Los límites de la “grieta” para la vida política – Gonzalo Manzullo

Hace ya algunos años, asistimos a la caracterización del mapa político argentino a través de un reduccionismo simple que predica la verdad sobre una sociedad dividida en dos orientaciones políticas irreconciliables. Tenemos que recoger el guante y reflexionar sobre la veracidad de esta proposición.

El discurso que nos cuenta sobre una “grieta” presenta una serie de problemas para el desenvolvimiento de la vida política de la sociedad.

La premisa fundamental para sostener la idea de que en los últimos diez o doce años, se ha generado una grieta en la sociedad argentina nos obliga a hacernos cargo, implícitamente, de afirmar a) que antes vivíamos en una sociedad homogénea sin conflictos en su interior; o b) que antes vivíamos en una sociedad unida, con diferencias al interior pero sin una fractura tan profunda que nos impidiera confraternizar.

Ambas remiten a un contraste con respecto a la situación actual, pero difieren en su intensidad. La proposición a) es un estado de situación no sólo idílico sino rotundamente falso históricamente. Ante todo, sabemos que ninguna comunidad es totalmente igual a sí misma en todas las esferas de actividad en que se desenvuelve -léase religión, economía, cultura, y obviamente política-. Dado que en la historia no encontramos ninguna comunidad totalmente homogénea al interior – de ello se derivaría que sólo se expresara en un proyecto político compartido por todo el pueblo, una orientación religiosa, una expresión cultural, etc.-, debemos partir de la proposición b) y preguntarnos qué argumentos existen para pensar que hoy no hay una unidad compuesta de pluralidades y sí una grieta que divide a los argentinos.

La metáfora de la “grieta” representa la situación de una división profunda e inexorable entre personas que antes convivían. Profundicemos en las implicancias de ese estado de cosas: si la grieta fuera tal, las diferencias entre los ciudadanos serían necesariamente de una profundidad que impedirían mantener un diálogo en común y, más aún, una acción colectiva conjunta. Significa admitir la total diferencia con el otro, y en tanto que admitimos tal cosa, excluimos instantáneamente la posibilidad de compartir con él una comunidad de valores y un espacio en común, características fundamentales de todo Estado-nación moderno.

Si tomamos un caso extremo, incluso en una batalla bélica, los adversarios aceptan pelear bajo ciertas reglas del juego que los igualan. Pero en el caso de que existiera una grieta, la división sería tan profunda que implicaría la imposibilidad de compartir un espacio en común, un diálogo, un recinto en el Senado, la competencia de igual a igual, vis a vis en elecciones democráticas, un debate televisivo entre sus figuras más destacadas, una manifestación política transversal a diferentes expresiones políticas -Ni una menos-. Una “grieta” tal que no trascienda esos límites incurre en una simplificación, ya sea por omisión, ignorancia o intencionalidad política.

La pregunta que se impone es si, por sus características y medidas concretas adoptadas, un proyecto político, cultural y económico como el construido por el kirchnerismo puede generar un estado de cosas tal que impida la convivencia pacífica en una sociedad. Aquí es donde la “tesis” de la grieta se muestra más endeble: la imposibilidad de confluir no sólo en un espacio en común, sino en iniciativas políticas conjuntas o transversales no parece ser el estado de situación actual. Entonces, ¿qué utilidad tiene pensar que lo es? Retomamos aquí la cuestión de los problemas para un desenvolvimiento pacífico de la vida política de una sociedad:

1) Si creemos que hay una grieta, acotamos la riqueza del espectro político a dos posiciones caricaturescas. Si el Frente Renovador o el Frente de Izquierda toma una posición, se creerá que no expresa una determinación propia, sino que simplemente es funcional a alguno de los dos polos que artificialmente depositamos en la sociedad

2) Si creemos que hay una grieta, las dos únicas posiciones que identificamos en el espectro político serán entonces encontradas y antagónicas que no veríamos diálogo ni conciliación posible entre ellas; no habría otra posibilidad que hacer oídos sordos ante la discordancia. No habrá entonces lugar para una convivencia en la diferencia, la base de toda democracia; mucho menos para una construcción política particular que atraviese todo el espectro –aquí estamos pensando por ejemplo, en iniciativas del cariz de Ni una menos-.

3) Si creemos que hay una grieta, afirmamos que existe en algún punto de la historia democrática un proyecto político que logre gobernar exclusivamente con el apoyo y la adhesión de sus seguidores. Algo cuanto menos discutible porque excluye las necesarias transacciones (toma y daca) con grupos de signo político diverso a cambio de beneficios, propias de la actividad política y necesarias para hacer operativo a un gobierno.

4) Si creemos que hay una grieta, supondremos que las identidades de un polo y otro son estáticas, inalterables. Por ello la diferencia entre los valores que defiende un polo y los que defiende otro son tan irreconciliables que no aparecerían perspectivas de superación más que a través de la escisión, la desaparición de uno de los polos, lo que nos dejaría de nuevo en la sociedad idílica, homogénea y por lo demás, inexistente. No podríamos nunca admitir en este caso la convivencia, competencia y respeto democráticos que permiten el cambio rotundo de signo de gobierno presidencial, luego de una primera vuelta donde fueron tres y no dos las fuerzas políticas principales.

Volvamos un instante a la pregunta por la utilidad asumir la tesis sobre la existencia de una grieta. La idea de que hoy la sociedad se divide en dos islotes no hace sino alterar la percepción del actual estado de cosas. A su vez, siempre que sea pensado como una herencia del kirchnerismo, refuerza la idea de la maldad del gobierno anterior.Pero más importante que ello son las consecuencias para la vida política que de esta tesis se derivan. A partir de ella, quedan pocas perspectivas para la expresión libre y la construcción abierta de proyectos políticos antagónicos, porque sólo vemos enemigos del otro lado y barreras para la acción conjunta.

 

*Gonzalo Manzullo es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires.