Fidel – Franco Castorina

Con el fallecimiento de Fidel Castro finaliza el siglo XX. Su persona simboliza la auténtica lucha revolucionaria en aras de la igualdad y la libertad humanas. Sus acciones y sus ideas, su palabra y su experiencia motivaron la de otros que han visto en esa vida una dirección y un sentido. Si la muerte de Fidel –persona tan cara a todo pensamiento revolucionario y emancipatorio– provoca un dolor inmenso, ello no borra la esperanza que nos abre su legado. Fidel, como todo gran hombre y político, vive más allá de su persona, en la forma de la leyenda o el mito, pero también en la forma de una realidad que bien vale la pena imitar. El aciago episodio de su muerte hace las veces aquí de acontecimiento que invita a pensar la acción revolucionaria y la cuestión de la revolución.

El propósito de toda revolución es modificar las condiciones políticas, económicas y sociales que imperan en una determinada sociedad, en la convicción de que una sociedad más justa e igualitaria es posible. Ese fue, también, el tan ansiado propósito de la revolución cubana. Desde sus albores, se proponía liberar al pueblo cubano de la dictadura de Batista, auspiciada por Estados Unidos. Pero la acción revolucionaria, como toda acción, está abierta a la contingencia, a la incertidumbre, a la ceguera. Con esto se quiere decir que la acción es ciega, ya que nunca se desarrolla sobre un sitio seguro, porque se juega en la pluralidad, porque es acción entre varios. La pluralidad humana, en la que se inscribe la acción, le otorga su carácter contingente.

El político o el revolucionario no desconoce este dato: que en su acción él representa un papel, que su acción nunca se da a ver sólo a sus propios ojos, sino, a su vez, a los ojos de los demás y que lo que a sus ojos puede ser un error, en ojos ajenos puede representar el mal radical. La tragedia de la acción es que se enfrenta siempre a la contingencia y a lo imprevisible. El maleficio de la vida en común consiste en que la acción nos compromete y nos hace responsables de algo que no controlamos totalmente. La maldición de la política procede justamente de esto: de que los valores deben traducirse en hechos; de que la fe y la convicción que preceden a la acción deben ser llevadas a cabo en la práctica. Sobre este conflicto que habita la acción política ha dado cuenta de modo impecable Max Weber, a través de su distinción entre una ética de la responsabilidad que juzga los actos de acuerdo a sus consecuencias y una ética de la convicción que persigue incondicionalmente determinados valores, más allá de sus efectos.

Cuando Fidel Castro presenta su alegato de autodefensa por los sucesos ocurridos en el Asalto al Cuartel Moncada reconoce la contingencia de la historia, que lo puso frente a ese tribunal que lo condena. Pero al mismo tiempo reconoce en la Historia una lógica, un sentido, una dirección. Si la Historia lo absolverá es porque ésta tiene un designio, una idea que la dirige y que absuelve al acto revolucionario. Se acusa que la acción revolucionaria es violenta. El revolucionario responde que la violencia es sólo un medio para instituir la sociedad sin clases y sin explotación; que la violencia es sólo un medio para suprimir la violencia. ¿Acaso el neoliberalismo no oculta la violencia y la guerra tras los mantos del respeto a la ley y a la libertad? ¿Acaso el neoliberalismo no esconde la pobreza y el hambre tras aparentes igualdades político-jurídicas? ¿Acaso no se disfraza al imperialismo de respeto a valores puramente liberales? También se oye que la revolución es dictatorial. A esto, el revolucionario argumenta que es la dictadura de los hombres auténticos, de los hombres más puramente hombres, en cuyo horizonte futuro aparece el ser humano como el ser más fundamental. Se ve: para el revolucionario, violencia y dictadura tienen como fin el verdadero humanismo. La Verdad de la Historia es la institución de la relación pacífica del hombre con el hombre, del verdadero reino de la libertad y de la igualdad. Se dirá que las intenciones humanistas de la revolución no alcanzan a ser suficientes para justificar la violencia. Debe decirse también que la honestidad y la valentía del revolucionario son también dignas de elogio.

Tal vez no haya ninguna Verdad en la Historia. Tal vez la supresión de la violencia sea tan imposible como el acceso al reino humanista de la libertad y la igualdad. Y sin embargo, aunque este humanismo no sea posible, la Historia nos exige defender la libertad; pero una libertad que es distinta de aquella del neoliberalismo. La revolución nos enseña la necesidad de defender la libertad efectiva, aquella que incluye la vida de todos, que piensa antes en seres humanos libres y no en la idea de libertad. Quizás no haya una Verdad en la Historia, pero ésta sigue una Idea. Si toda acción está arrojada a una aventura cuyo feliz desenlace no está garantizado, está en nosotros asumir el riesgo, la seriedad y la responsabilidad de toda acción política cuyo horizonte abrace una humanidad más libre, más igualitaria y más justa.

Por ello, a las lamentables palabras de Trump le contestamos que Fidel permanece vivo más allá de su persona, ya que, como él dejo dicho, “los hombres pasan, las ideas quedan”. Y a estos tiempos difíciles que nos toca habitar les responderemos con lucha, porque la libertad exige existir en acto, en el movimiento que nos acomuna a todos con las cosas y los azares del mundo.