Los signos de la política – Octavio Majul

En el decir cotidiano la política se iguala, o cuanto menos se identifica, con la corrupción. Tal es así que, tras una mirada rápida de los medios de comunicación, la corrupción parecería ser el principal problema de la política. Ahora, ¿qué es lo que se deja de lado cuando la preocupación sobre los problemas políticos se reduce al de la corrupción? ¿Cuáles son los costos de hacer de la corrupción el único o principal problema de la política? ¿Desde qué punto de vista la reducción del problema político a la corrupción cobra sentido?

Adaptable al formato del espectáculo, las intrigas de la corrupción monopolizan las primeras planas de los principales diarios como las horas centrales de los programas de televisión. La importancia dada al problema de la corrupción es tal que han existido y existen candidatos cuya bandera política es la transparencia. Supuesto esto, ¿qué es una política transparente? O mejor ¿de qué signo es una política transparente? Como se puede intuir, de manera transparente se pueden hacer dos políticas completamente opuestas, esto es, de signo contrario. La transparencia, o falta de ella, de una política no nos dice si, por ejemplo, apunta a una distribución más igualitaria de la riqueza o, por el contrario, a una mayor concentración de la misma. La decisión de realizar una política de izquierda o de derecha –categorías a pesar de todo necesariamente vigentes– no se deriva de si es ejecutada de manera transparente o no.

Han existido políticos corruptos tanto de izquierda como de derecha. La recurrente frase, “robar, roban todos” encuentra en esto su verdad. Pero no se deriva de allí una actitud apolítica. El hecho de que la corrupción no tenga signo nos lleva a preguntarnos por la legitimidad y utilidad de la reducción del fenómeno de la política al problema de la corrupción. Supongamos el caso de un ciudadano cuyas preocupaciones son tanto de una distribución igualitaria de la riqueza como de la reducción de la corrupción. Si en las elecciones se presentan dos candidatos, uno de izquierda con antecedentes dudosos y otro de derecha con antecedentes intachables, la elección para nuestro ciudadano no será fácil.

¿Cuáles son los costos, entonces, de reducir la política al problema de la corrupción? Como vimos anteriormente, la totalidad del fenómeno político no se puede reducir al problema de la corrupción. El signo de la política a seguir es independiente de su carácter corrupto o no. A pesar de esto en el discurso cotidiano la política se identifica con y se reduce a la corrupción. Por sí mismo se ve que, en ese caso, la insistencia en los problemas de corrupción lleva a dejar de lado los signos de la política. Esto implica una reducción de la calidad de la discusión política como de quiénes la discuten: los ciudadanos. El formato hollywoodense del problema de la corrupción impide toda profundización del problema político. Incluso pierde de vista su específicidad: la concepción de cuál es la sociedad justa. Mientras la discusión por cuál es el mejor modo de sociedad y cómo se logra es específica de la política, la discusión en torno a la corrupción existe en todas las esferas de la vida. Es que casos de corrupción existen en otras esferas: empresas, ONGs, clubes de futbol, bancos, etc. Por ello, la insistencia en el problema de la corrupción y la igualación entre política y corrupción, dejar de lado uno de los aspectos más importantes de la política: el fin por el cuál se realiza. Con ello, la discusión pública no gira en torno a cuál es la mejor sociedad y con qué políticas conseguirlas: si a través de la reducción de las retenciones al campo o no, si a través de una política económica intervencionista o de libre mercado, etc. El costo de la reducción de la política a la corrupción es el del reemplazo de la discusión de ideas por la constatación de hechos. Mientras el primero exige ciudadanos reflexivos, el segundo consumidores de medios atentos. Claro que uno no anula al otro.

¿Desde qué punto de vista la reducción del problema político a la corrupción cobra sentido? A fines del siglo pasado recobró fuerza cierta concepción de la política cuya característica principal residía en la transferencia de categorías empresariales al mundo político. Para ésta los problemas políticos deben entenderse en términos de eficiencia. Tal como una empresa, el Estado debe administrar de forma más eficiente los recursos que le ingresan. Como visión a futuro, con la ayuda de los avances tecnológicos, un Estado eficiente permitiría solucionar todos los problemas políticos. Desde ésta perspectiva, el problema de la política no tiene que ver con las ideas que la regulan, es decir con las concepciones de la sociedad justa que determinan qué política hacer, sino con el mejor modo de administrar el Estado. La corrupción, así, se vuelve uno de los principales problemas de la política. Es que el Estado más eficiente no puede tener ni un ápice de corrupción. A pesar del intento, ésta no es más que otro modo de concebir la política y encuentra afinidad con ideas políticas ya existentes. En general los discursos de la eficiencia se identifican con políticas anti intervencionistas y a favor de una circulación lo más libre del mercado. Por ello es posible que, nuestro ciudadano del caso anterior, con preocupaciones tanto de izquierda como de transparencia, en su insistencia única en el segundo punto, termine favoreciendo políticas de signo contrarias a las de su interés.

Todo esto nos lleva a decir que si bien la corrupción es un problema de la política, un problema que tanto ciudadanos con preocupaciones de izquierda como de derecha deben tener, no es el principal problema de la política. Ni siquiera es un fenómeno exclusivo de la política. Mientras que la ejecución de las concepciones de la sociedad justa si lo son. Por ello la reducción del problema político al de la corrupción implica una reducción de la calidad de la discusión política y de quienes la discuten. Para interrogar las fuerza políticas no nos basta su relación con la corrupción o la transparencia, debemos conocer el signo de sus políticas, sus concepciones e ideas que determinan su accionar político. Respecto de esto es notoria la capacidad del actual gobierno de esquivar definiciones de ésta índole.

Teniendo en cuenta que en democracia la mayoría rige y recordando los consejos de Durán Barba a Sturzenneger en torno a guardar silencio sobre sus propuestas políticas, quizá sea demasiado simple relacionar ese silencio con un carácter antipopular de las políticas. La simpleza, no obstante, no es enemiga de la verdad. El silencio de quienes determinan las ideas políticas, habla de ellas y la reducción del problema político al problema de la corrupción no hace más que favorecer dicho silencio.

 

*Octavio Majul es politólogo de la UBA y becario doctoral del CONICET.