¿Hacia dónde nos dirigimos como comunidad democrática? – Lucía Carello y Franco Castorina

Sabiendo que el cuerpo hallado el pasado martes 17 de octubre en el Río Chubut fue identificado como Santiago Maldonado, estos 78 días transcurridos desde su desaparición durante la represión por parte de gendarmería exigen repensarnos como comunidad política democrática.  

Durante más de dos meses, desde los medios de comunicación oficialistas se instalaron una serie de hipótesis delirantes que excluían la posibilidad de la desaparición forzada de Santiago Maldonado en manos de gendarmería: a Maldonado lo habría trasladado una pareja de ancianos en auto; la desaparición de Maldonado se trataría de una invención kirchnerista; y la célebre “hay un 20% de posibilidades de que esté en Chile con la RAM” enunciada por la candidata a diputada de Cambiemos, Elisa Carrió. Esto sumado a la prohibición de hablar sobre Santiago Maldonado en las escuelas, la habilitación de un teléfono vinculado al Ministerio de Educación para denunciar aquellos casos en los que se tocara el tema, la identificación de Santiago con la “indigna” profesión de artesano y la asociación con el desacreditado reclamo mapuche por las tierras ocupadas por Benetton -conocidos amigos del presidente de la Nación-, entre tanto otras cosas, son ejemplos que dan cuenta de tres modalidades de tratamiento de la desaparición forzada de Santiago Maldonado: 1. la justificación de la violencia institucional; 2. la desvalorización de la persona de Santiago Maldonado; 3. la politización partidaria de su desaparición. 

En torno al primer punto, se justificó desde el Ministerio de Seguridad de la Nación encabezado por Patricia Bullrich y desde los medios de comunicación afines la represión a la comunidad mapuche llevada a cabo el 1 de agosto en la provincia de Chubut, bajo el pretexto de que las tierras estaban siendo “usurpadas” por los mapuches. En reiteradas ocasiones, la ministra de seguridad negó la presencia de Maldonado en el momento de la represión y al mismo tiempo  defendió el accionar de los gendarmes involucrados en el hecho. Ahora sabemos que la gendarmería poseía la última imagen de Santiago Maldonado en el que se ve su presencia en el momento de los hechos y sabemos también que las camionetas de gendarmería que la justicia federal ordenó inspeccionar fueron lavadas antes del peritaje. Todos estos episodios muestran un procedimiento que encubre y justifica la violencia institucional que tiene como principales responsables a miembros de gendarmería, a la cúpula del ministerio de seguridad y a los altos funcionarios del gobierno nacional. A su vez cabe recordar la represión llevada a cabo por la policía durante la desconcentración de la primera marcha en reclamo por la aparición con vida de Santiago Maldonado, en la que también fueron detenidas arbitrariamente 31 personas. Por último, las declaraciones del Comandante Mayor de gendarmería Diego Conrado Héctor Balari, encargado de dirigir el operativo, indican que tales hechos respondieron a “órdenes precisas emanadas del ministerio de seguridad”. Todo esto configura un marco de justificación de la violencia institucional que pretende eludir todo tipo responsabilidad.  

A propósito del segundo punto sobre la desvalorización de la figura de Maldonado es preciso recordar las constantes referencias denigrantes a la profesión de artesano de Santiago, circuladas en la televisión, así como la vinculación con la permanentemente denostada comunidad mapuche, cuya máxima expresión tuvo lugar en la entrevista realizada por Jorge Lanata a Jones Huala. Estas desvalorizaciones se extendieron hacia todo acto en reclamo por la aparición con vida de Santiago Maldonado. Un notable ejemplo de esto quedó demostrado en el hincapié de los medios de comunicaciones oficialistas y ratificado por gran parte de la sociedad hacia las pintadas del cabildo, en desmedro de las detenciones realizadas por la policía. Es que el objeto de la indignación fue vehiculizado por la descalificación del reclamoLos “defensores de la República” indignados por una pared que fue pintada nuevamente al día siguiente, mostraron indiferencia ante la desaparición de una persona, cuyos derechos fueron privados bajo un gobierno democrático que se precia de ser republicano.  

En confluencia con los puntos anteriores, la politización partidaria demuestra como en los medios de comunicación afines al gobierno nacional establecieron la desaparición de Santiago Maldonado como un reclamo propiamente kirchnerista¹ y no como una reivindicación de la comunidad política democrática en su conjunto. La desaparición forzada de una persona en manos de una fuerza estatal jamás debe ser utilizada como herramienta política electoral con vistas a demonizar a un determinado partido político o a una determinada ideología. Cuestiones de este tipo demuestran -ahora sí- que el contrato del Nunca Mas ya no rige nuestra vida política en la medida en que hay una desaparición forzada en democracia y en la medida en que gran parte de la sociedad se mostró indiferente frente a este hecho.  

Detrás de una retórica consensualista, plural, transparente y republicana se oculta un gobierno que ha superado los límites de nuestros consensos democráticos, que ha negado derechos y libertades de las ciudadanas y los ciudadanos, que sostiene una presa política, que pone los intereses económicos extranjeros por encima de la ciudadanía. En suma, que desconoce el principio de igualdad de todos ante la ley, negando su supuesta pluralidad. Si no, cómo es posible que la candidata a diputada porteña de Cambiemos, Elisa Carrió, pueda comparar el cuerpo encontrado el pasado martes con el congelamiento de Walt Disney. Asistimos así a un proceso de banalización de la violencia institucional que lesiona los principios de nuestra comunidad política democrática. Banalización inaudita si proviene de la directora del Instituto Hannah Arendt. Banalización que se reproduce en buena parte de nuestra sociedad y que exige repensar hacia dónde nos dirigimos como comunidad democrática.   

 ¹ Al respecto cabe citar el artículo de Octavio Majul Dime sobre qué bromeas y te diré quién eres.