Sobre lo femenino y más allá – Octavio Majul Conte

Desde hace unos años los casos de violencia de género han adquirido mayor visibilidad. Mayor visibilidad que se encuentra ligada a la movilización creciente por parte de sectores afectados. En este sentido los movimientos e ideales feministas, la consigna y marcha #NiUnaMenos, la multitudinaria asistencia al Encuentro Nacional de Mujeres en sus últimas ediciones, la ley de paridad de género (y un largo etcétera) son hitos de este círculo entre movilización y visibilización. Tal es así que si bien la dominación y violencia de género no constituyen una novedad, sí lo constituye su inserción en el decir público. La movilización en torno a las demandas de la violencia sobre el género femenino posee como horizonte una sociedad más igualitaria.

Respecto a este horizonte, una serie de voces advirtieron sobre la relación paradójica entre la igualdad como búsqueda y la lucha por un género en particular como medio. Si el horizonte no es otro que la igualdad de género, ¿en qué medida las consignas, movilizaciones y movimientos feministas no terminan siendo una inversión de la desigualdad existente? Esto resulta claro en la figura de violencia de género, cuya referencia inmediata es solo el género femenino. Frente a esto, parecerían quedar en un segundo plano las violencias ejercidas, por ejemplo, al género masculino. Así, frente a la campaña #NiUnaMenos se encontró el dictum #NadieMenos. En adelante llamaremos a este el argumento universalista. Un ejemplo de esto:

Particularismo-e-igualdad

Es frente a este argumento que lo que sigue está escrito. En tanto se comparte el fin, la lucha por la igualdad, es posible articular diálogo alguno. En abstracto el argumento universalista funciona a la perfección. Ni la violencia ni la dominación tienen género. Es decir, cualquier sujeto puede ejercerla y cualquier sujeto puede recibirla. La lucha por la igualdad de género, en tal caso, no debería apoyarse en ninguno en particular. Siguiendo el mismo razonamiento –e incluso se encuentran voces en este sentido– la lucha por la igualdad no debería recibir aclaración alguna. La insistencia desmedida en el “de género” llevaría a ocultar otras formas de desigualdades. En suma la igualdad debería ser de todos, para todos y sobre todos los aspectos.

Ahora, si la violencia no tiene género, el género sí tiene violencia. Es decir que el marco concreto en el cual cada género se desarrolla está determinado en mayor o menor medida por formas de violencia y dominación. En el ámbito concreto, entonces, la portación de un género determina el grado de probabilidad de ser víctima. Cualquier lucha por la igualdad, no puede desconocer los ámbitos concretos en los que interviene. ¿Es lo mismo una intervención igualitaria en una sociedad machista que en una que no lo es? ¿Son las mismas estrategias las que se necesitan? Supongamos que deseamos colocar una palanca en la posición del centro, y esta está posicionada en el extremo derecho. Es claro que, para logar nuestro cometido y posicionar la palanca en el medio, deberemos hacer fuerza en su sentido contrario, es decir, afirmar el lado izquierdo. Si bien en términos abstractos la igualdad no conoce de particularidad, en el plano de lo concreto particularidad e igualdad no se oponen e incluso se necesitan. Y las formas de dominación y violencia no se dan en abstracto, sino en la realidad concreta. Es por ello que cada situación particular demanda una forma ajustada a ella de luchar por la igualdad. En el caso estadounidense la lucha por la igualdad no puede no apoyarse en la particularidad negra. En tanto el punto de partida no es una igualdad abstracta, sino una forma de dominación particular en la que existen sectores específicamente vulnerables, toda lucha igualitarista deberá ejercer fuerza en su sentido contrario. Es decir, afirmar una particularidad.

Otro aspecto en contra del argumento universalista (y abstracto) refiere a la eficacia estratégica de su intervención. Como se deriva del párrafo anterior, los argumentos no se suspenden en el aire, sino que se encarnan en actores concretos y en situaciones de fuerza concretas. Con esto en mente, si queremos intervenir en pos de una sociedad más igualitaria, ¿en qué medida es útil, estratégicamente, centrar la atención en y criticar a los modos en los cuales la lucha por la igualdad se realiza? Si la consigna #NiUnaMenos se alzó en oposición de la forma de dominación de género concreta, la consigna #NadieMenos se alzó en contra de la consigna primera. Como ejemplo:

Particularismo-e-igualdad

En tal caso, deberíamos decir que en términos estratégicos, la mira está mal apuntada. Toda intervención igualitaria debería, en primer lugar, observar los modos en los cuales la dominación se ejerce y, tras esto, suponer una articulación lo más amplia posible entre los elementos desfavorecidos. Esto aplica no solo dentro de la igualdad de género sino también respecto a la articulación entre la lucha por la igualdad de género y otro tipo de igualdades (económicas, simbólicas, etc.). La obsesión por corregir los modos en los cuales estos elementos llevan sus luchas, imposibilita toda construcción colectiva. Aun sin coincidir completamente con los modos en los cuales la lucha contra la dominación  de género se lleva a cabo –por ejemplo, en la escasa presencia de otros colectivos  (trans, etc.)– cualquier intento igualitario que no encontrara en el círculo entre manifestación y visibilización un campo favorable para la intervención, traicionaría, inconscientemente, su propia búsqueda. Teniendo en cuenta que gran parte de la campaña #NadieMenos incluyó consignas antiaborto sostenidas por sectores conservadores, vale preguntarse en qué medida es una traición inconsciente y, por ello, una búsqueda verdadera.