De la PROpuesta republicana a la república pospuesta – Octavio Majul Conte

En los últimos días, en boca de una serie de funcionarios del actual gobierno regresó al primer plano la discusión por la frecuencia de las elecciones. En palabras de la vicepresidenta, el mandato presidencial debería extenderse a seis años y las elecciones legislativas, cada tres años. La declaración de julio, hay que admitirlo, es una versión suavizada de aquella realizada en marzo donde sostuvo que “lo más provechoso sería evitar las elecciones de medio término”. Si bien en las últimas declaraciones sostuvo que no era un tema de conversación con Macri y que la idea es de su exclusividad, dos semanas atrás el propio presidente, en una entrevista en Radio Mitre, afirmó que un sistema con elecciones cada cuatro años “sería mucho más sano”. Estas declaraciones, hay que indicar, no flotan aisladas en el aire. Son compatibles y se refuerzan mutuamente con una serie de investigaciones periodísticas en torno a los costos de las elecciones y su sentido[i]. En lo que sigue procuraremos analizar los argumentos esgrimidos para la prolongar los mandatos electorales y cuán compatibles son, o no, con una propuesta republicana.

En las declaraciones de la vicepresidenta, sintonizadas con las hechas por Macri y las investigaciones periodísticas, dos son los argumentos principales en contra de las elecciones cada dos años. En primer lugar, representan un gasto excesivo. La noción de gasto aquí es empleada en sentido amplio. Un gasto de energía para el ciudadano, que debe votar recurrentemente; un gasto de dinero para el Estado -y también para el ciudadano que paga sus impuestos- que debe montar toda la estructura para que la votación tenga lugar. Teniendo en cuenta la existencia de las P.A.S.O. el derroche parece ser irracional. El segundo argumento refiere a la imposibilidad de hacer políticas a largo plazo al tener, cada dos años, someterse a votación. En este caso lo que se afirma es que las elecciones consumen mucho tiempo, en el cual los políticos se concentran en “una competencia destructiva” en vez de en formular políticas públicas. En resumen, alrededor de las elecciones solo hay espectáculo, campaña y confrontación. Lo cual impide “resolver los problemas de la gente”. Como vemos, ambos argumentos son afines. Hasta tal punto que pueden reducirse a uno. Las elecciones recurrentes son ineficientes. Demandan energía al ciudadano, demandan energía al político, demandan dinero. Para peor, ésta demanda parecería no retornar al electorado. En palabras de la vicepresidenta, “sólo le sirve a la política, al círculo rojo”. Nuevamente, en sintonía con esto, Telenoche publicó un video en el cual demostraba qué buen negocio es armar un partido político[ii].

A todas estas declaraciones le subyacen determinadas ideas. Ideas sobre qué es la política, qué la democracia, etc. Aquí la política es un sistema, un servicio, al cual le entran demandas y debe solucionarlas. La democracia es el servicio orientado a la totalidad de los ciudadanos, en el cual el prestador del servicio debe resolver las demandas del conjunto de la población y no solo un sector. Planteado así el problema de la política es reductible a su eficiencia. En esta concepción la democracia no tiene una relación necesaria con las elecciones, incluso como sostienen los funcionarios de Cambiemos, pueden atentar contra ésta. Si la democracia necesita solucionar los problemas de la gente -nunca digamos pueblo- y las elecciones consumen mucha energía, más elecciones representan menos democracia. Ahora bien, ¿y la propuesta republicana?

No vamos extendernos en torno al concepto de republicanismo, ya que existe una entrada específica en nuestra revista para éste . Si allí se sostuvo que hay dos versiones, cuanto menos, del republicanismo -que coinciden en muchos puntos y difieren en otros-, hay que decir que esta serie de ideas son incompatibles para cualquier propuesta republicana. Sea ésta más cercana al liberalismo como a la versión popular de la república. El republicanismo, de cualquier signo, hace de la ciudadanía una virtud a ejercer. El verdadero hombre republicano es aquel que se compromete con el problema público y participa. La participación política, lejos de ser un gasto de energía, es la realización del hombre. En la versión más afín al liberalismo, el republicanismo fomenta la participación de la ciudadanía como un modo de ejercer control sobre el poder político. La única manera de garantizar un gobierno que acate los deseos de la ciudadanía es participando políticamente. Las instituciones políticas no funcionan por sí solas, necesitan de la participación ciudadana. Si en nuestras modernas democracias una de las formas centrales de participación política son las elecciones, resulta difícil comprender en qué sentido es republicana la propuesta de reducir éstas. Por el contrario, la concepción republicana -aclaramos una vez más- liberal intenta multiplicar los puntos de control del poder. El republicano, digamos, no es amarrete. Su virtud no es ahorrar energía y plata.

Lo que sorprende es que, si la propuesta no es republicana, tampoco es liberal en su sentido clásico. El liberalismo , y por eso puede volverse afín a cierto republicanismo, desconfía de la concentración de poder y por ello busca multiplicar las instancias de éste. Es que la sociedad es eminentemente plural, es decir, tiene una cantidad infinita de demandas. Por lo que, si solo una opción política concentra el poder, no podrá satisfacer la variedad de demandas de la sociedad. La única manera de garantizar esto es con la división del poder político, la alternancia en el gobierno, la proliferación de propuestas políticas, etc. Nunca, con su clausura, con la prolongación del ejercicio del poder. La propuesta de suprimir las elecciones de medio término y prolongar el mandato presidencial no pueden justificarse en términos liberales: no fomentan el pluralismo, ni la dispersión de los puntos de poder.

Llegados a este punto tenemos que preguntarnos, ¿qué tipo de propuesta es la de Cambiemos? Paradójicamente la propuesta de la alianza liderada por el partido Propuesta Republicana, no tiene un ápice de republicana. Pero tampoco es liberal, concepto que sus antagonistas le achacan, con signo negativo, muchas veces. Su único argumento refiere a la eficiencia. Cómo ya se dijo alguna vez, el liberalismo económico librado a su suerte puede traicionar al liberalismo político. El neoliberalismo, que enfatiza la parte económica y renuncia a la parte política del liberalismo clásico, es el nombre de las ideas presentadas en nuestro tercer párrafo. Asentado en una concepción empresarial de la política, el neoliberalismo reduce el problema político a la eficiencia. El gran problema es cómo hacer de la política un servicio lo más eficiente posible para poder, así, satisfacer la mayor cantidad de demandas. Cómo se vio, muchas veces, la democracia entendida como el ejercicio del voto, puede ser ineficiente para el servicio de la política, desde esta concepción.

Hay que señalar los peligros de esta concepción de la política. Reivindicar frente a ésta hasta las formas republicanas-liberales de la democracia. Es que solo una mirada rápida a la historia argentina nos permite darnos cuenta que no es la primera vez que quienes se proclaman republicanos, pospongan la república para asumir formas más autoritarias. Claro que, frente a las anteriores experiencias, la propuesta neoliberal parece un juego de niños.

[i] http://www.lanacion.com.ar/2018012-elecciones-2017-cuanto-nos-cuesta-la-democracia, http://www.lanacion.com.ar/2034493-las-paso-costaran-2800-millones-pero-casi-no-definiran-candidatos,

[ii]  https://www.facebook.com/todonoticias/videos/10156402055214863/