Trump: a la izquierda del muro – Fabricio Castro

El resultado de las elecciones en los Estados Unidos, se nos dice, fue inesperado. El candidato Donald Trump, a regañadientes aceptado por el Partido Republicano, se impuso en las elecciones a la demócrata Hillary Clinton. Los medios de comunicación transmiten su indignación mundial y persiste un temor generalizado por las consecuencias imprevistas de su victoria. No se logra entender quién podría ser capaz de semejante voto. En lo que sigue, no haremos un estudio acerca de las “razones” del triunfo, pues dicha tarea pertenece a otro tipo de análisis. Nuestro interés es ideológico e implica responder lo siguiente. ¿Qué creen haber elegido los votantes de Trump? ¿Cuál es la ideología que sustenta al nuevo presidente de EEUU? El tema es difícil, implicará separar diversos componentes para analizarlos de a uno.

Como primer dato, Trump se define como un “conservador con sentido común”. ¿Qué es exactamente un conservador? Para responder, debemos diferencias dos cosas. El conservadorista no es necesariamente un defensor del status quo. No es alguien que “conserva” una situación determinada. Sus principios son independientes de la coyuntura y de la distribución relativa del poder político. Es incorrecto suponer que el conservador es solo alguien que no quiere cambios. El otro uso del término, más conocido, evoca una separación dentro del espectro político: un sector liberal en oposición a otro conservador simplemente como sellos a la mano para hacer diferenciaciones rápidas. En este uso, el conservador sí se presenta como alguien contrario al cambio, porque supone que el cambio siempre será peor. Esto último debe usarse con cuidado, pues llegaríamos a absurdos o a deducciones muy poco útiles: ser conservador sería igual a ser oficialista. Dicho esto, se presenta un problema: Trump es un crítico del actual estado de cosas a la vez que evoca una tradición sobre lo típicamente norteamericano, pervertido por la “invasión” de la inmigración y del capitalismo trasnacional. O sea, ni defensa del status quo ni proclamas revolucionarias. ¿Entonces?

Trump no es un fascista en el sentido estricto. No hay culto a la violencia ni evocación a la irracionalidad. Es más bien un conservador tradicionalista. Esto quiere decir: las costumbres y los hábitos de un pueblo son los que hacen a la particularidad de su nación. Pervertir esos principios ocasiona la ruina nacional, pues se les injerta un elemento “extraño” que impide su natural y moderado desarrollo histórico. Por eso, usualmente el conservador se aviene contra los cambios abruptos y contra la pluralidad civil y religiosa.

Justifiquemos lo dicho viendo los puntos centrales de las ideas de Trump.

Uno de los componentes más fuertes es la xenofobia, traducida en un fuerte discurso anti-inmigración. La construcción de un muro en la frontera con México, cuyo costo quiere atribuirle de modo humillante y desafiante a ese país, las diatribas contra los hispanos “corruptos, violentos y violadores” y la amenaza de deportar a los ilegales y musulmanes configuran la cara terrible de este personaje a la que, para colmo, decoró impunemente con una gran dosis de misoginia, homofobia y anti-ecologismo. Este es su primer enemigo: la inmigración hispana responsable del desempleo de los locales y la saturación de los servicios sociales de EEUU, pero que también degrada y pervierte los valores culturales (lenguaje y modos de vida) y la paz social (drogas y pobreza).

El segundo enemigo es la globalización económica, a la que acusa de corromper las bases del sueño americano, de provocar la fuga de las empresas norteamericanas a países subdesarrollados para abaratar costos salariales, con la consecuente pérdida del empleo nacional. Además, Trump se pronuncia contra ciertos acuerdos de libertad económica. Por ejemplo, cuestiona al NAFTA y al Acuerdo Transpacífico, ambos tratados acusados por él del empobrecimiento de los norteamericanos. Anotemos entonces el segundo problema de Trump: las grandes industrias y el poder financiero transnacional, en tanto destructores de la producción manufacturera de ese país. Sumemos a los aliados demócratas de Wall Street (Hillary Clinton) y a los grandes medios de comunicación ligados incondicionalmente al stablishment y tendremos un panorama más o menos completo de las acusaciones trumpianas.

En consecuencia, tenemos dos fronteras de enemigos, una por arriba y otra por debajo que aplastan, según Trump, el sueño americano. Ambos corresponden a factores internacionales: desde abajo, la inmigración, el foráneo indeseable. Por arriba, el gran capital. Sumado a este combo aparecen, como dijimos, la violencia machista, la intolerancia religiosa, las acusaciones contra los medios de comunicación privados y la corrupción de la elite política tradicional.

En suma, Donald Trump es un nacionalista exacerbado caracterizado por un anti -liberalismo general, aunque muy marcado en el terreno de lo civil. Avanza contra los derechos de las minorías, contra todo aquello que haga a la convivencia plural entre personas con independencia de su origen o costumbres. Para Trump, EEUU es de los norteamericanos anglosajones, incluso de los negros, pero no de los “de afuera”, de “los otros” que vienen a saquear como hordas bárbaras las virtudes culturales y económicas de su nación.

Su anti-liberalismo viene en bloque, puesto que también apunta contra la apertura indiscriminada del libre mercado oponiéndole un discurso proteccionista e industrialista. Muchos de sus votantes deciden ignorar o incluso relativizar el iliberalismo civil de Trump para acentuar la alternativa que ofrece para combatir un modelo económico que los ha afectado. Votan contra la “casta” financiera de Wall Street, contra aquellos indefinidos poderosos que manejan la economía, pero también contra los débiles, muy palpables en la figura del inmigrante ilegal que trabaja por monedas. Ambos “fugan” dinero del país y ocasionan su ruina. La pauperización de la vida material americana es leída por estos electores como una pérdida de aquel sueño de prosperidad otrora orgullosamente proclamado.

Trump les ofrece la recuperación de la América para los americanos. Su ataque al liberalismo de mercado es recibido, en parte y solo en parte, como un combate al poder establecido. Romper la alianza entre poder político y poder económico fue la lectura de muchos votantes inclinados hacia  el oustsider republicano. ¿Pero no es el ataque al libre mercado y a su alianza con la política una reivindicación de la izquierda? He ahí el gran problema.

EEUU salió de su crisis por derecha. Eso es innegable. Anti-liberalismo civil y económico. Nacionalismo-xenófobo y proteccionismo. Aquí, sin embargo, hay una trampa: suponer que los dos términos son indisociables, que no existe un proteccionismo con liberalismo civil. El mensaje engañoso es ver a la pluralidad social y a la regulación del mercado como inconciliables y, en consecuencia, vender un paquete donde lo liberal solo puede existir bañando indiscriminadamente a todas las esferas de lo social. (Recomendamos en esta misma revista el artículo de Franco Castorina sobre las diferencias entre el liberalismo político y económico)

Al respecto, es clara la ineptitud de la izquierda norteamericana (y también europea) de volver a la pregunta por lo económico. Los sectores progresistas del norte se han congelado: izquierda es liberalismo político-civil, derechos legales de las minorías. Nada más. El discurso de Clinton nunca fue más allá. La consideración económica ha dejado de ser visitada por el progresismo en los países desarrollados. Hubo un Bernie Sanders, es cierto, pero también una incapacidad del electorado progresista para identificarse con los problemas que él planteaba y de su partido por generar apoyos a su alrededor. El consenso neoliberal entibia al partido demócrata y a la socialdemocracia europea y, en consecuencia, la izquierda le cede a la derecha la pregunta por la economía. Y la derecha la toma con gusto, pero pasa factura a través de la exclusión y la represión.  

Entretanto, Argentina es un ejemplo interesante de que los dos términos planteados pueden presentarse combinados. Ayer, liberalismo civil y proteccionismo económico. Hoy, xenofobia, misoginia y libertad de mercado. Tal vez, la hipocresía argentina no pueda preguntarse sobre la relación entre la exclusión generada por la libertad de mercado y una clase política atenta menos a la distribución de la riqueza y más a las cárceles de inmigrantes. Tal vez, Trump viva entre nosotros, camuflado de civil, bajo las suaves formas de la retórica sumisa y el llanto hipócrita ordenado por los publicistas.