Contra la épica de la derrota – Octavio Majul

Enojarse con el mundo que se busca transformar debe ser una de las primeras tentaciones a ser evitadas. Enojarse porque el mundo no nos devuelve un resultado favorable, enojarse porque parecería existir una tendencia autodestructiva en el propio mundo. Enojarse porque el mundo quiere elegir el peor camino. Tras esto, constatar lo acertado que uno estaba cuando advertía sobre los peligros de ese camino. Constatar que el error del mundo es directamente proporcional a la certeza propia. Todo esto representa un sentimiento natural tras una derrota. Lo que no hace que haya que evitarlo a toda costa.

En gran medida, quienes creemos, apostamos y ponemos el cuerpo a una alternativa al modelo macrista, transitamos ese duelo. Tras las elecciones legislativas Cambiemos se quedó con los cinco distritos más poblados del país y con un total de 13 provincias. Peor aún, en la Provincia de Buenos Aires un candidato casi mudo le ganó a la principal referente de la oposición. Para sumar al drama, todo esto Cambiemos lo logró haciendo aquello que el kirchnerismo acusó que iba a hacer y éste lo negó. Dos años de gobierno macrista demostraron la verdad de las advertencias. Ahora bien, ¿de qué sirve esto? ¿Es posible captar y convencer a un electorado desde la autosuficiencia de la verdad? ¿Es la posesión de la verdad la garantía de la victoria en la política?

Aun suponiendo que todo aquello que enunciamos y acusamos hasta ahora haya sido verdadero, es ingenuo políticamente creer que la verdad construye victorias. Por eso, todo actor político que se tranquilice con la posesión de la verdad, que se vanaglorie de estar en el sector correcto de la historia, en última instancia, todo actor que edifique una épica sobre su derrota corre el peligro de alejarse del mundo que quiere transformar. Es que lo descrito en el primer párrafo da pie a un círculo vicioso de rechazo del mundo e intensificación de la propia posición, que es la que el mundo decidió no abrazar. No parece posible, a excepción de una catástrofe -pero los catastrofismos funcionan pocas veces y no queda claro si son sanos-, transformar el mismo mundo del cual uno se aleja. El “yo te avisé” no funciona. Ni en política, ni en ninguna esfera de la vida.

Llegados a este punto vale la pena preguntarse en qué medida realmente hay fundamentos para una tristeza, y un enojo tan grande con el mundo. Enojarse y rechazar un mundo que al mismo tiempo legitima con un 36,25% a quien de todos lados busca relegarse al pasado, es un acto de injusticia y de irresponsabilidad. Si uno compara con las primeras elecciones legislativas tras los cambios de signo de gobierno, a excepción de la de la Alianza en 2001 -por obvias razones-, lo acontecido es esperable. Incluso la distancia -en el caso de la Provincia de Buenos Aires- es una de las más acotadas. Recordemos que en el 2005 el FPV obtuvo 45,77% de los votos frente a un 20,43% del Frente Justicialista, quedando en primer y segundo lugar respectivamente. En 1985, la UCR obtuvo el 42,90% frente al 25,21% del PJ. Claro que una comparación exhaustiva debería ver los resultados nacionales en relación con sus consiguientes alianzas. En tal caso, y es parte del diagnóstico de la derrota y de la tarea futura, la fragmentación de la oposición, principalmente peronista, favoreció a una distancia muy grande en los resultados nacionales en 2017. Pero, si nos centramos en la elección de la Provincia, obtener un 36,25% con el viento de cola que trae la renovación de aires, no es un dato menor.

El diagnóstico más optimista parecería no favorecer la autocrítica. Un destino posible de ese optimismo es echar nafta al fuego, favorecer la autosuficiencia de lo propio. De eso propio que hoy no alcanza. Pero el pesimismo anula también la acción. Al círculo vicioso de la vanagloria respecto de sí y de la constatación del error del mundo debe escapársele con el optimismo de la acción y el retorno al mundo. Una estrategia que conjugue optimismo y autocrítica. Ese retorno obliga romper la identidad cristalizada de lo que uno es, abrirse a nuevos juegos. Reconocer que con lo propio no alcanza y que, de querer nuevamente conducir la dirección del país, no queda otra que mezclarse con los lenguajes extraños.

Esto no desconoce que aquello que venimos llamando mundo, que podemos traducir ya por Argentina, tiene una historicidad que facilita ciertas políticas e impide otras. No implica caer en un voluntarismo optimista que cree que los resultados solo se explican por errores propios, que del otro lado no hay configuraciones de poder históricas y difíciles de mover. Pero si lo que queremos es transformar ese mundo históricamente situado y producido, no podemos más que intentar comprenderlo, mezclarnos en él. Hay que superar el duelo rápido. Constatar el error del mundo, retraerse a sí mismo después de que el resultado no fue del todo favorable, solo permite la intensificación de aquello que no fue elegido por la mayoría. Hay que escapar al círculo vicioso de la épica de la derrota. No es posible rechazar el mundo y transformarlo. Toda transformación exige una comprensión de aquello a transformar. Como se nos dijo: aquí no se termina nada, aquí empieza todo.