El sueño de la transparencia – German Aguirre

En el último tiempo, la presencia de la corrupción en la agenda política ha adquirido renovada centralidad. Para muchas personas, semejante presencia ha reactualizado un sentimiento de frustración respecto de la política que hace rato se viene dando en las sociedades occidentales: frustración y cansancio que constituyen uno de los aspectos más visibles de nuestra época. A pesar de que este desencanto debe ser prudentemente matizado —pues en los últimos años también la afirmación de lo político ha ocupado una centralidad inocultable—, lo cierto es que casos recientes como el de José López, revelados por los medios con militante puntualidad y sostenidos en agenda a partir de sus derivaciones, han mostrado los efectos explosivos que sigue teniendo la corrupción. Y es que, en realidad, la corrupción no constituye un problema nuevo: desde hace años que la demanda de transparencia dejó de ser una exigencia circunscripta a determinadas ONG, para pasar a formar parte de las expectativas de importantes sectores de la ciudadanía, densificar la agenda mediática y estar presente a la hora de diseñar políticas públicas.

En el sostenimiento de la corrupción como tema de agenda se muestran, de manera simultánea, sus dos “escoltas” principales: un discurso de la transparencia y una demanda de honestidad personal. De estas dos últimas se espera la solución de los grandes problemas del país: no es casual que, hace no mucho tiempo, el presidente Mauricio Macri haya sostenido que “la deshonestidad es el motor de la pobreza, la exclusión y la violencia” (Buenos Aires, 28 de junio de 2016). Ahora bien, debemos decir que aquellas demandas de transparencia y honestidad terminan por entender de manera insuficiente lo político. Veamos en qué consiste esto.

Los devotos de la transparencia creen que, bajo su imperio, la política y la sociedad funcionarán de manera armónica. No obstante, estas buenas intenciones esconden un problema. Este discurso presupone una concepción muy particular de la política, nunca explicitada pero, como trasfondo, ampliamente difundida en la sociedad actual. Sus impulsores consideran que, una vez conseguido el acceso a la información completa, y develados todos los detalles, la política se optimiza. Su fe es una fe radical en la eficiencia, en la calculabilidad, en la previsibilidad. La transparencia se asienta, en el fondo, en un discurso técnico. Y como toda técnica, trata a la política como una máquina: desmonta sus partes, las procesa y halla los modos en que las puede hacer operar con la mayor efectividad. Pero al hacer esto, la lógica de la transparencia niega el elemento conflictivo e imprevisible que define a la política. Frente a la confrontación de proyectos y de ideas, propone un procedimiento técnico. Creyendo en una idílica sociedad del consumo y la producción, hace de la “política” mera “gestión”.

En el fondo, la transparencia reproduce un ideal liberal que cree posible vivir en un mundo en el cual todas las cuestiones serían resueltas merced a un procedimiento técnico y “objetivo”, sin conflictos e interferencias. No obstante, lo político —más allá de sus innumerables definiciones— se caracteriza por un rasgo central: la pluralidad —de ideas, de agrupamientos, de modos de existencia— que se pone en juego en el mundo. Contra este pluralismo avanzan sin cesar discursos como el de la transparencia, pues creen que hay una solución objetiva que se asume como la única verdad y quiere imponerse como la solución auténtica de todo problema. Esto no quiere decir que la transparencia no sea un criterio importante a la hora de pensar la relación con nuestros gobernantes, pero sería un reduccionismo alzarla como el único y el decisivo.

El discurso de la transparencia sostiene que podemos arreglárnosla sin la política. Es, por eso, un discurso “despolitizador”. No obstante, en el momento en que busca realizarse en el mundo, la transparencia no puede evitar caer en el campo de la política, pues aunque se oculte bajo un velo, esa negación de la política no deja de ser una opción política más, en convivencia con otras. En la realidad concreta, no hay soluciones técnicas para los grandes problemas humanos, sino una lucha de ideas, proyectos y modos de existencia.

La demanda de honestidad, por su parte, es la reacción más natural y atendible frente a la presunción de actos irregulares en el manejo del dinero público. Ahora bien, quien políticamente demanda honestidad tiende a asumir que, si tuviéramos gobernantes pulcros e intachables, todo marcharía bien. Este punto es central para los debates políticos actuales, pues resulta evidente que las aptitudes éticas son un aspecto central de la credibilidad de nuestros representantes. No obstante, esta discusión puede caer fácilmente en dos malentendidos. El primero de ellos consiste en creer que la honestidad es condición suficiente para gobernar. En otras palabras: hay quienes proclaman que la honestidad basta para tener un gobierno exitoso. Pero esta aseveración tapa el hecho de que pueden encontrarse sujetos honestos que, al mismo tiempo, dejen mucho que desear como gobernantes. El segundo malentendido estriba en creer que la corrupción origina los males de nuestra sociedad y que, una vez erradicada ella, dichos males se acabarán. Pero, de nuevo, la presencia de honradez y buenas intenciones poco puede decirnos acerca del contenido político de aquellas decisiones que definen los rumbos de una sociedad. Para decirlo de otra manera: con honestidad pueden tomarse medidas gubernamentales tanto favorables como nocivas para la ciudadanía, sin que pueda ponerse en tela de juicio la rectitud de quien las toma.

El discurso de la transparencia y la demanda de honestidad se muestran “insuficientes” en cuanto omiten la pregunta por el “sentido” de toda política, pregunta que lleva a asumir que en el mundo hay pluralidad y conflictividad de puntos de vista. La transparencia y la honestidad individual sólo pueden exigir “acceso a la información” y “honradez”, pero nunca dar una orientación política concreta. Aunque ambas exigencias tienen legitimidad, debemos ser conscientes de su dificultad para alzarse en principios políticos sólidos, y de los peligros que trae su abarcadora pretensión de asumirse como la solución de los principales problemas sociales. Hacer realidad dicha pretensión es el gran sueño de la transparencia. Pero ese anhelo sólo puede ir realizándose a costa de ocultar las preguntas definitorias de la política, las ideas y proyectos en pugna, el contenido de las grandes decisiones gubernamentales y el sentido hacia el cual quiere conducirse a una sociedad.

 

*Germán Aguirre es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires.