En el nombre de la carne: Unidad Ciudadana y la representación política – Leo Naphta

Del festejo abrumador en el búnker de Cambiemos a la interminable espera en la sede de Unidad Ciudadana, se trazó un recorrido en  el que no únicamente quedó expuesta la flagrante manipulación de datos del escrutinio provisorio sino también la inminencia de un triunfo arrollador que nunca fue: independientemente del resultado que arroje el recuento definitivo –a las claras, una mayoría de votos en manos del espacio conducido por la ex-presidenta-, ninguna de las dos principales fuerzas puede asegurarse de cara a octubre una victoria contundente. No porque exista un alto nivel de volatilidad electoral –o más bien, no sólo por eso-, sino por un mapa político que cobra la fisonomía de un triple empate: Cambiemos, Unidad Ciudadana y un espacio opositor difuso y crecientemente fragmentario en el que se pueden entrever las cabezas de Massa, Stolbizer o Nicolás del Caño.

Si bien el origen del escenario dividido en tercios trasciende el corto plazo, la memoria y la cultura política argentina parecen tomarlo como una incómoda piedra en el zapato y exige una simplificación de los términos a través de una fuerza política que pueda imponerse en el grueso de la población. Este movimiento que, se esperaba, iba a suceder el pasado domingo quedó en suspenso indefinidamente. El gobierno nacional, si bien logró expandirse, no pudo superar la barrera del 35% a lo largo y ancho del territorio argentino aun con un ajuste que se llevó adelante sin quitar el freno de mano. La oposición, por su parte, no ha dado con una opción que aglutinar diversos espacios y demandas. ¿Se trata sólo de un capricho dirigencial, como han señalado distintos analistas? Desde nuestra mirada, más que un problema de representantes, se trata de un problema de representación situado en el principal polo opositor: el peronismo.

Mucho se ha discutido desde finales de 2015 acerca de la necesidad de una renovación peronista. Invocando el proceso que reemplazó a buena parte de la dirigencia justicialista que fue derrotada por Alfonsín y la Unión Cívica Radical en 1983, una cantidad de intendentes y operadores de la Provincia de Buenos Aires pretendieron reeditar una jugada que se trague, en un campo de juego delimitado por esa difusa identidad política que es el anti-kirchnerismo, a la dirigencia que fue derrotada en 2015. Sin embargo, la implantación del término “peronista” como depositario de una prosapia que desconociera, principalmente, a Cristina Fernández de Kirchner, no pudo anclarse mucho más allá de la insulsa candidatura de Florencio Randazzo. El sueño de “unidad” y “renovación” bajo las banderas de Evita y el General no pudo dejar atrás la experiencia de la década ganada que,  aun reemplazando la marcha por Juguetes Perdidos, dejó huellas imborrables en el imaginario de un peronismo que podía mirar con desdén la prevaricación menemista. Las rencillas entre el grupo “Fénix” y “Esmeralda” quedaron en el olvido tras el lanzamiento del espacio Unidad Ciudadana, anclado en el lnstituto PATRIA y conducido por la ex-presidenta. Dirigido a convocar a las nuevas mayorías compuestas por los hombres y mujeres que caen como soldados abatidos por los arteros fusiles del ajuste macrista, la hipótesis del “sobrecalentamiento” de la política, de una hiper politización durante los años kirchneristas, operó también aquí y los avatares de las gestas patrióticas, de la batalla cultural y de la “juventud diezmada” fueron reemplazados por las más mundanas imágenes de la factura de electricidad o gas y por los precios disparados en las góndolas de los supermercados. Si el kirchnerismo había llegado en 2003 para proponer un sueño, Unidad Ciudadana se conformó para garantizar una vigilia sin preocupaciones.

La victoria contundente, a pesar de haber sido vaticinada por distintos encuestadores, no ocurrió. Si bien es claro que Unidad Ciudadana ganó en la Provincia de Buenos Aires al haber obtenido unos cuantos miles de votos más que Cambiemos, no logró consolidar esa “nueva mayoría” que parecía disponible a raíz de los indiscutibles efectos del ajuste: incluso en el Conurbano, población-objetivo de los recortes macristas, ha encontrado obstáculos. La representación de los “intereses reales” de los hombres y las mujeres y la acción en “defensa propia” que propuso la ex presidenta interpeló, pero no fue suficiente para concitar el voto de una cantidad de electores que tampoco optaron por Cambiemos.

Los analistas cercanos a las consultoras de opinión no han tardado en señalar una ecuación ganadora: Cristina Fernández de Kirchner, más Randazzo y Massa promedian arriba de los cincuenta puntos porcentuales. La conclusión, entonces, se desprende con facilidad: la imposibilidad de consolidar una nueva mayoría se debe a la vanidad y al egoísmo dirigencial. Los votos peronistas están ahí, desperdigados y sólo falta un nombre que los aglutine. La aritmética choca, sin embargo, con la política. Los votos de estos espacios sólo se podrían aunar en un impreciso zurcido electoral que se desgajaría al poco ruedo y que probablemente no lograría obtener la totalidad de votos que la suma estadística pronostica. El problema, más que dirigencial, es de representación. ¿Qué posibilidades hay de lograr una nueva mayoría representando los “intereses reales” de cada uno de los ciudadanos y las ciudadanas? Aparecen, al menos, dos límites: uno de orden hermenéutico; el otro, al nivel del proyecto. El límite hermenéutico está dado por la ontología que el neoliberalismo funda y que a la vez opera como propio sostén. La victoria de Cambiemos y su agenda ha sido presentada a lo largo de estos dieciocho meses por el gobierno nacional como una política del sinceramiento: se transparenta el estado del Estado, se hace lo que hay que hacer, las decisiones políticas se toman con las manos atadas, no hay margen de libertad ni de creación. Bajo la ficción del control de precios, los subsidios y las tasas aduaneras de Moreno, De Vido y Kicillof, se encuentra la realidad de que la forma más eficiente de administración del Estado es la gerencial. Por lo tanto, si la lectura misma de la realidad es objeto de disputa, la representación sin más de los intereses reales resulta problemática y requiere de una mediación más compleja. El segundo límite que aparece, decíamos, refiere al nivel del proyecto:¿Qué clase de interpelación y enamoramiento produce el llamado a lo instintivo, a lo bajo, al bolsillo? Si bien tiene  la ventaja de enfriar la sobrecargada discusión respecto a la década kirchnerista y delinear una nueva identidad compuesta por aquellos que quedan afuera del país de Cambiemos, la preferencia electoral vía economía doméstica no parece ser lo suficientemente punzante frente al cóctel servido en frasco de recortes, represión, aerial yoga y cosmopolitismo que es Cambiemos. Máxime porque aún permanecen “vacantes” una serie de problemáticas sociales y públicas que no aparecieron de manera explícita y clara en las campañas electorales de ninguna de las principales fuerzas políticas: la agenda de género, las problemáticas ambientales, el surgimiento de nuevos actores en la economía popular o la soberanía sobre recursos estratégicos como los minerales y la energía, por nombrar sólo algunas. Estas problemáticas, vale decirlo, estuvieron siempre en el “debe” de la dimensión ideal de los gobiernos Kirchner, pero el posibilismo –motivos más, motivos menos- permitió dejarlas de lado. Hoy, siendo oposición, Unidad Ciudadana parece incapaz de prometer algo más de lo que fue el periodo 2003-2015: por momentos, incluso, parece prometer ser menos que eso.

El llamamiento al voto con el bolsillo revela una mundanidad en la que resulta difícil elevar la mirada más allá de las facturas de luz y de gas o remontar la imaginación por encima de la heladera. La estrategia muestra una composición política en la que hay presente, sobra pasado pero falta futuro. Incluso el eslogan “Cambiemos”, hace dos años atrás, permitía realizar un pequeño ejercicio de imaginación política: aquello que exigía ser cambiado quedaba sujeto a la representación y a las preferencias del elector o la electora. Si aquella campaña se situaba en el nivel más alto de la escala de abstracción –el cambio, sin ninguna precisión mayor-, la de Unidad Ciudadana encuentra dificultades para abstraerse y proyectarse por encima de las problemáticas más inmediatas y acuciantes. Aún así, con la campaña recién en su primera parada técnica, el espacio conducido por la ex presidenta es el más adecuado para generar y representar una nueva mayoría: cuenta con votos –entre ellos, los de “La Tercera”, sección electoral que alcanzó, definitivamente, magnitud mítica-, con una lista de legisladores y legisladoras novedosa, con una capacidad de adaptación de la que ya ha dado sobrada cuenta y, sobre todo, con una potencia que aún no ha explotado. El desafío, entonces, es superar el tope con el que se encuentra al hablar únicamente en nombre de lo bajo, de lo instintivo, de la carne: una identidad política que se dirija a realizar un proyecto de país. El freno al ajuste debe llevarse adelante garantizando, por supuesto, una vigilia cómoda, pero también proponiendo un sueño.