¿Qué es el Neoliberalismo? – Diego Peychaux

Neoliberal es la autoayuda, pero también la privatización de la comunicación pública. La represión de cooperativistas o murgas infantiles y los programas de respiración consciente también pueden ser neoliberales. Confundir pensionados con delincuentes es tan neoliberal como creerse merecedor del ingreso en una institución de investigación científica. Reagan es neoliberal, tanto como Pinochet, Thatcher, Vargas Llosa, Savater, Videla o Aramburu. Quejarse del teleoperador, del empleado estatal o del camarero del bar donde ya no vas a desayunar, a raíz de su ignorancia de tu condición de soberano contribuyente, es igualmente neoliberal.

No obstante, la autoayuda existía desde antes, muchísimo antes, que irrumpiera la palabra neoliberalismo sobre la faz de la Tierra. Lo mismo ocurre con la soberanía del dinero; o con esa mezcla de individualismo e ignorancia que nos asiste cuando nos creemos artífices espontáneos de algún mérito. Por lo tanto, y para no complejizar lo sencillo, propongo la siguiente respuesta: el neoliberalismo es la afirmación de un modo de las relaciones humanas en cuyo sustrato habita una negación absoluta del derecho a la vida. O, en términos más precisos, aquello que aporta lo neo del liberalismo consiste en romper todo vínculo entre el derecho individual e ilimitado a la apropiación de un medio de producción (por ejemplo: la tierra) y un derecho general a la preservación o el nivel de la vida.

Un neoliberal dirá, por ejemplo, que al organizarse las relaciones sociales según las normas del mercado libre (aunque este incluya a los monopolios) se mejoran los niveles de vida. A mayor libertad en los intercambios comerciales, mayor calidad de vida se obtiene. Con todo, nunca aceptarían que esos “niveles de vida” constituyan un derecho universal y, por tanto, un límite último que legitima, o no, a la organización social  a través del mercado. Y no lo harían por la sencilla razón que la vida es, cuanto mucho, un derecho a tener o a luchar por todo lo que se necesita para vivir. Veamos por qué no estamos frente a un juego de palabras.

Podremos realizar precisiones sobre los argumentos que diferencian a un grupo neoliberal de otro. Pero si hay algo que comparten es una descripción del mundo en la que vivir o morir se reducen  a meros acontecimientos individualísimos de la naturaleza. Los animales, las plantas, todo ser vivo, llega a un punto en el que se muere de viejo, de hambre, de impericia, de enfermedad, etc. A continuación niegan la posibilidad misma de articular alguna clase de principio moral, jurídico o político a partir de la objetividad del hecho de la vida y la muerte. Lo único que cabe inferirse es un cálculo de cómo aumentar individualmente las posibilidades de vivir más y mejor. ¿Cómo y qué se calcula? Aquello que me mantiene vivo tiene un valor y su contrario un desvalor.

Ahora, la individualización radical del cálculo impide argumentar, por ejemplo, que un tercero tenga la obligación de procurarme medios de subsistencia. Lo hará, sin duda, si intercambiamos un valor por otro en términos que consideremos equivalentes. Ahora, no solo se ignora la posición favorable, o no, en la que se negocia, sino también se excluye el intercambio gratuito. Mucho más cuando ese intercambio se ampara en la violencia física inmediata o en la mediada por el aparato estatal. Es decir, para el neoliberalismo el Estado “Robin Hood” esconde con supersticiones la misma afición por lo ajeno que tiene el ladrón.

Veamos con más detalle la típica narración neoliberal. Esta se ubica en un escenario natural. Sea en la Pequeña Edad de Hielo, sea en la economía financiera del siglo xxi, la humanidad debe salir ahí fuera a ganarse los medios para seguir viva. Allí radica su único derecho: salir y disponer a su antojo de lo que consiga.  La acechan infinidad de peligros naturales y artificiales. La asiste, tan solo, su ingenio. La naturaleza no ha sido ecuánime, sino que confiere dones de forma azarosa. Pues bien, munido de estos fortuitos instrumentos (y amparado en ese solo derecho) cada individuo sale y los invierte a fin de obtener el mayor valor posible.

Algunos aceptarán grados mínimos de distribución para que, quien sea que ingrese en el escenario, pague o no pague, disfrute de seguridad. Todo agregado ulterior a ese consenso supone un atropello a las libertades individuales. Más aún, cualquier tipo de intervención para reajustar las desigualdades originarias o las resultantes afecta la libertad del mercado y, con ella, el único medio humano para la supervivencia. No hay alternativa justa o siquiera viable al mercado libre. Esas otras posibilidades constituyen supersticiones que impiden aceptar con honestidad la libertad que este ofrece.

El argumento cuenta, a su vez, con dos cláusulas de seguridad. Primero, niega la existencia de cuerpos colectivos. La sociedad o la comunidad son abstracciones subjetivas que ocultan el único hecho verificable: los individuos acordando entre sí. De modo que cualquier réplica a esa libertad de mercado carece de legitimidad si se fundamenta en intereses colectivos. Segundo, señala el carácter subhumano de cualquier consenso que instituya el intercambio gratuito. Ese consenso crearía una obligación abstracta de canjear, como animales, vida por nada. Tal irracionalidad habilita el apoyo explícito a dictaduras “libertadoras” de diversa índole que repongan las reglas perdidas.

¿Qué reglas? Pues que al final de la jornada cada cual retorna a su morada y cuenta el botín. Podrá alegrarse o entristecerse, pero del mismo modo que se arroga el éxito, debe hacerlo con el fracaso. No hay mérito que se le niegue, pero tampoco atenuantes que lo exoneren. Y, por sobre todo, responsabilidades cruzadas. Nadie le debe o le pide nada a nadie. Dar o pedir a cambio de nada marca esa irracionalidad subhumana.

En síntesis, dentro de esta narración pensar a la vida como un derecho supone la garantía del resultado. Es decir, que se ingresaría en el mercado para conquistar un valor sabiendo que se dispone de un derecho a obtenerlo. Ante lo cual todo buen neoliberal pregunta ¿quién paga ese reaseguro? O, mejor dicho, ¿quién debería pagarlo? La respuesta correcta es “lo pagan individuos concretos”. Ya se ha dicho: los fantasmas no existen y los neoliberales no ven a la sociedad por ningún lado. Por tanto, salvo consentimiento explícito de esos individuos concretos nadie está obligado a pagar nada. Pero, claro está, nadie en su sano juicio neoliberal institucionalizaría ese intercambio votando un gobierno que se proponga “distribuir”. El mero hecho de consentirlo delata que se ha renunciado al comportamiento humano. Y no hace falta esperar a la prédica neoliberal para saber qué hace la humanidad con los que no considera sus iguales.

Las ideas, aun las neoliberales, no pululan por el éter arrastrando consigo su esencia y escapando, así, a la inminente corrupción que conlleva cada nueva encarnación histórica. O, lo que es lo mismo, no hay un principio puro, ideal, irrefutable y justo del neoliberalismo que en un mundo abstracto produciría un consenso inmediato, mientras en la realidad concreta del día a día se encarna en sujetos corruptos que lo mancillan, lo manchan, lo estropean. En la historia de la humanidad el neoliberalismo tiene un andar conocido. Y si nos referimos a nuestra América, aún más. La definición aquí esbozada, por tanto, aunque supone un claro ejercicio de abstracción, no detiene el reenvío al análisis histórico en los cuales se desarrolla, pero también se expone a hibridaciones.

Por ejemplo, en Argentina la negación neoliberal del derecho a la vida adquiere, ya desde el temprano 1955, una dicción antiperonista. En 1959 visita el país Ludwig von Mises. En una conferencia publicada bajo el título Política económica, afirma que Perón y los líderes soviéticos comandan “dictaduras democráticas”. El aforismo repetido una y otra vez, tanto antes como después de cada nuevo ejercicio de fuerza, resulta idéntico: la necesidad de trocar la intervención en el mercado, por una intervención en la democracia que reajuste sus resultados populistas. En 1966 Jorge J. Palma, tras el derrocamiento de Illia, sostiene que los mediocres, ante la opción de la libertad y la servidumbre, eligen la servidumbre porque no se sienten responsables del futuro mezquino que les ofrece. En consecuencia, la vibración del espíritu neoliberal de la “Revolución Libertadora”  configura una reconquista de la libertad que los siervos mediocres ―sea de Perón, Frondizi o Illia― ponen en peligro. Libertad que, como vimos, consiste en abrazar sus vidas sin derecho.

En la actualidad, el neoliberalismo no sigue en forma lineal la brutalidad genocida que amparó durante las décadas de los sesenta y los setenta. No obstante, ello no impide negar que el cálculo siga siendo el mismo. Respirar conscientemente hondo mientras se espera ingresar en una nueva charla TED en la que finalmente se comprende que el queso se lo ha llevado la propia impericia. O, a lo sumo, la voracidad de los zánganos que utilizan el Estado para esconder en bolsos el botín populista. Sinceramiento que precede a ese nuevo emprendimiento que mantenga a cada cual apegado a sus asuntos mientras los bienes comunes son capturados por manos más ingeniosas en hacer dinero. Ávido de reflejarse en el espejo correcto, aquel que devuelve una figura humana, el sujeto neoliberal calcula: mejor seguir la ola, que resistirla. Porque resistirla, dice la calculadora, cuesta vida.