Meritocracia – Gonzalo Manzullo

Hace poco tiempo nos sorprendió una publicidad de una importante automotriz. Esta publicidad trascendió por su propuesta de un mundo donde cada persona tiene lo que merece. Cabe preguntarse por qué.

La primera escena de la publicidad se compone de varias palabras clave. Entre ellas están: trabajo, sacrificio, entrega, estudio, meritócratas –repetidas veces-, sueños obstáculos, avanzar, ahora, meritócratas, destacarte, detalle, lucha, demostrar, progreso, búsqueda, poder. Estas palabras, que aparecen fugazmente y de manera –aparentemente- aleatoria pueden ser el hilo conductor para entender cuál es la propuesta de fondo para los compradores-consumidores que la compañía busca captar.

El mensaje de esta publicidad no es solamente un discurso para atraer compradores. Irradia una forma de comprender al mundo y a quienes lo habitan -al otro­-, lo justo y lo bueno, así como el tiempo y el espacio. Se trata de una cosmovisión hoy muy extendida. Por ello es relevante analizarla.

La propuesta es clara a lo largo de la publicidad. Un mundo donde cada persona tiene lo que merece. El acento está en intentar progresar día a día. Implícitamente admite que hay quienes prefieren mantenerse quietos y no progresar. Cada cosa que se obtiene es por mérito propio y no por obsequio. No hay lugar al chamuyo, porque este tipo de personas saben lo que tiene que hacer y lo hacen. Es una minoría, lo cual señala su privilegio.

Hay un claro hincapié en el plano individual, donde el trabajo está directamente vinculado al sacrificio y a la entrega. Al resignar placer antes que al goce y disfrute. A ellos se les engarza la aparición de obstáculos en un camino de incesante avance para lograr los sueños. ¿Los sueños de quién? Los propios e individuales. ¿Cuándo? Ahora. El sacrificio y la entrega está en los detalles, los obstáculos remiten a la lucha contra quienes piensen distinto y el esfuerzo al poder.

Cada sentencia que aparece en esta publicidad es un contraste: un contraste con quienes no avanzan, con quienes no se esfuerzan y prefieren el goce al sacrificio ascético, con quienes son mayoría en lugar de minoría, quienes obtienen lo que buscan por regalo, pero también con quienes chamuyan y no saben, producto de lo cual no hacen.

La forma en que bajo esta óptica se comprende la historia y el progreso se circunscribe al plano individual. No hay una sola apelación a lo colectivo más que cuando se refiere a los meritócratas como una minoría. Pero ese colectivo es tal por mera coincidencia y no por una identidad común. Sus miembros se identifican por sus medios y no por sus fines: el medio es el trabajo y el esfuerzo -cabe decir honesto en oposición al chamuyo y el vivir de arriba-.  Los fines son diferentes para cada uno. El esfuerzo es necesario porque el mundo está repleto de obstáculos. Esos obstáculos son todos aquellos que no comparten sus medios y por eso no son más que escollos.

El tiempo es comprendido en forma acotada. No hay pasado, solo presente y futuro. El pasado no importa, es olvidado, porque lo fundamental es avanzar hacia delante, objetivo para el cual el pasado es irrelevante. Y siempre visto desde la óptica individual. El presente es de esfuerzo, lucha y sacrificio. El futuro representa el placer por alcanzar los sueños y los fines.

El espacio es aquel en el que se realizan los fines individuales. Siempre es el aquí, el espacio que cada uno posee como propiedad, y que se ha ganado por su trabajo y esfuerzo, con justicia.

Es importante recalcar que este razonamiento no nos toma desprevenidos, porque si bien está implícito, no es nuevo. Esta forma de entender el mundo es la que desde 1984 proponen las charlas TED -Technology, Entertainment, Design-. Si alguna vez hemos visto alguna de estas charlas, podemos tomar nota de que en su mayoría narran en primera persona –dato no menor- la historia de un protagonista que gracias a su esfuerzo individual y su inventiva superó los escollos presentes en su camino para formular una idea que cambió el mundo aquí y ahora. Una historia de éxito a costa del mérito personal. Con esto queremos ejemplificar que se trata de un discurso difundido y además reivindicado crecientemente en nuestro país.

Más importante aún nos parece pensar a quiénes y a qué se contrapone este discurso. Pongámoslo en los mismos términos analíticos: sin lugar a dudas, este discurso se contrapone a toda forma de comprender el mundo más allá de lo individual, ya sea colectiva o universalmente. Esto porque cualquier propuesta en tal sentido atentaría contra las ambiciones individuales para reprimirlas en pos de un objetivo común mayor -como puede ser la reivindicación colectiva de un nuevo derecho.

Se contrapone a una visión del trabajo apoyada sobre el goce o el placer, donde no medie necesariamente el sufrimiento y el sacrificio. Pero además, toda actividad es entendida como orientada a fines tan calculables como una transacción por parte de un consumidor. El trabajo se rige por una lógica de los resultados y la eficiencia basada en el conocimiento técnico: se enfoca en las personas que saben lo que tienen que hacer y lo hacen.

Se contrapone a quienes no quieren avanzar y se quedan en el pasado. Si avanzar es entendido en términos individuales y a través del sacrificio, quienes lo entiendan de otra manera quedan marginados a ese mayoritario grupo de los que no se esfuerzan y se quedan quietos –la mayoría adquiere así el carácter peyorativo. Si esa mayoría obtiene algo, será sólo por medio de dádivas, porque quienes hablan el lenguaje de los fines colectivos, chamuyan y no hacen. Quienes contemplan el pasado y le otorgan la misma relevancia que el presente o el futuro, son excluidos y son un obstáculo a los fines individuales de la meritocracia.

El espacio, por su parte, al igual que la identidad y los fines, siempre que sean entendidos en términos colectivos son problemáticos para la propuesta mencionada. Bajo esa propuesta, lo justo y lo bueno son contingentes, dependen de los fines y la percepción de cada quién, pero los medios son siempre los mismos.

Pero hay algo más, este discurso olvida que en la carrera de la vida no todos salen del mismo punto de partida. Supone que hay una igualdad de oportunidades y de talentos inexistente, lo que provoca que incluso desde el mismo punto de partida, no todos lleguen a la meta. Desde ese lugar las diferencias sociales, económicas y políticas son producto de un mal uso de las oportunidades y talentos o capacidades al alcance de todos. Por ende, descarga la responsabilidad de las desigualdades en los propios sujetos marginados y redunda en una forma de comprender al mundo arbitraria y conservadora.

La comprensión de la política como una forma de alcanzar el bien común, la democratización, la igualdad y la libertad colectiva –más allá de lo contingente y conflictivo de esa búsqueda-, quedan anuladas bajo esta propuesta meritócrata.

 

*Gonzalo Manzullo es licenciado en Ciencia Politica por la Universidad de Buenos Aires.