Creciendo en el patriarcado

Tengo una hermana y es más grande que yo. Me pasé muchos ratos en la vida sin saber qué le pasaba, por qué no hablaba, por qué no decía nada, por qué estaba triste. Después de preguntarme muchas veces por qué, después de muchas cosas vividas, siento que tengo algunas cosas para decir desde mi propia experiencia, donde la lógica binaria, el esencialismo y el naturalismo han operado en mi construcción simbólica del mundo.

Iguales pero diferentes

Iguales pero diferentes

Nos vestían iguales porque creían que así íbamos a ser más iguales, pero ahora creo que todos somos diferentes; en casa no sabíamos mucho acerca de esa frase de Marx que dice ¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual, ¡según sus necesidades!”[1] Mientras tanto, en la Argentina corría la década del ’90, la ola neoliberal avanzaba frente a una matriz estatal que se desregularizaba cada vez más con su correspondiente impacto en lo laboral y muy especialmente en las mujeres, ya que siempre son vinculadas a las áreas sociales que son las primeras en verse afectadas. ¿Por qué se da esta vinculación? No es casualidad que el Ministerio de Desarrollo Social haya sido ocupado por mujeres casi ininterrumpidamente desde el año 1999 hasta la fecha, pues las áreas sociales del Estado son entendidas como la extensión de las labores que la mujer desempeña al interior del hogar: cuidado de los niños, de las personas adultas y otras actividades de beneficencia. Todo gracias a la división social del trabajo machista en la cual existen tres premisas básicas según Pierre Bourdieu[2]:

  1. Las funciones adecuadas para las mujeres son una prolongación de las funciones domésticas: enseñar, cuidado, servicio.
  2. Una mujer no puede tener autoridad sobre unos hombres y tiene, por tanto, todas las posibilidades, en igualdad, como es natural, de las restantes circunstancias, de verse postergada por un hombre en una posición de autoridad y de verse arrinconada a unas funciones subordinadas de asistencia.
  3. Conferir al hombre el monopolio de la manipulación de los objetos técnicos y máquinas.

La mujer queda conferida al hogar, con su correspondiente lógica afectiva y vinculada a lo privado, su trabajo es enajenado en pos de mantener los lazos de solidaridad y conservar la integridad de la familia; de esta forma el capital económico se transforma en simbólico. Mientras tanto, el hombre se desempeña en el mundo de lo público donde el lenguaje, el dinero y el poder están al servicio de sí mismo, el hombre sí tiene voz. Cuando la mujer cambia de lógica al salir del mundo privado despierta el odio o la admiración de sus pares al ejercer lugares de liderazgo en el mundo público debido a que un liderazgo femenino no resulta común en la sociedad actual. “Tanto la envidia como la admiración no hablan de otra cosa que de la dificultad de estas mujeres para imaginar ese lugar como algo posible para ellas[3]. En este sentido, el concepto de sororidad el cual enuncia “los principios ético políticos de equivalencia y relación paritaria entre mujeres[4] es fundamental para salir de falsas disyuntivas incorporando varios feminismos al colectivo.

Todo orden social debe ser entendido como una construcción, no es algo dado por la naturaleza sino que es producto de un conjunto de articulaciones imaginarias instituidas que van a definir a la mujer de acuerdo a una época determinada (…). Por ello, creer que la naturaleza hizo a las mujeres para atender nuestros placeres, para hacernos la comida que nos gusta y quedarse todo el día en nuestras casas cuidando lo nuestro, mientras nosotros nos vamos a trabajar no es natural, es producto de la cultura, se ha invisibilidado y naturalizado.

Con mi hermana también íbamos al mismo colegio, siempre persiguiendo la igualdad, pero teníamos uniformes diferentes. Mientras los varones vestíamos shorts y remera o pantalones y camisa, ellas siempre portaban pollera o  jumper lo que las hacía estimular con más dificultad las formas básicas de movimiento y así desarrollar cuerpos más débiles para las prácticas deportivas en una educación primaria totalmente desigual. El deporte actúa como un gran ordenador social, practicarlos levanta la autoestima, las mujeres deportistas dejan de tener un cuerpo para otro -para ser mirado-, abandonan los patrones estéticos impuestos culturalmente para pasar a poseer un cuerpo para sí, un cuerpo activo. ¿Cuántos grupos de trabajo realizan actividades deportivas después de hora en las cuales las mujeres no son incluidas? Estos espacios, lejos de ser lugares para la mera recreación, sirven para tejer relaciones estrategias, convirtiéndose en un espacio de sociabilización perdido para ellas.

Veía el malestar de ella, sin dudas, pero aconsejaba desde mi parecer, de macho, de hijo del patriarca al que todo se le ha dado y era el responsable de perpetuar nuestro apellido, nada más. Así llegaba del colegio y esperaba comer solo lo que a mí me gustaba y los demás, que aguanten. Si mi mamá no podía hacerme la comida, la hacía mi hermana y, si no mi abuela. Todas mujeres a mi absoluto servicio, porque era el hijo del patriarca.

Los medios son, también, un área clave para el análisis. Recuerdo como ella, mi hermana,  miraba las novelas adolescentes de la tarde, esos en los que actuaban siempre los mismos personajes, toda gente de su edad pero que parecían de más. Vestían toda la ropa que mi hermana quería, esa que costaba tanto comprar y que mi mamá se esforzaba para que la tenga y se sienta mejor. Claro que entre sus amigas había muchas que se parecían a la gente de estos programas, pero ella no, aunque quisiera y se vista como ellos.  Yo veía como sufría, vaya si sufría por no ser, por no poder ser aquello que la sociedad pedía. Estaba en una fila muy muy larga y muy lejos de ser como toda esta gente. Pero, ¿por qué la ropa? Mientras que la misma en los hombres denota simbólicamente una posición social, para las mujeres tiene una función seductora, exaltando su posición social y sobre todo cosificándola. Todo esfuerzo se centra a lo vinculado a la belleza, a la estética, trasladándose esto también a la unidad doméstica, es la mujer la responsable de adornar los objetos de la casa, pero también de la vestimenta de los niños y hasta del esposo[5].

Veía el malestar de ella, sin dudas, pero aconsejaba desde mi parecer, de macho, de hijo del patriarca al que todo se le ha dado y era el responsable de perpetuar nuestro apellido, nada más. Así llegaba del colegio y esperaba comer solo lo que a mí me gustaba y los demás, que aguanten. Si mi mamá no podía hacerme la comida, la hacía mi hermana y, si no mi abuela. Todas mujeres a mi absoluto servicio, porque era el hijo del patriarca. Todas ellas expresaban su malestar, pero las estructuras de dominación son el producto de un continuado trabajo legitimador donde actúan hombres e instituciones y donde, sabemos, las armas de los débiles son también débiles y muchas veces relegitiman el sistema de opresión.

Deconstruir, como varones, nuestros propios privilegios obtenidos tan solo por haber nacido es un camino que nos llevará a una sociedad más igualitaria, en la cual el varón no tenga las exigencias de cumplir con el mandato patriarcal de ser proveedor y protector, que pueda mostrarse sensible y vulnerable a las emociones. Una sociedad en la que el macho no tenga lugar.

Todo orden social debe ser entendido como una construcción, no es algo dado por la naturaleza sino que es producto de un conjunto de articulaciones imaginarias instituidas que van a definir a la mujer de acuerdo a una época determinada; esta articulación se hace posible gracias a sus propios soportes narrativos: el naturalismo, el biologismo y el esencialismo. Por ello, creer que la naturaleza hizo a las mujeres para atender nuestros placeres, para hacernos la comida que nos gusta y quedarse todo el día en nuestras casas cuidando lo nuestro, mientras nosotros nos vamos a trabajar no es natural, es producto de la cultura, se ha invisibilidado y naturalizado.

Algo está ocurriendo, se hacen visibles en la superficie identidades que luego de años de lucha incesante logran tener voz en la sociedad. Junto con dichas identidades, observo históricas demandas de estas actoras que exigen una solución a sus padecimientos: el techo de cristal, diferencia salarial, enajenación del trabajo doméstico, la violencia física y/o simbólica y la penalización del aborto. El desafío está en no diluir en particulares estas demandas y combatir los micromachismos en todas las esferas posibles. Deconstruir, como varones, nuestros propios privilegios obtenidos tan solo por haber nacido es un camino que nos llevará a una sociedad más igualitaria, en la cual el varón no tenga las exigencias de cumplir con el mandato patriarcal de ser proveedor y protector, que pueda mostrarse sensible y vulnerable a las emociones. Una sociedad en la que el macho no tenga lugar.

[1] Carlos Marx, “Crítica al programa de Gotha”, El Aleph 2000, p 17

[2] Pierre Bourdieu; “La dominación masculina”, Barcelona, Anagrama 2000

[3] Fernández, Ana María. “La mujer de la ilusión, Pactos y contratos entre hombres y mujeres”, Paidós, Buenos Aires, 2012.

[4] Marcela Lagarde y de los Rios, “Pacto entre mujeres sororidad”. Publicado en www.celem.org.ar p 126

[5] Pierre Bourdieu; “La dominación masculina”, Barcelona, Anagrama 2000