Dime sobre qué bromeas y te diré quién eres – Octavio Majul

El intento de identificar a Cambiemos con la despolitización no puede más que fracasar. Esto, a pesar de las propias declaraciones de Macri y muchos de sus funcionarios en contra de la politización y a favor de lo despolitizado (sin saber aún qué significan ambos). La comparación hecha por Carrió del posible cuerpo de Santiago Maldonado con el de Walt Disney en el mismo momento en que todo un país está en vilo esperando pasar de la posibilidad a la confirmación, es una de las expresiones más transparentes de un modo de proceder del macrismo. Si al kirchnerismo se le acuso una y otra vez de politizar todas las esferas de la vida, el macrismo, prometiendo una despolitización, no hizo más que llevarla a reductos que antes parecían intocables. Por politización se entiende acá no el pasaje de algo no político a algo político -podemos cantar todos juntos: todo es político-, sino la reducción de todo hecho político a lo político-partidario. No significa esto una visión ingenua que denuncia los intereses particulares de los partidos, lejos de eso creemos que en la política el interés particular y el general pueden reunirse sin identificarse. No obstante lo cual, toda sociedad se mueve sobre una serie de consensos no susceptibles de ser reducidos a sector de la política partidaria en tanto tal.

En su estrategia de diferenciación respecto el kirchnerismo la alianza Cambiemos, y creo que de manera exitosa, ha logrado partidizar lo que antes era ubicado en el recinto de lo intocable. En muchos aspectos eso se vio favorecido por el modo en el cual aquello intocable fue reivindicado como propio por el kirchnerismo. Aspecto que no es totalmente falso -la mayoría encontraron en él el actor principal o combustible para producirse- aunque estratégicamente no útil en este contexto. Esta politización es llevada a su máxima expresión porque, de manera deshonesta, se reivindica como el último gesto político en contra de aquellos que obstaculizan el desarrollo del país. El éxito del macrismo resulta de señalar con el dedo sin que este se note más que para quien es señalado. En una retórica consensualista se permite el lujo de señalar los enemigos del consenso, favorecer el contexto o reivindicar políticas represivas sin que esto genere contradicción alguna en su imagen.

Ese gesto de identificar luchas generales con actores políticos particulares, o peor, con un solo actor político particular -recuérdese el “detrás de las tomas de colegio está el kirchnerismo” y otros tantos etc.- lejos de despolitizar, acabó por reducir a lo partidario aspectos de la vida que le excedían.  La reivindicación del sistema científico y su lucha, la reivindicación de los derechos humanos y su lucha, la reivindicación por la memoria y su lucha, pilares que toda sociedad democrática debería compartir, han sido señalados no solo como exclusivos de una fracción partidaria -desconociendo las complejidades internas de cada lucha- sino, y por ello, desacreditados en tanto tales. Atrás del señalamiento con el dedo hay reducción de presupuesto, obstaculización de proyectos que estaban en curso, etc. El dedo que señala es tan exitoso que al mismo tiempo que invisible, esconde aquello que hay detrás.

El 1 de Agosto de 2017 desapareció Santiago Maldonado. Este hecho que por su singularidad debería  interrumpir el modo normal del desarrollo de la política, terminó subsumido a este. Si logró aunar a sectores que no están ni estarán juntos, no superó el test para que el macrismo sintiera siquiera empatía. En la retaguardia del ataque más brusco de los grandes medios de comunicación, campañas de trolls en redes sociales y los moralistas autoconvocados, el gobierno se dio el lujo no solo de reivindicar a la Gendarmería cuando parecía creíble hacerlo, sino que estimuló las dudas sobre la verdadera desaparición, potenció la campaña de desprestigio al pueblo Mapuche y sus luchas. Recordemos que la semana pasada en el debate de los candidatos de la Ciudad de Buenos Aires, en contra de todas las pruebas y apoyada solo en sus prejuicios, nuevamente Carrió deslizó la posibilidad de que Santiago se encuentre en Chile. La sacralidad del cuerpo desaparecido, lo espeluznante del hecho mismo de la desaparición forzada no bastaron para poner un freno a la politización del hecho. Aconteció una proliferación de hipótesis hollywoodenses -algunas incluían la presencia de ISIS- que solo buscaban desprestigiar el nombre de quien no estaba ni podía defenderse. Se redujo a política partidaria un hecho que conjugaba, al mismo tiempo, lo más sagrado y lo más espeluznante.

A todo esto se puede criticar -cuanto menos- dos cosas. La primera crítica, más general, refiere a si solo es Cambiemos quien favorece la partidización de estas luchas. Reproche justificado y cierto. Pero ser gobierno, encontrar afinidad con los principales medios de comunicación hace a Cambiemos un actor central y a quién primeramente se debe imputar responsabilidades, sin decir que contradice su propia campaña en contra de la partidización de todos los asuntos de la vida. La segunda crítica preguntaría en qué medida esta nota no termina haciendo el mismo gesto, se refiere consensos generales, causas no partidarias, y al mismo tiempo se señala con el dedo la estrategia de un sector. Consciente, pero no arrepentido, de la contradicción, solo puede decirse que en este caso el dedo no se esconde, señala muy precisamente la comparación del posible cuerpo de Santiago Maldonado con el de Walt Disney,  lo rechaza y se asusta por la incapacidad de generar empatía con un cuerpo. Es que esta nota está escrita con indignación y miedo. Indignación y miedo de aquellos incapaces de sentir siquiera empatía con un cuerpo al punto de bromear sobre él, de afirmar irresponsablemente que luego de 72 días de no ofrecer una respuesta como gobierno sobre el paradero de Santiago, había 20% de posibilidades de que estuviera en Chile. Indigna y da miedo porque estamos a unos días de que este gesto de indiferencia sea convalidado por gran parte de la ciudadanía.