El macrismo y la tentación de lo evidente – Octavio Majul Conte

Existe, desde las posturas enfrentadas al gobierno de Macri, la idea de que éste no representa más que un episodio de una larga tradición. Tradición cuya característica principal sería la de utilizar el poder al servicio de los intereses de los que más tienen. Desde esta óptica el proyecto macrista es el de beneficiar los intereses de las oligarquías históricas y de los grupos concentrados económicos. En lo que sigue intentaremos argumentar la insuficiencia –que no significa error– de dicho análisis y su necesaria ineficacia en términos políticos.

Esta lectura, como dijimos, supone que el gobierno macrista está formado de un conjunto de individuos cuya única función es devolver el Estado a quienes se beneficiaron de él: las clases dominantes y los grupos económicos concentrados. El macrismo no posee, realmente, un proyecto de país o una idea de cómo se alcanza el bien común. La relación directa del propio Macri, y de gran parte de los individuos que forman parte del PRO, con las clases dominantes y los grupos económicos no hace más que reforzar dicha intuición. Si la verdad del macrismo recae en la utilización del Estado para fines económicos, todos los elementos discursivos desplegados por éste para justificar sus políticas no son más que relatos ficticios. Relatos al servicio del ocultamiento de la verdad y cuyo medio es la manipulación del electorado. Esta lectura representaría la inversión directa de aquella realizada con el kirchnerismo donde éste aparecía como un conjunto de individuos que utilizan el estado con fines económicos –llenarse su propio bolsillo– y, para ocultarlo, despliegan una serie de argumentaciones que adquieren el carácter de relato ficticio. En síntesis, el poder político no es otra cosa que el ocultamiento de intereses económico-materiales. Esto obliga a tomar toda dimensión discursiva, o no económica, como relato cuya única función reside en montar un velo ficticio. De manera independiente de cuánto afecte a la imagen de cada uno de los actores políticos, esta visión contribuye a la deslegitimación del campo político.

Lejos de eso, el macrismo se inserta en una tradición –no nacional– específicamente moderna, el (neo)liberalismo. Que se asienta en una concepción determinada del ser humano –solo es hombre quien se esfuerza en el mercado–, una concepción específica de la justicia –a cada cual le toca lo que su esfuerzo le permite– y una utopía –los esfuerzos individuales no colisionan sino que se agregan. Todo esto con un trasfondo cuasi religioso de confianza en el progreso técnico. En la identidad entre progreso técnico y progreso humano y, por eso, en la reducción del problema humano al problema de la eficiencia. En la medida en que confía en el engranaje de la asignación de recursos vía el mercado, se esfuerza por conseguir aceitar a la máquina. El conjunto de medidas tendientes a favorecer al capital, encuentran aquí su verdad. Desde los postulados de una subjetividad (neo)liberal-capitalista éste es el tránsito hacia al bien común. Para esto el neoliberalismo lejos de rechazar al Estado lo necesita como marco productor de relaciones de mercado y, por ello, disciplinador de todo modo de vida no ajustado a sus propios criterios.  El problema de toda alternativa capitalista al capitalismo liberal es que al mismo tiempo crítica y se sustenta en partes de esa subjetividad, o –con una metáfora futbolera– juega de visitante. El problema de otra alternativa, es que no existe en un horizonte cercano.

Aceptado el marco capitalista de la alternativa, ésta no puede simplemente rechazar una serie de conceptos –normalmente vinculados al neoliberalismo– sino, más bien, torcer su significado preciso. La alternativa al neoliberalismo no puede sostenerse en una crítica romántica a lo productivo, a la eficiencia, a la técnica. En tanto que cancha a jugar, debe utilizarlos sin hacerlos fines en sí mismos. En la tensión entre el marco capitalista y sus derivas más peligrosas aparece la posibilidad de una alternativa no neoliberal. En este sentido la desestimación de las ideas liberales y sus adaptaciones neoliberales que subyacen al gobierno actual se vuelve insuficiente.

Aun si supusiéramos que la totalidad de quienes participan en el gobierno no tienen otro interés más que el beneficio económico –sea el personal o el de clase– ¿qué debemos pensar de quienes apoyan dicho gobierno y sus políticas? Frente a esto pueden darse tres respuestas. 1) O el votante y/o adherente conoce dicho plan político y lo acepta, 2) o el votante y/o adherente desconoce dicho plan político en tanto es víctima de un relato manipulador y por eso lo acepta, 3) las razones de voto y/adhesión del individuo no recaen en su reconocimiento del plan maligno orquestado por el gobierno sino que encuentra otras razones para hacerlo. En principio, para sospechar sobre qué respuesta es adecuada es posible apelar a las propias declaraciones de los votantes y/o adherentes. No existe aquel que se reconozca en el punto 1). Es decir, nadie que haya apoyado al kirchnerismo o quien apoye al macrismo fundamenta dicho apoyo en que gobiernan para llenarse sus bolsillos. Solo queda sospechar si son víctimas de una manipulación o las razones de su apoyo, y con ello el fenómeno kirchnerista o macrista, exceden la sentencia “gobiernan para llenarse sus bolsillos”. Independientemente de que podamos reconocer la influencia mediática como lo hago, por razones democráticas me inclino a pensar que es más probable que quien adhiera tenga otras razones y no que se encuentre manipulado. Aceptar el punto 3) implica otorgarle mayor centralidad al conjunto de ideas que dirigen los proyectos políticos y que los ciudadanos tienen. Ideas insertas en tradiciones.

Es necesario aclarar que las afirmaciones anteriores no implican desestimar la idea de que el gobierno macrista acaba siendo funcional a los intereses de quienes más tienen. Por ello nuestro interés no recayó en la falsedad o veracidad de la idea sino de su insuficiencia e ineficacia. Si la insuficiencia se trabajó en los párrafos anteriores, nos toca hacerlo ahora con la ineficacia. Todo intento de descripción del gobierno macrista y de debate con un votante y/o adherente del macrismo que comience y repita que éste no es más que un gobierno oligárquico, está destinada al fracaso. Este no debe ser el comienzo, sino el final. Demostrar cómo y por qué, las ideas que enmarcan el proyecto de país del PRO –reducción de costos laborales, apertura de la importaciones, exoneración de cargas impositivas a los productos primarios, volver atractivo al país a los capitales económicos extranjeros– no concluyen con el final feliz pregonado por el macrismo, es quizá un camino más acertado.

Colocar lo evidente en el lugar de lo necesitado de explicación, no como punto de partida sino como punto de llegada, debe ser la premisa de una política para los no convencidos. La tentación de lo evidente es el peligro del convencimiento