historia. Sería el fin de la historia en la medida en que en un hipotético estado de armonía, sin oprimidos que liberar, no habría motivación para la acción humana: no habría factores ajenos a la base económica que puedan introducir el conflicto, y con él, mover a los hombres a la acción.

Por otra parte, es necesario realizar cierta autocrítica, en la medida en que las predicciones de esta tradición se ven en algunos casos parcialmente cumplidas: aunque se evidencia una tendencia creciente a la acumulación, ella no parece redundar tanto en la dicotomización de la sociedad entre burgueses y proletarios, sino que se da más bien una heterogeneización de los lugares ocupados en la producción. Algo similar ocurre con la aspiración internacional de la revolución proletaria, dado que ella tuvo lugar en Estados nacionales sin lograr expandirse más allá de sus fronteras truncando la aspiración de universalizar la revolución comunista.

Adicionalmente, hay que destacar la incomodidad que produce el concepto de democracia en las ideas comunistas: es, en su forma sustancial y plena, identificada al comunismo. Pero contiene una ambigüedad: en su forma actual, es el marco de lucha en que los hombres actúan por una sociedad mejor, pero es al mismo tiempo el mayor engaño al esconder bajo la garantía de la igualdad formal, una profunda desigualdad económica. Algo similar sucede al interior de cada fábrica: es necesario que los proletarios se organicen para adquirir conciencia sobre la opresión a la que están sometidos y actuar mancomunadamente contra ella, pero ello es posible sólo en tanto la democracia engañosa en la que viven consagre el derecho de origen liberal a la libre asociación.