Nadie es la patria – Luciano Nosetto

El bicentenario de la declaración de independencia dio lugar a una reactivación episódica de las nociones de patria y patriotismo. Reactivación que, en el caso del discurso oficial, resultó en cierta medida forzada, sino asumida a regañadientes. A nadie escapa que el gobierno de Mauricio Macri apostó por un nuevo léxico político, distinto del legado por el kirchnerismo. Si para Néstor y Cristina Kirchner las menciones a la patria habían constituido una permanente de sus discursos, la renovación macrista apuntó desde el comienzo a desembarazarse de apelaciones tan onerosas. Así, las menciones a la patria grande sudamericana, a la idea de tener patria y a la postulación de que la patria es el otro –menciones constitutivas del léxico kirchnerista– fueron desterradas del discurso oficial a partir de la asunción del nuevo gobierno. Significativo en este sentido es el hecho de que, en el acto de asunción, Macri hubiera decidido cambiar la fórmula de juramento prevista en la Constitución, reemplazando el par “lealtad y patriotismo” por aquel otro de “lealtad y honestidad”.

En este contexto, las celebraciones del bicentenario obligaron a desempolvar expedientes que se creía archivados. A decir verdad, la reaparición de la noción de patria tuvo lugar algunas semanas antes del bicentenario, en el marco de la conmemoración de la muerte de Manuel Belgrano. En esa ocasión, Macri avanzó la idea de que “la patria la hacemos entre todos, es la suma del esfuerzo de cada uno de nosotros”. En esta singular definición de lo que podríamos caracterizar como la “patria aritmética” se dejan reconocer las interpelaciones macristas al esfuerzo individual como única vía para conducir a “la Argentina que queremos ser”. Ha sido una constante del discurso de Macri interpelar a los argentinos a esforzarse, aclarando que esfuerzo no es lo mismo que sacrificio. Si bien el presidente no se ha tomado la tarea de explicar en qué se diferencian estos términos, podemos señalar que, mientras el sacrificio supone abnegación, el esfuerzo no exige renuncia de sí. El esfuerzo puede ser autointeresado; el sacrificio en cambio es incompatible con el egoísmo. De ser así, no resulta muy difícil identificar la patria aritmética macrista, esto es, la sumatoria de los esfuerzos autointeresados de los individuos, con la mano invisible y armonizadora del mercado. En tal caso, habría que pensar cómo armoniza el patriotismo económico del presidente con el cosmopolitismo de su ministro de hacienda. Es que en una reciente intervención pública ante el comité del FMI, Alfonso Prat-Gay señaló los peligros del patriotismo económico, denunció las ubicuas presiones proteccionistas y llamó a “luchar por el comercio”.

Algo más sofisticadas en este sentido resultaron las reflexiones de Hernán Lombardi, titular del Sistema de Medios y Contenidos Públicos, vertidas en el marco de una entrevista para el diario La Nación. En esa ocasión, el periodista Joaquín Morales Solá inquirió a Lombardi respecto del desmantelamiento del Salón de los Patriotas de la Casa de Gobierno. Explicó Lombardi que el retiro de los cuadros de diferentes próceres latinoamericanos de las paredes del salón respondió a la necesidad de sobreponerse a una visión parcial de la historia, que habría sido promovida por el kirchnerismo. En el decir del funcionario, los patriotas que eran conmemorados por esos cuadros constituían en su conjunto una visión parcial o sesgada de la historia, que el nuevo gobierno pretendía superar. Digamos a modo de digresión que, si la pretensión era la de superar una visión parcial de la historia, lo esperable habría sido completar el salón de los patriotas incorporando los cuadros de los próceres injustamente relegados. Más que completar una visión parcial, el retiro de los cuadros resultó en una visión nulificada. Ahora bien, esta apelación a un universalismo vacío de paredes vacías habría resultado incurablemente anodina si el funcionario no hubiera rematado su argumentación con una cita de Borges. Respaldado en el prestigio literario del escritor insigne, Lombardi hizo saber de su plena identificación estética y política con el verso borgiano que postula que “nadie es la patria”. Poco después, esta frase se convirtió en una divisa de la política cultural oficial. Quien pase por el frente del Centro Cultural Kirchner, podrá verla estampada en luces de neón, sobre en la fachada del edificio, debajo del nombre del ex-presidente.

(Debo admitir que tomé noticia de ese verso borgiano de labios del mismo Lombardi. Inmediatamente me ganó la sospecha respecto de la autenticidad de la referencia. Es que hace tiempo circula el mal chiste borgiano de atribuirle poemas de pésima factura, como aquel en que un pseudo Borges admite que “de vivir de nuevo, comería más chocolate”. Varios recordarán que, algunos días después del bicentenario, la empresa estatal de subterráneos de la ciudad de Buenos Aires homenajearía a Borges reproduciendo en gran escala un poema sobre la importancia del amor y de la aceptación de los defectos para la felicidad. Dudo que el recurso a los dobles borgianos alcance a salvar la brecha entre el autor de “Tlön…” y el de aquella estrofa subterránea.)

Aquel verso borgiano sobre la patria forma parte de la “Oda escrita en 1966”, poema compuesto en conmemoración del 150° aniversario de la declaración de independencia y publicado en El otro, el mismo, de 1964. Las fechas revelan el carácter ficcional del título del poema, que Borges dice haber “escrito en 1966” cuando en realidad había sido ya publicado dos años antes de aquel aniversario. Este poema forma una dupla con otro, titulado “Oda compuesta en 1960” en ocasión del 150° aniversario de la Revolución de Mayo de 1810. Propongo en lo que sigue volver sobre el poema de Borges, a efectos de adivinar en aquella referencia de Lombardi lo que podría constituir los rudimentos de un patriotismo macrista.

El poema se escande en cuatro estrofas asimétricas. Me permito reproducirlo cabalmente, confiado en la legendaria permisividad de su albaceas. La primera estrofa, entonces.

Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete
que, alto en el alba de una plaza desierta,
rige un corcel de bronce por el tiempo,
ni los otros que miran desde el mármol,
ni los que prodigaron su bélica ceniza
por los campos de América
o dejaron un verso o una hazaña
o la memoria de una vida cabal
en el justo ejercicio de los días.
Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos.

 La primera estrofa procede por desbrozamiento. Antes de predicar sobre lo que la patria es, resulta necesario deshacerse de sus expedientes más habituales. Aprendemos entonces que la patria no son los héroes de las batallas, que ornamentan las plazas públicas desde sus caballos de bronce. Pero tampoco son la patria los notables de la vida pública, registrados en las placas de mármol. Si no los grandes héroes y estadistas, la patria bien podría ser de los mártires anónimos, cuyas vidas se perdieron los campos de batalla. Pero tampoco ellos. La misma suerte corren finalmente los hombres de discurso, oradores y poetas. La patria no se define en las vidas cabales o ejemplares. Ninguna de estas figuras, cargadas todas ellas de fuerte simbolismo, puede ser identificada con ella. La oda prosigue:

Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo
cargado de batallas, de espadas y de éxodos
y de la lenta población de regiones
que lindan con la aurora y el ocaso,
y de rostros que van envejeciendo
en los espejos que se empañan
y de sufridas agonías anónimas
que duran hasta el alba
y de la telaraña de la lluvia
sobre negros jardines.

 Si la primera estrofa niega toda identificación de la patria con los grandes hombres, esta segunda estrofa parece destinada a negar que la patria pueda identificarse con los grandes procesos. La patria no es el tiempo de las batallas, de las espadas y los éxodos. El patriotismo no es el culto de los tiempos de guerra. Pero tampoco es el culto del tiempo de la paz civil, dictado por la extensión de los poblados, el paso de las generaciones, el relevo de los viejos por los jóvenes. La patria no es tiempo de las hazañas heroicas ni el de las poblaciones civiles. No es la gloria ni el reino.

La patria, amigos, es un acto perpetuo
como el perpetuo mundo. (Si el Eterno
Espectador dejara de soñarnos
un solo instante, nos fulminaría,
blanco y brusco relámpago, Su olvido.)
Nadie es la patria, pero todos debemos
ser dignos del antiguo juramento
que prestaron aquellos caballeros
de ser lo que ignoraban, argentinos,
de ser lo que serían por el hecho
de haber jurado en esa vieja casa.
Somos el porvenir de esos varones,
la justificación de aquellos muertos;
nuestro deber es la gloriosa carga
que a nuestra sombra legan esas sombras
que debemos salvar.

 El vocativo “amigos” quiebra la letanía precedente. Resulta entonces que la patria es tan perpetua como el mundo, pero claro que no más que este. El paréntesis justifica en cierta medida esta delimitación. Allí Borges sostiene que si el Eterno Espectador dejara de soñarnos, su olvido nos fulminaría. Esto es decir que somos no más que el sueño de un Espectador Eterno: nuestra perpetuidad cabe en el sueño de un Dios. En su “Oda compuesta en 1960”, mencionada más arriba, sucede algo similar: “…No sabemos / cómo eres para Dios en el viviente / seno de los eternos arquetipos, / pero por ese rostro vislumbrado / vivimos y morimos y anhelamos, / oh inseparable y misteriosa patria mía”. Resulta entonces que la pregunta por la patria alcanza un estatuto teológico. Estatuto que tal vez pueda comprenderse por vía de la referencia a la reflexión arendtiana sobre la naturaleza humana. Sostiene Hannah Arendt que, para responder a la pregunta por la naturaleza del hombre, deberíamos saltar por encima de nuestra sombra. Solo un Dios podría captar la naturaleza humana de manera cabal. La pregunta acerca de la naturaleza humana es para Arendt tan teológica como la pregunta acerca de Dios. Retomando entonces el poema borgiano: en nuestra condición humana, inmersos como estamos en un tiempo mundano que bien puede ser perpetuo pero nunca eterno, no nos es posible saltar por encima de nuestra sombra y conocer qué es nuestra patria. Solo un Dios estaría en condiciones de llevar a cabo esa tarea.

Cualquiera sea el caso, todos debemos ser dignos del antiguo juramento de aquellos caballeros y varones que nos legan su gloriosa carga y nos vuelven responsables de justificar aquellos muertos y de salvar aquellas sombras. Aquí nuestro patriotismo se manifiesta como un deber respecto de aquellos varones y caballeros, figuras masculinas pero también civiles que, a través de promesas mutuas, constituyeron el cuerpo político argentino. Repetición estilizada del prototipo contractual de toda comunidad política moderna. Culmina el poema:

Nadie es la patria, pero todos lo somos.
Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,
ese límpido fuego misterioso.

Resulta entonces que todos somos la patria, pero lo somos en esa forma impropia, desbrozada de todo nombre, símbolo, hazaña y proceso, y vinculada solo a aquel episodio prototípico del pacto civil. Así, el fuego que arde en el pecho del patriota lo conecta con una patria límpida, expurgada de toda bravata nacionalista y de toda barbarie enérgica. Al patriotismo nacionalista y militar, que espanta a Borges tras la experiencia alemana, se sobrepone un patriotismo republicano y civil. Condición de este patriotismo límpido es el despliegue de una historia lisa, sin rugosidades ni accidentes, que nos permite deslizarnos casi sin rozamiento hasta aquel episodio estilizado de un contrato entre caballeros.

Sin mayor esfuerzo, creo posible reconocer en aquel fuego límpido borgeano el antecedente de un patriotismo macrista. Muy probablemente Lombardi haya creído encontrar en Borges un antídoto para el patriotismo kirchnerista, siempre acusado de megalomanía. Contra la identificación de la patria con los nombres de su historia, Lombardi erigió el verso borgiano como denuncia de todo intento de apropiarse de la patria. Pero ese verso solo es el comienzo del poema. Y el poema que comienza postulando que nadie es la patria, solo logra sostener ese postulado desbrozando al patriotismo de toda densidad histórica y desembocando en un relato sin revoluciones ni guerras, sin vencedores ni vencidos, sin hazañas ni conquistas ni frustraciones ni traiciones. Una historia lisa que nos conecta sin mediaciones con el momento estilizado del contrato.

Tal vez este patriotismo límpido permita comprender las trepidaciones del presidente argentino al momento de hablar de independencia en presencia del monarca español. Paradójico patriotismo macrista, angustiado ante la idea de separarse de las potencias tan queridas.

 

*El autor es Doctor en Ciencias Sociales (UBA). Es Investigador del CONICET especializado en Teoría Política, además de docente universitario.