Mujeres, ¿Signo radical de los cuerpos dañados? – Alejandro Cantisani

“¿Vos qué hacías para que te pegara?”. Esta fue la pregunta que le hizo Mirtha Legrand a Laura Miller luego de que la misma relatará los hechos de violencia de género que había sufrido. Si uno vincula la frase a la persona en cuestión rápidamente podría asumir la idea de que no podemos esperar otra pregunta de Mirtha Legrand. Sin embargo, este vinculo entre frase y persona obtura el verdadero problema de la frase, a saber, la misma no es un dicho aislado de una persona nefasta, es por el contrario un pensamiento que esta hecho carne en la sociedad argentina actual. ¿Qué significa esto? Significa que habitamos todavía un modelo cultural, social y político que sitúa a las mujeres en la posición de objetos. Y, ¿qué hacemos con los objetos en nuestras sociedades capitalistas? Los vendemos, los cambiamos por otros objetos, los regalamos e inclusive los destruimos y los tiramos a la basura cuando ya no los queremos más. Nótese entonces la gravedad del hecho de que las mujeres sean en el sentido real de nuestras prácticas más cotidianas meros objetos. Al igual que el objeto más insignificante de nuestras sociedades las mujeres son vendidas, cambiadas por otros objetos, regaladas e inclusive destruidas y tiradas a la basura cuando no se las quiere más. Rápidamente alguien podría contestar con tono de indignación, “¡no es lo mismo! ¡Las mujeres son personas!”. Quien escribe está de acuerdo con la persona de tono indignado. Pero tanto dicha persona como quien les escribe debieran hacer el siguiente ejercicio de reflexión, ¿son nuestras posturas personales parte de la opinión predominante en nuestra sociedad? Basta con un zapping televisivo y una caminata atenta a los detalles por el barrio donde vivimos para darnos cuenta que no.

Las mujeres constituyen un otro radical de nuestra sociedad. ¿Qué significa esto?  Si la sociedad la constituyen personas y las mujeres son personas que son reducidas a ser objetos, entonces son el límite que muestra que la sociedad no nos integra a todos. La sociedad excluye cosas, inclusive personas, con el objetivo de imponer los parámetros de lo que considera normal. ¿Esto significa que las mujeres son las únicas personas que nuestra sociedad excluye? Claramente no. Sin embargo, son la exclusión más radical puesto que toda la sociedad se sustenta en formas de relación en donde lo masculino predomina sobre lo femenino. Y aún más, en donde el poder, la dominación y la fuerza se encuentran asociadas a lo masculino, y el no poder, la obediencia y la debilidad a lo femenino. Resulta notorio en este sentido el hecho de que cuando emergen liderazgos políticos de mujeres, los cuales son fuertes y poderosos, los mismos son etiquetados bajo la forma de lo masculino, a saber, “lideran como si fueran hombres”. Poder, dominación y fuerza, valores de nuestra sociedad, son lo masculino, y más específicamente, los cuerpos de los hombres. No poder, obediencia y debilidad, disvalores de nuestra sociedad, son lo femenino, y más específicamente, los cuerpos de las mujeres.  Entonces cuando una mujer adquiere, posee o ejerce poder, dominación o fuerza no sólo está actuando masculinamente, sino que esta usurpando con su cuerpo el lugar que le corresponde a otro cuerpo, saber, el cuerpo de un hombre. Volviendo al ejemplo de las líderes políticas fuertes; lo que más ofende a nuestras sociedades patriarcales no es que dichas líderes adquieran formas masculinas sino que ocupen el lugar asociado a valores masculinos del cuerpo de un hombre. Puesto que eso evidencia que dichos valores y lugares son en sentido estricto usurpados por los cuerpos de los hombres a través de la dominación social.

Llegamos así a un punto fundamental en nuestra reflexión, a saber, la cuestión del femicidio. Durante mucho tiempo en nuestro país se utilizó el término “crimen pasional” para hablar de los asesinatos hacia las mujeres cometidos por hombres. Esto implicaba en primera instancia un reconocimiento de un vínculo afectivo (falso) y en segundo lugar un ocultamiento de la dimensión política, social y cultural de dichos crímenes. Respecto de la primera cuestión, el supuesto vínculo afectivo, podemos decir que ese  afecto (falso) no hace más que matizar la muerte. En cierto modo es como decir que aquel que mata en realidad no quiso hacerlo, pero ciertas circunstancias emocionales lo llevaron a cometer dicho crimen. El componente afectivo presupone entonces que la víctima hizo algo para que el victimario la asesinara. Estamos en el horizonte de la pregunta de Mirtha Legrand. Él te ama. No te quería matar, ¿qué hiciste para que te matara?  Por otro lado, la idea de “crimen pasional” contribuye a ocultar otra serie de asesinatos de mujeres en los cuales no hay, ni hubo vínculo afectivo, por ejemplo, el de los hombres que acosan o abusan mujeres, hasta llegar a matarlas. ¿En qué categoría entrarían dichas muertes? Bajo la idea de “crimen pasional” dichas muertes son equiparables a cualquier otra muerte producto del acoso o el abuso. Llegamos así a la segunda dimensión del problema. Los crímenes cometidos contra las mujeres se encuentran más allá de lo pasional, o de las formas del acoso y el abuso que no reconocen género. Los asesinatos de mujeres a manos de hombres poseen siempre una dimensión política, social y cultural. Entiéndase que cuando decimos política no estamos reduciendo la misma a “estado” y “partidos políticos”. Decimos política en el sentido más amplio del término y, principalmente, como el modo en que una sociedad organiza las relaciones de poder. Habiendo hecho esta aclaración, prosigamos. Decíamos que los crímenes cometidos contra las mujeres a manos de hombres tienen siempre una dimensión política, social y cultural. ¿Por qué decimos esto? Si como enunciamos antes, las mujeres son el otro radical de nuestra sociedad porque encarnan, bajo la forma de la visión patriarcal, todos los disvalores de nuestras sociedades contemporáneas, debemos comprender que cuando un hombre mata a una mujer la mata siempre a la luz de estos disvalores. O bien, porque en cuanto es el cuerpo que representa el no poder, la obediencia y la debilidad supone puede hacer con ella lo que quiere. O, también por estas mismas suposiciones, porque la mujer resiste entonces éste asume que la mujer debe morir.

Podemos decir hasta aquí que los cuerpos de las mujeres se encuentran directa o indirectamente dañados en nuestra sociedad. La sociedad en su propia reproducción diaria daña esos cuerpos, les infringe dolor, inclusive muchas veces sin necesariamente ser conciente de dicho hecho. ¿Sólo los cuerpos de las mujeres se encuentran dañados en nuestra sociedad? Sería un absurdo decir eso. Basta con transitar la realidad social para observar que asistimos a una multiplicidad de cuerpos dañados. En la línea que estamos transitando la referencia más directa y obvia sería la de los cuerpos de los homosexuales, las lesbianas, los y las trans, los y las travestís, y demás colectivos asociados por el sentido común al problema del género. Con suma claridad uno podría situar a estos cuerpos dentro del horizonte que hemos trazado. Inclusive uno podría decir que la violencia contra estos cuerpos, la cual es tan amplia como la que se ejerce contra las mujeres, también se articula dentro de la oposición masculino-femenino, cuerpo de hombre y cuerpo de mujer. Preguntemosnos sino por qué para la sociedad es más repelente una lesbiana que un homosexual. O por qué los chicos y chicas trans y los y las  travestís son tan problemáticos para la sociedad en tanto no los podemos encasillar bajo la lógica binaria de los géneros tradicionales. Pero hay otros cuerpos que también son dañados en la sociedad. Los cuerpos pobres, los cuerpos inmigrantes, los cuerpos ancianos, e inclusive, paradójicamente, los cuerpos de los hombres que no encarnan los valores que sus cuerpos debieran ejercer. Nuestra sociedad daña una multiplicidad de cuerpos, los cuales sitúa como lo otro de la sociedad. Y no obstante, los cuerpos de las mujeres son su otro más radical, como decíamos anteriormente. ¿Qué quiere decir esto? Todos esos cuerpos pueden ser dañados porque primeramente se dañan los cuerpos de las mujeres. Porque se sitúa a los cuerpos de las mujeres como el máximo disvalor de nuestra sociedad. A partir de lo cual emergen otros cuerpos que se asemejan, aunque no son iguales, a esos cuerpos sin valor de las mujeres.

Lo dicho anteriormente no supone igualar la lucha del colectivo de mujeres, y sus problemáticas, con otras luchas políticas y sociales. Por el contrario, es reconocer en la radicalidad de su politicidad el potencial para la liberación. Algún descuidado podría sostener que la lucha del colectivo de mujeres tiene como horizonte una sociedad más igualitaria. Pero si el problema de los cuerpos de las mujeres es la propia estructura patriarcal de la sociedad, ¿cómo podrían tener como horizonte la “igualdad”? En última instancia la lucha por mayor igualdad es un primer paso, siempre precario, para la verdadera liberación. Si el colectivo de mujeres aspirara simplemente a la igualdad estaríamos en el horizonte de una vieja publicidad de la cerveza Quilmes que llevo el nombre de “Igualismo”. En ella, hombres y mujeres se enfrentaban en una suerte de batalla final épica por sus derechos. Pero al llegar al momento del enfrentamiento efectivo claudican porque se dan cuenta que el uno no puede vivir sin el otro, y así, según la cerveza Quilmes, “nace el igualismo”. Este tipo de argumentos desconoce la estructura patriarcal de la sociedad. No puede haber igualismo porque las mujeres representan en nuestra sociedad un disvalor. Si las mujeres son aquello que situamos en la posición del no-poder, la obediencia y la debilidad de manera más radical, ¿cómo podría haber igualismo? Su igualdad es la liberación.

Llegamos así al problema político coyuntural de la cuestión. Si como decíamos anteriormente el femicidio posee una dimensión política, social y cultura, lo cual significa que no es un mero título para que un juez etiquete la caratula de un caso. Entonces el colectivo de mujeres se encuentra inscripto dentro un marco político, el cual si bien tiene a las mismas como epicentro conflictivo, también nos muestra otros cuerpos en conflicto. Y aún más, la dimensión política de la corporalidad  de las mujeres exige también comprender la coyuntura política en la que se sitúan dichos cuerpos. La coyuntura política argentina ha erigido un proyecto político, el gobierno actual, que configura el Estado como una gran maquinaria de producción de cuerpos dañados. En palabras más llanas, el aparato Estatal del actual gobierno daña los cuerpos. Entre ellos, lógicamente, los cuerpos de las mujeres. El modo en que el gobierno actual ejerce sus políticas pone en el centro de su gestión los valores patriarcales, a saber, poder, dominación y fuerza. ¿Qué quiere decir esto? El gobierno asume que sólo ellos tienen y deben tener poder, y como correlato que pueden entonces dominar y ejercer la fuerza a su antojo. En definitiva todos aquellos que no seamos afines a los valores patriarcales que encarna el actual gobierno seremos reducidos a la categoría de objetos disponibles para su violencia.

Ante lo dicho anteriormente emerge una pregunta política central, ¿cómo resistir? Nadie puede hacer futurología política, sería un absurdo. Pero si podemos decir que en la sociedad parecieran estar configurándose dos grandes campos de resistencia popular a esta maquinaria estatal que daña cuerpos. El primero y más obvio es el del colectivo de mujeres. Colectivo claro está, heterogéneo y complejo, puesto que lo conforman mujeres y agrupaciones cuyas concepciones políticas no son idénticas. Ahora bien, hay otro colectivo que también pareciera estar constituyendo otro campo de resistencia, a saber, los sectores católicos, un entramado también complejo que va desde los curas de la opción por los pobres hasta un papa conservador como Francisco (cuando decimos conservador es porque recordamos que Francisco es Bergoglio). La pregunta que emerge ante esta díada es, ¿qué colectivo será capaz de contener el conjunto global de los cuerpos dañados de nuestra sociedad? Quien aquí escribe preferiría que fuera el colectivo de mujeres. Puesto que una resistencia englobada en los sectores católicos desarticula la posibilidad de discutir a fondo la estructura patriarcal de nuestra sociedad, a la vez que, en términos más específicos, también nos aleja de demandas concretas, pero centrales para transformar nuestra sociedad, como por ejemplo una ley de aborto legal, seguro y gratuito. Sin embargo, la pregunta es, ¿estará el colectivo de mujeres a la altura de este nuevo desafío político?

Si una observa el paro y movilización del día 19 de octubre pasado se da cuenta que allí no había solamente mujeres. Allí había un conjunto heterogéneo de actores reconociendo en esa lucha específica el signo de una lucha más amplia. Lógicamente esto conmociona a muchos sectores de ese colectivo de mujeres heterogéneo. Inclusive al punto de generar conflictos por si los hombres debíamos también marchar, y si así fuera, en qué lugar. Ahora bien, esa conmoción no debiera tener como correlato la forma de un rechazo. Si el colectivo de mujeres rechaza esos otros cuerpos dañados que vislumbran en su lucha el signo de una lucha más amplia, paradójicamente, terminarán perdiendo su potencia política. ¿Por qué? En primer lugar, porque en términos de táctica y estrategia política lisa y llana, alguien va a capitalizar esos otros cuerpos dañados. Y pareciera ser que esos cuerpos dañados serán capitalizados por los sectores católicos. Claro está, eso no es una buena noticia. Pero en segundo lugar, y mucho más importante, porque por primera vez asistimos a un escenario en el cual muchos actores heterogéneos, que no son necesariamente mujeres, observan en dicha disputa una resistencia contra la forma general de nuestra sociedad. Y aún más, en nuestra coyuntura política actual, la posibilidad de resistir a esa maquinaria estatal que, como ya dijimos, ejerce violencia contra los cuerpos asociados a esos disvalores que el poder imprime en los cuerpos de las mujeres. Un amigo se preguntaba en una red social, “¿qué debemos hacer los hombres?” ante la situación actual de las mujeres. Yo agregaría a “los hombres” otros nombres. O sea, ampliaría dicha pregunta a todos aquellos cuerpos que no son mujeres. La respuesta de mi amigo era la de “feminizar”. Él sostenía que debemos “feminizar” los lenguajes, nuestros cuerpos, e inclusive la propia política. Como idea política es interesante. Pero nuevamente se impone cierto modo del reconocimiento del otro. ¿Seremos reconocidos por el colectivo de mujeres todos esos otros cuerpos dañados a efectos de que la feminización de la sociedad pueda efectuarse? La respuesta a esta pregunta no es teórica, es política. Y solo ellas podrán indicarnos si en su lucha encontraremos la liberación de la totalidad de los cuerpos dañados, o si claudicaremos al crisol de las luchas.

 

*Alejandro Cantisani es Doctor en Ciencias Sociales y docente especializado en teoría política y social.

**La imagen que ilustra este articulo pertenece a la artista mexicana María Andrea Camarillo Galicia.