El ¿nuevo? tiempo de la política – Octavio Majul Conte

El tiempo de la política parece jugarse todo el tiempo en el presente. Candidatos que de un día para el otro cambian de vereda, héroes nacionales presidenciables que pasan a un cuarto plano –pienso en el caso de Cobos “el prócer”–, candidatas que no llegan a un 5% y luego trepan el 50%, etc. Si la política tiene una temporalidad propia, que hace falible a toda predicción, no menos cierto es que cada fuerza política que aspira a ser un proyecto en serio intenta, a su vez, dotar a la política de una nueva temporalidad. Movilización de expectativas, utopías del porvenir, alejamiento de un pasado negado, son todas dimensiones que refieren a una temporalidad determinada. Este tipo de temporalidad es -por decirlo de alguna manera- más profunda que la anterior. Podríamos decir que esas modificaciones del presente se movilizan siempre dentro de un marco temporal que le subyace.

A partir del 2001 y cristalizándose en el 2003, se inició un nuevo régimen temporal en la Argentina, cuya especificidad era el corte frente al pasado de los 90’ -así como ésta década se construyó sobre el fantasma del tiempo de la hiperinflación. Todos esos movimientos en el “puro presente”, a partir del 2003, se caracterizaban por una cosa: no ser el menemismo, no ser aquello del pasado. Es en este sentido que la temporalidad que Kirchner-acompañado discursivamente por Carrió, Lopez Murphy, entre otros- impuso a la Argentina, determinó esa otra temporalidad del puro presente. Cualquier modificación de los actores políticos ocurría dentro de un esquema temporal que marcaba una ruptura con los causantes del 2001. El macrismo, en la medida que apunta a constituirse como proyecto de país, desde el primer minuto que llegó al gobierno insistió en el carácter novedoso del tiempo presente y futuro, en ruptura con un tiempo pasado. Claro está que el intento de imponer una nueva temporalidad larga a la política no es idéntico a su éxito. Con esto en mente hay que analizar, también, las elecciones pasadas y las inmediatamente futuras.

Al igual que Néstor Kirchner en  2003, el discurso de Mauricio Macri y de todo el gobierno de Cambiemos intenta introducir una dimensión temporal en la política partidaria. No solo  dice inaugurar una nueva época en la política (en el modo de su ejercicio como en el fin al que apunta) sino que a su vez señala aquellos actores políticos que encarnan el pasado y aquellos otros a la altura del tiempo nuevo. A ese presente puro de la política le sobreimprime, o intenta sobreimprimir, otra temporalidad. Como dijimos tanto en las presidenciales de 2003 como en la del 2015 tuvieron lugar un cruce de temporalidades y diferentes proyectos de tiempo. Por decirlo de manera cruda Menem tenía un 24, 45% de presente, pero de un presente no compatible, no reactualizable -a nivel nacional- con una gran parte, por no decir la totalidad, del porcentaje restante. Tanto Kirchner, como Lopez Murphy y Carrió apuntaban a una temporalidad diferente, marcaban el carácter novedoso de lo porvenir y la imposibilidad de compatibilizar el fenómeno Menem con ello.  Es por ello que aun obteniendo un cuarto de los votos a nivel nacional, Menem fue confinado al pasado. Su presente no era del mismo tiempo que el presente de Kirchner, Lopez Murphy y Carrió, no podían convivir juntos. De ahí que acontezca un choque de temporalidades. A partir de ahí esa temporalidad profunda determinó que aquello que oliera a viejo, a menemismo, no fuera rentable.

En la elección de 2015, y más aún tras su triunfo, Macri buscó realizar lo mismo con el kirchnerismo. Anunció la llegada de un tiempo nuevo y asignó a los actores políticos un lugar en la nueva temporalidad. A diferencia de 2003, el reñido ballotage puso en duda la apertura, o no, de una nueva temporalidad  en la Argentina. De 2015 a 2017 se anunció y reanunció tanto la muerte como la supervivencia del fenómeno kirchnerista. La disputa por los proyectos temporales se pospuso hasta las legislativas de 2017, donde la candidatura de Cristina Fernández no hizo más que confirmar el choque de tiempos.

Tras las P.A.S.O. el resultado de la disputa de temporalidades parece no ser claro. El kirchnerismo esperaba una contundente victoria de Cristina para confirma su presente y futuro, para confirmarse en tanto que kirchnerismo (aquello que fue de 2003 hasta 2015) y eso no sucedió. Sin embargo, el 34% obtenido, la victoria en algunas provincias, tampoco permite hacer del kirchnerismo fácilmente un fenómeno del pasado. Hace dos años, cuanto menos, que la temporalidad profunda de la política Argentina está sin definición. La fuerza del kirchnerismo imposibilita reducirlo a una pieza de análisis histórico. Pero no está claro si esa fuerza no es solo un eco de la anterior, a la cual solo le queda repetirse cada vez más débilmente. Llegados hasta aquí, hay que repetir el hit del inverno argentino: el escenario futuro depende de cómo se resuelva la partición del espacio peronista.

Una lectura desde el puro presente diría que el 5,90% de Randazzo como el 15,53% de Massa los dejan lejos de las expectativas de ser una alternativa fuerte al gobierno de Macri. Frente al 34% de Cristina, parecerían no haber dudas que, de existir una unidad peronista, esta debería estar encabezada por el kirchnerismo. Ahora bien, como dijimos en el comienzo, la política no es solo presente. En el contexto de una disputa por la confirmación de una nueva temporalidad en la política argentina las negociaciones se complejizan. Digamos que si el 5,90% de Randazzo y el 15,53% de Massa valen en ambas temporalidades, en la antigua  pero no superada kirchnerista y en la futura pero incipientemente presente macrista, el 34% de Cristina pierde validez de imponerse la temporalidad de Cambiemos. Las declaraciones de algunos gobernadores peronistas -pienso en Schiaretti, Urtubey o Peppo-, como las de Massa y Randazzo parecen aceptar la novedad del tiempo macrista. Hacen de Cristina, y sino del fenómeno kirchnerista en su totalidad, algo del pasado, digno de un museo, pero pasado al fin. Es que de confirmarse el proyecto temporal macrista atarse al kirchnerismo significaría atarse al pasado: una muerte política. Es decir, no podemos pensar sencillamente que porque Massa y Randazzo tienen menos votos en el presente deben subordinarse a Cristina. Porque hay un costo a pagar que excede el presente y se vincula al hecho de permanecer como actor legítimo en un contexto donde el kircherismo podría dejar de ser una opción legítima, como sucedió con el menemismo en 2003.

Con todo esto dicho solo queda marcar una serie de preguntas y desafíos para un proyecto alternativo al gobierno macrista. Si la continuidad en el tiempo del peronismo exige la depuración de su elemento kirchnerista, y por lo tanto su sector más a la izquierda, ¿vale la pena dicha continuidad para quienes buscan un proyecto de izquierda en la Argentina? Si el 34% de Cristina, como se dice, no alcanza, ¿cómo garantizar la supervivencia del kirchnerismo? Si antes de las P.A.S.O. el peronismo no kirchnerista parecía haberse subido el precio, es necesario recordar que su moneda vale en ambos tiempos. El gran desafío que tiene el kirchnerismo, y que desbarataría gran parte de la construcción macrista, es demostrar su continuidad como actor político. Para esto, debe poder al mismo tiempo marcar una línea de continuidad respecto a lo hecho como alguna diferencia respecto al pasado. En este sentido la recurrencia de promesas con referencia la pasado -como la de recuperar lo antes conquistado- pueden olvidar que sin un proyecto temporal que apunte al futuro, será difícil acercar a los no propios. Con una sociedad girada a la derecha, la salida parece ser o la radicalización del ala de izquierda o un aggiornamento a la actualidad. La pregunta es si vale más una izquierda que no existe o una movida unos pasos hacia el otro lado. Demostrar que no solo se es lo que se fue, que el kirchnerismo puede ser un actor político legítimo del tiempo, representaría una victoria más que importante. De allí que el precio de extenderse más allá de sí mismo va a ser siempre más barato que perder la legitimidad de la moneda.