Los 500 del CONICET – Fabricio Castro

Recientemente, se ha cruzado un límite insospechado en la difamación de aquello que se creía consolidado y ratificado por la opinión pública. Nuestro sistema científico parecía indiscutible. De una semana a la otra, sin embargo, todo cambió. De la certeza de ser el CONICET el mejor logro del gobierno anterior se pasó al menosprecio injusto de sus integrantes. La campaña incluye diferentes argumentos. El ejercicio de refutarlos se torna necesario para dar al menos la disputa comunicacional con el fin de impedir la retracción de un organismo imprescindible.

Hagamos primero un breve repaso de cómo llega alguien a formar parte del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Es inexcusable haber cursado una carrera universitaria, de duración variable según cuál se escoja y cuáles sean los medios para hacerse con el tiempo de terminarla. Supongamos entre cuatro y ocho años, aunque pueden ser más. Posteriormente se debe aplicar para la obtención de una beca doctoral, que otorga un estipendio módico para la dedicación exclusiva a un proyecto de tesis de cinco años. Es necesario aclarar la enorme dificultad que conlleva hacer una tesis sin dedicación a tiempo completo, por eso la necesidad de acceder a un ingreso. Es claro hasta aquí: nadie se hace rico con una beca doctoral, ni cerca. El objetivo es otro, formarse. Para aplicar a ella es necesario contar con un director, quien oficia de orientador y supervisor del tesista, no siempre fácil de conseguir y se debe, además, cumplir una serie de requisitos rankeados según el promedio de la carrera y la pertinencia del proyecto, entre otras cosas. Las presentaciones son evaluadas y se publican los resultados de acuerdo con la amplitud de presupuesto y según una distribución relativamente equitativa de las aéreas de investigación. Un porcentaje se reserva para temas considerados prioritarios por el Estado Nacional. Se inicia así la primera etapa de vinculación con el CONICET, pero sin contar todavía con una relación laboral formal, es tan solo la provisión de un salario mensual a cambio de terminar la formación doctoral.

Cinco años después, el flamante Doctor aplica a lo que se llama una beca post-doctoral, donde nuevamente debe llevar a cabo una investigación, con un estipendio un poco más alto. Dura dos años, trascurridos los cuales puede aplicar para ser un investigador del CONICET, es decir, para formar parte del elenco estable de investigadores del instituto. Hagamos cuentas: son personas de entre 30 y 35 años, quienes no han hecho otra cosa más que prepararse. El solicitante será evaluado de nuevo, pero esta vez es más difícil, puesto que los cargos son menos y los solicitantes más. Del éxito de esta presentación depende la tan ansiada estabilidad laboral. Si ingresa, anualmente se revisa mediante informes las tareas desempeñadas. Dos informes desfavorables son razón suficiente para la suspensión.

Entiéndase bien: de estas varias y constantes instancias de evaluación, aquellos que las pierden se quedan sencillamente sin trabajo, sin investigación, sin doctorado.  Por si fuera poco, existen límites de edad, aunque se aprueban algunas excepciones. En suma, es un sistema enormemente competitivo y difícil pero, no debemos olvidarlo, prácticamente inexistente décadas atrás. No puede menospreciarse el fenomenal crecimiento de la planta de investigadores ni del número de becarios, que masificaron la investigación en Argentina permitiéndole a casi cualquier individuo con ansias de participar en este oficio, llevarlo a cabo. Subrayémoslo: hasta este año era posible vivir de la ciencia en Argentina.

Dicho esto, se comprenderá la injustica de lo circulado últimamente:

“Con un 30% de pobres es imposible incorporar investigadores” afirma contundente el ministro del área, Lino Barañao. Naturalmente, el argumento cae por su propio peso, dado que nos conduciría a un debate interminable determinar cuáles son las funciones que sí deberían funcionar en un contexto semejante. O más bien, ¿Cuál es la línea de pobreza que justifica el desarrollo científico? O mejor aún, ¿No existe relación entre un sistema solido de investigación y la posibilidad de disminuir la pobreza? Investigaciones sociales pueden cuantificar la distribución y las causas de la pobreza, la percepción que tienen de ella sus habitantes y diseñar soluciones. Las investigaciones en medicina pueden proporcionar nuevos instrumentos para bajar índices asociados a la pobreza, como la mortalidad infantil. Ejemplos sobran. No obstante, casi nunca una investigación se traduce inmediatamente en un producto, una hipótesis social, la cura de una enfermedad o una política pública porque los científicos no crean instrumentos mágicos de transformación de la realidad. Investigar es un proceso largo, muy específico, compuesto de diversas y trabajosas etapas, de pruebas y errores, de revisión de conclusiones, etc. Es imperioso un trabajo teórico extenso. Aquí y en todos lados sucede lo mismo.

A esta falacia madre se suman los coros voraces de las redes sociales. Se llega a extremos absurdos, difíciles de combatir por la disposición comunicacional actual. Los argumentos se hallan en disponibilidad para quien quiera tomarlos, en base a prejuicios instalados que permiten ahorrar pensamiento crítico. Por eso es tan efectiva la siguiente: “el CONICET tiene más empleados que la NASA” que apela al preconcepto de la bondades de lo extranjero, sin reparar en la inutilidad de la comparación entre un organismo de investigación acotado a lo aeroespacial y con financiamiento mixto y un instituto que abarca a todas las áreas de la actividad intelectual humana. Ni que hablar de la afirmación ya clásica, oída muy a menudo, acerca del carácter “parasitario” de los científicos en el Estado, recreador de la fantasía de ñoquis por doquier apoyado sobre la estigmatización del imaginario desinterés del trabajador público. Es muy sencilla de creer, admitamos. Está a la mano, para quien desee pensarlo. Es especialmente perverso este discurso, difundido por los famosos trolls de Twitter y Facebook y por algunos diarios mayores y menores, porque todos los aspirantes a CONICET han pasado por una serie de evaluaciones transparentes de exigencia muy superior a las dos o tres entrevistas con oficinistas de Recursos Humanos de cualquier empresa. Ninguno de los que realizan esta critica fueron probablemente más evaluados, más corregidos y más estimulados que los científicos del CONICET.

Capitulo aparte merece el argumento contra la ciencias sociales. Se han difundido escraches por Internet a científicos dedicados sobre todo al ámbito de la sociología de la cultura. Son papers (o sea, artículos publicados en revistas nacionales e internacionales) distintos de las respectivas tesis doctorales o investigaciones mayores. Al tratar un tema acotado, la operación mediática toma la parte por el todo y se burla de los estudiosos de la cultura, como si acaso no recurrieran a esas mismas investigaciones cuando realizan informes sobre los hinchas de futbol, los nuevos modos de vivir de los jóvenes de Latinoamérica y los usos de ese mismo sector poblacional acerca de las nuevas tecnologías. Comprender un fenómeno cultural no es hacer una tesis sobre Mozart. Como si fuera poco, ha circulado que el CONICET es una especie de receptáculo de militantes-científicos sociales que escriben sólo sobre marxismo y peronismo. Bien valdría la lectura sobre estos últimos temas pero, en términos cuantitativos, es una falacia: el puñado de rechazos a carrera involucra a las ciencias sociales porque la competencia es mayor. Son las investigaciones “duras”, también, las más afectadas, pues además de despedirlos, a los que ya están se les quita financiación y equipamiento. Por ultimo, la distribución por áreas es, por demás, pareja. En términos intelectuales, la famosa pregunta por la utilidad de las ciencias sociales, respondida hasta el hartazgo, fue abordada aquí novedosamente por el artículo de Octavio Majul Conte, a quien nos remitimos para saldar esta duda. (http://www.revistaatandocabos.com.ar/sirven-las-ciencias-sociales/)

Existen problemas dentro del sistema, es cierto. Hay que calibrar mecanismos, sofisticar requerimientos, reorientar necesidades, pero esta discusión es absolutamente ociosa si no se parte de la extensión del sistema de investigación. Son debates interiores cuya premisa básica es aceptar la importancia del desarrollo nacional científico. Y es esto, no un problema de recursos precisamente, lo que está sobre la mesa

Se acaba de reducir en un 60% por ciento la posibilidad de ingreso a investigación. De cumplirse y sostenerse esta medida, serán tirados a la basura de quince a veinte años de formación. El capital humano será regalado a los centros de investigación extranjera (la famosa fuga de cerebros) o, para quien no quiera irse, la condena a un trabajo sub-valuado, si tiene la fortuna de conseguirlo en el marcado contexto de recesión y achicamiento del Estado actual. El Estado, anti-económicamente (pongámoslo en estos términos) desecha recursos construidos con meticulosidad. No es dinero, insistimos: totalizan unos 500 lugares menos, aproximadamente, dentro de un área ministerial que no llega al 1% del PBI nacional. Paralelo a los despidos se verifican recortes de subsidios para materiales de investigación, para la compra de maquinaria, reactivos y dotación de laboratorios.

Desde este espacio, llamamos a la unión y la difusión para la defensa del sistema científico, frente a tanta malignidad banal, cuya impudicia no teme reducir a afirmaciones triviales de salón la legitimación del desempleo de los hombres y mujeres más formados del país.

La vorágine mediática, ese torrente de difamación imparable, opera deslegitimando a los ajustados para suavizar en la opinión colectiva el impacto de los recortes. A ese poderoso y caudaloso río acaba de ser arrojado el CONICET.