¿Qué es la democracia? – Germán Aguirre

La palabra “democracia” es una de las pocas de nuestro vocabulario que ha estado presente a lo largo de más de dos milenios. En el presente conserva una gran actualidad y una notable capacidad para interpelarnos, al punto que ser tildado de “antidemocrático” es una acusación de la que puede no salirse indemne.

Lo cierto es que, si hay algo que caracteriza a la democracia en tanto concepto político, es su amplia variedad de significados y connotaciones y, por eso mismo, la imposibilidad de que todos nos pongamos de acuerdo acerca de lo que ella verdaderamente significa.

No hay “un” significado de democracia verdadero, así como tampoco “una” historia del concepto de democracia: la palabra democracia ha significado cosas distintas a lo largo de la historia y, aún hoy, expresa realidades, potencialidades y problemas diversos. En lo que sigue, veremos algunas cuestiones propias de la democracia que nos ayudarán a entender qué es, aunque sin agotar la riqueza de su significado.

 

En primer lugar, deberíamos preguntarnos por el “origen” de la democracia. Debemos situarnos en el mundo antiguo, y puntualmente, en Grecia. De allí proviene la raíz etimológica de la palabra: demokrati, formada por los vocablos demos (“pueblo”) y kratos (“gobierno”) y usualmente traducida como “gobierno del pueblo”, aunque de manera inexacta, porque en la Grecia Clásica no existía la palabra “pueblo”. En realidad, la palabra demos hacía referencia a las circunscripciones territoriales en que se dividía a la población ateniense en función de la vecindad geográfica. En ese momento, resultaba toda una novedad separar a los grupos de personas por criterios geográficos en vez de la tradicional división por criterios de sangre y parentesco.

Fue Atenas el epicentro de la experiencia democrática antigua. Uno de los elementos característicos de la democracia ateniense era que muchas funciones públicas eran ocupadas por ciudadanos elegidos “por sorteo”. Además, la potestad de hacer propuestas no era privilegio de cargo alguno, sino que podía ser realizado por cualquier ciudadano que quisiera (aclaremos aquí que sólo una minoría de la población era considerada “ciudadana” en ese entonces). Este “cualquiera que quisiera” era el personaje clave en la democracia clásica. Otra característica de la democracia ateniense era la rotación de cargos. La combinación de rotación y sorteo se combinaba con una profunda desconfianza hacia el “profesionalismo”, es decir, hacia el gobierno de los “expertos”. La democracia, desde aquel punto de vista, hacía de la igualdad el fundamento del poder común.

Lo cierto es que, en contra de estas experiencias históricas concretas, la tradición de la filosofía política nunca miró con buenos ojos a la democracia. Los primeros y más conocidos pensadores políticos (Platón y Aristóteles) ubicaban a la democracia dentro de las formas “desviadas” de gobierno. La democracia era equivalente, para estos filósofos, al gobierno del vulgo, de la muchedumbre inculta: democracia era el reino de la licencia y la primacía de los pobres. Esta percepción negativa de la democracia persistiría a lo largo de todo el mundo cristiano medieval, y sería moneda corriente hasta bien entrada la modernidad. Sólo desde hace muy poco tiempo la palabra democracia tiene una connotación positiva, tal como la percibimos hoy.

En la modernidad (cuyo inicio podemos identificar a partir del año 1600 aproximadamente), la democracia tiene una mutación conceptual clave. Si la democracia clásica estaba basada en la igual participación de los ciudadanos, eso era posible porque la polis griega era una unidad política de alcance geográfico limitado. Con la era de los Estados nacionales, la posibilidad de una democracia “directa”, es decir, directamente ejercida por sus ciudadanos, se mostraba imposible. En la modernidad la democracia entró en simbiosis con el principio de la “representación”. Las democracias pasaron a ser ahora “democracias representativas”.

Sin embargo, este cambio no responde exclusivamente al hecho de la “extensión territorial” de las comunidades políticas. No se trata solamente de que ahora haya Estados y en el mundo premoderno la unidad básica fuera la polis. Hubo en realidad una nueva forma de concebir la política y los modos de convivencia humana, que encontró en la idea de representación una de sus expresiones fundamentales.

Dos momentos de inflexión serían nodales para la democracia tal como la entendemos hoy. El primero está dado por la idea de representación moderna, que encuentra su formulación decisiva en la obra de Thomas Hobbes (1588-1679). El segundo aparece con la Revolución Francesa (1789) y la idea del “pueblo” como sujeto del poder constituyente.

Hoy la democracia pone en juego la idea fundamental de la igualdad junto con el problema de la representación, es decir, de la relación entre gobernante y gobernados. En nuestra situación actual, democracia refiere fundamentalmente al problema de la identidad, de la “mismidad”, entre el gobernante-líder y el pueblo.

La distinción entre gobernantes y gobernados no supone una diferencia cualitativa entre ambos. La autoridad de los que gobiernan se apoya en la voluntad de los dominados, quienes de esta manera, se dice, “se gobiernan a sí mismos”. De aquí que cobre sentido la expresión de que la democracia es una dominación del pueblo sobre sí mismo.

Ahora bien, a pesar de que uno de los aspectos centrales de la democracia es esa identidad entre gobernantes y gobernados, que tiene como trasfondo la centralidad de la idea de igualdad, la realidad de nuestras sociedades contemporáneas es que ellas son profundamente desiguales: la aclamada igualdad es diariamente negada por la desigualdad imperante. Por eso también muchos dicen que la democracia hoy se expresa fundamentalmente como “irrupción”. ¿Qué quiere decir esto? Que la democracia aparece de manera auténtica cuando un grupo humano actúa en el espacio público con vistas a reconfigurar la distribución concreta de lo privado y lo público, de lo que es de algunos y lo que es de todos. Desde este punto de vista, la democracia apuntaría a mostrar el carácter contingente y no necesario de toda dominación política: rompiendo la jerarquía concreta de poder, lo que se visibilizaría es que a la base de todo orden desigual hay un fundamento de igualdad que lo sostiene y que puede en cualquier momento reactualizarse. Esa reactualización, esa verificación de la igualdad originaria, sería lo específico de la democracia.

Podemos decir que la democracia actual se juega en varios registros y que todos los elementos que hemos ido mencionando aparecen: la democracia es irrupción en el espacio público, pero también una relación de gobierno; la democracia es eminentemente igualdad, pero a la vez la articulación de una identidad común que siempre ha encontrado en los líderes su expresión sintética.

Quizá por la negativa, se pueda concluir diciendo aquello que la democracia “no es”. En primer lugar, la democracia es todo lo opuesto al “gobierno de expertos”. En una época de tecnocracias y CEOcracias, un espíritu democrático debería remarcar que la idea de igual participación rompe con la pretensión de algunos de circunscribir ciertas discusiones y decisiones a un núcleo duro de personas que “saben”.

En segundo lugar, la democracia ha tenido siempre un mismo adversario, desde su origen griego hasta la actualidad: la oligarquía o los “grandes”, esto es, una minoría que goza de medios políticos y económicos que apuntan a dominar a la mayoría. Por eso el problema fundamental de las democracias hoy tiene que ver con el modo en que se hace frente a la multiplicidad de oligarquías —estatales, económicas, mediáticas, intelectuales— que operan como importantes mediadoras en diversas relaciones sociales. Por eso mismo, el rol de los líderes es central en la democracia: porque sólo a través de los líderes el pueblo canaliza las energías que permiten hacer frente a esas minorías permanentes y reactualizar la lucha por la igualdad y la no dominación.