¿Qué es el fascismo y quiénes son los fascistas? – Lucila Svampa

A pesar de que fascismo proviene del latín fasces (manojo), una rápida indagación sobre su formación indica que se trata de un neologismo. Mientras que fascio aparece en el vocabulario político italiano tras la unificación y desde entonces se empleó para designar diferentes grupos políticos (Fascio di Bologna, Fascio dei lavoratorio, etc.), la innovación en el campo semántico de lo político, provocada por el concepto de fascismo, surge ocasionalmente a fines de siglo XIX y se instala a principios de siglo XX.

Si quisiésemos circunscribir esta voz a una experiencia histórica concreta, deberíamos referirnos a la Italia gobernada por Mussolini entre los años 1922 y 1943. Luego del Tratado de Versalles, el pueblo italiano padecía grandes condiciones de vulnerabilidad, que hacían visible un alto nivel de conflictividad social. En este contexto, Mussolini se hace paulatinamente de espacios de poder, primero con los Fasci di Combattimento, luego con su elección en el congreso, y por último, con su llegada al gobierno tras la Marcha de Roma. Todo este periodo se denomina fascismo. Si bien esta es una referencia obligada, no podríamos sin embargo evitar remitirnos a otros movimientos: el nazismo en Alemania, la primera etapa del gobierno franquista en España o el régimen de Vichy en Francia -e incluso ActionFrançaise, considerada la primera organización fascista de finales del siglo XIX. En efecto, se trata de un fenómeno que dominó principalmente la Europa de entreguerras, y que a pesar de estar anclado en el gobierno del Duce -como bien éste admitió- no puede limitarse a una única expresión histórica. Aunque con sus particularidades, estos régimenes formaron una suerte de constelación fascista ligada por un conjunto de elementos comunes, que fueron materia de numerosas teorías. Desde la historiografía, tal vez los trabajos que más resonancia han tenido en este sentido son los de Gentile, Sternhall, Nolte, de Felice y Mosse. En función de dichas investigaciones, a nivel político institucional, ideológico y cultural, es posible identificar definiciones claves para el proyecto fascista.

Respecto al primer punto, en todos los casos se trató de un gobierno totalitario, que si bien alcanzó las esferas del poder con cierto grado de popularidad y mediante mecanismos legales, se perpetuó suspendiendo el orden constitucional. La desarticulación del Estado de Derecho, que puso en suspenso las garantías y libertades individuales, se llevó adelante en algunos casos con la supresión de las esferas parlamentarias y con la instauración de un partido único. La adjudicación de facultades extraordinarias para el ejecutivo, en defensa del establecimiento del orden en un contexto caótico, funcionó como un argumento para la formación de un régimen abusivo, encabezado por un líder carismático. El Estado total que primó se auto-legitimaba mediante la propaganda, ideada para inhibir la aparición de movimientos opositores y para eliminar la división entre lo público y lo privado. Bajo este sistema político se desarrolló una ideología que se pretendía antiliberal, a la vez que profundamente anticomunista -a causa de esto último se lo definió en ocasiones como una contrarevolución. La ambición de instaurar un nuevo orden fundado en una alternativa a dicho binomio daba impulso a una doctrina que se basaba en un rechazo al universo intelectual de la Ilustración.

Este panorama se vio acompañado de una exaltación de la identidad nacional, que, en pos de la tradición y de un darwinismo social, discriminaba lo ajeno en un grado de intensidad máximo. El culto a la raza, el antisemitismo y el hostigamiento a homosexuales o a extranjeros, fueron algunos de los fundamentos de su cosmovisión. Esta particularidad conformó el centro neurálgico de los genocidios más atroces de la historia: el exterminio industrial de millones de judíos en Alemania y los brutales crímenes del ejército italiano en Etiopía son algunos ejemplos. Si bien la complejidad del fenómeno del Holocausto merece un tratamiento específico, es posible simplemente resaltar aquí que la violencia funcionó como un elemento específico del fascismo. Esta cultura promovía el protagonismo de un único y legítimo pueblo, siendo el caso más emblemático es el vitoreado Volk alemán. Los seguidores de estos régimenes se mostrarían dispuestos a hacer sacrificios por las aspiraciones expansionistas de su patria, por cierto tendiente al militarismo. Todo este cuadro se cristalizó a nivel cultural con el entusiasmo por la novedad de una revolución que propiciaba una sociedad de masas, para la que los mitos y una cierta estetización de la política jugarían un papel clave. El nuevo régimen traería, mediante una economía centralizada, prosperidad y modernidad técnica. En la mayoría de los casos, los beneficios económicos estuvieron orientados no a los sectores más vulnerables de los respectivos contextos, sino a las élites que habían apoyado la llegada al poder de las fuerzas fascistas.

Hasta aquí, sus grandes lineamientos característicos. Ahora bien, si las coordenadas de este fenómeno se trazan en el marco de dichas experiencias históricas, ¿por qué el concepto de fascismo no deja de resonar en nuestro espacio público, excediendo los ámbitos de investigación historiográfica? Por un lado, el actual y creciente apoyo a partidos de extrema derecha a nivel mundial parece haber encendido una alerta antifascista. Por otro lado, el fascismo funciona como un instrumento de combate de las fuerzas partidarias a la hora de descalificar al adversario político. Una imputación tal asegura endilgar al enemigo una correspondencia indiscutiblemente negativa, que es incluso capaz de expulsar -al menos en un nivel discursivo- al otro del juego democrático. Difícilmente una fuerza política se auto adjudique hoy su identidad con el fascismo, puesto eso lo dejaría por fuera de la competencia por los votos. La historia demostró las atrocidades de las que el fascismo puede ser capaz y debido a eso, el concepto no está unido sino a la idea de terror, al tiempo que es hoy resignificado como una lección que se debe aprender de la historia. Entonces, en tanto no hay nadie del otro lado dispuesto a defender esa ideología, se tiende a usar el término como un cheque en blanco, gesto absolutamente carente de tino político. Lo curioso es que esta ofensa es dirigida tanto a fuerzas políticas reaccionarias como a progresistas, convirtiendo la cuestión en una disputa semántica por la conquista del significado del fascismo. De modo que, mirando hacia el pasado, la noción se circunscribe fácilmente a un conjunto de experiencias nefastas que protagonizó Europa en el periodo de entreguerras, mientras que en la actualidad se volvió políticamente ambivalente, pues devino polisémica por ser empleada hoy en direcciones no solo diferentes, sino incluso contrarias. Se revela así una suerte de imprecisión estratégica: su incorporación al terreno político arroja una ganancia asegurada, pero también peligrosas confusiones. Si bien el concepto no abandona el dominio político, sufre un blanqueamiento semántico que nos obliga a estar alertas cada vez que lo vemos empleado, puesto que si todos claman ser antifascistas, no es difícil cerciorarnos de que podemos estar ante una trampa.

Podríamos por ende distinguir el fascismo como concepto histórico por un lado y en su uso político por otro. A través de este último es posible desacreditar oponentes, ubicándolos en el mismo campo que genocidas de la talla de Mussolini o Hilter. Estos paralelismos parecen empero tener una veta provechosa analíticamente. Si se establecen criterios que caractericen el término, podríamos darnos la tarea de identificar aquello que antecede al fascismo y dar con lo que algunos llaman protofascismo. Los síntomas que se hacen visibles pueden ser indicios de algo que está en plena gestación, por supuesto bajo una nueva forma, dado que sería poco factible registrar un modelo de fascismo como el del periodo de entreguerras. Esto debido a dos razones: en primer lugar, porque no existió una “forma pura” de fascismo, sino que este varió de acuerdo a cada una de sus expresiones; en segundo lugar, porque el contexto contemporáneo ofrece unas condiciones culturales y político-institucionales diferentes. Lo anterior no nos priva de la posibilidad de contar con una caracterización apta para trazar relaciones con casos del presente, que puedan dar como resultado tanto la impugnación de incorrectos paralelismos, como la determinación de un reingreso del fascismo a nuestro terreno político. Habrá que percibir signos que denoten un posible estado embrionario, así como también un fascismo contenido por un entorno democrático como el actual, sobre todo si consideramos la relevancia de explorar condiciones de posibilidad homologables a las de aquel entonces. En este sentido, algunos estudios se aproximan a esta cuestión analizando cuáles fueron las circunstancias que hicieron posible un fenómeno tal. Es decir, no específicamente investigando cómo funcionó, sus dogmas y principios, sino más bien analizando qué ideas circulaban en dicho contexto, cómo estaban configuradas las subjetividades, cuáles eran las dificultades que dicho tipo de sociedades transitaban y cuál era la naturaleza de los conceptos que ordenaban su vida política. En pocas palabras, cómo fue posible que el fascismo haya tenido lugar en la historia. Por definición, las ideas fuera de lugar constituyen una contradicción y por lo tanto, debemos dirigir especial atención al contexto en que surgieron. Esto explicaría por qué pensar el fascismo como una anomalía nos despojaría de una serie de herramientas de gran relevancia para reflexionar sobre su emergencia y posible regreso.

En conclusión, se trata de combinar dos indagaciones: por un lado, una capaz de rastrear esas causas y de confirmar en qué medida efectivamente persisten hoy, y por otro, una abocada a identificar sectores con programas similares. Entonces, donde reconozcamos fuerzas políticas que promueven miedo a lo diferente, señalamiento de los extranjeros como intrusos, misoginia, apelación a las clases medias frustradas, atropellamiento de las decisiones parlamentarias, desconfianza hacia el mundo intelectual, un fuerte protagonismo de los mecanismos represivos y violentos y sucesivos ultrajes a los derechos humanos en contextos de vulnerabilidad social y de descontento generalizado hacia los mecanismos de representación, debemos activar alarmas capaces de hacer frente a semejante amenaza. Solo de este modo, el hecho de que un mandatario sea fascista no garantizará que pueda instaurar un fascismo.