Política: ni buenos ni malos – Fabricio E. Castro

La política es una de las actividades humanas menos reconocidas y, a la vez, una de las más importantes. A través de ella se dirigen los destinos de naciones con millones de habitantes. Casi nadie valora positivamente a la política porque su ejercicio es constantemente desacreditado. La política es igual a “los políticos” y los políticos son iguales a corrupción, hipocresía y traición. Es más, incluso está bien visto ser ajeno a ella. Quien se afirma anti-político se enorgullece de esa afirmación porque, para este punto de vista, política es igual a inmoralidad. Pero sucede que la política no tiene y es lógico que no tenga, relación inmediata con la moral (subrayamos “inmediata”). Bueno y malo no entran en la esencia de lo político. Le pedimos al lector que no se alarme por lo dicho. Trate de llegar al final, para recién ahí sacar sus conclusiones. El asunto es que si así suele considerarse a la política, ¿Ocurre lo mismo en otros ámbitos de la vida social?

En el terreno de la economía tampoco existen lo bueno y lo malo. No hay distinción moral posible porque lo relacionado con la producción, con la compra-venta y con cualquier actividad de esta índole no se categoriza bajo estos supuestos. Si un empresario despide a la mitad de su personal porque su ganancia disminuyó en un cincuenta por ciento nadie diría que ese empresario es malo. La economía se rige por el criterio de lo rentable y de lo no rentable. Esa es la vara para medirla. Si me es rentable, si estoy satisfecho con mis ingresos entonces esa actividad es exitosa para mí en términos económicos. Por eso ningún empresario industrial, exportador o comerciante responde “con el corazón” cuando le hablan del bolsillo. Simplemente no es su lógica y no hay modo de que lo sea porque, si se quiere, para él lo bueno es lo rentable. Pensemos en otro ejemplo, tomado del ámbito de lo estético. Ya sea que hablemos de una obra de arte, de un libro de ficción o de una película, éstas solo pueden ser o estéticamente lindas o estéticamente feas. Para la estética lo importante es lo bello y la belleza no tiene nada que ver con la moral. Cuando decimos que una película es “buena” sabemos que nos referimos sólo al atributo belleza

Así como lo económico es lo rentable y lo estético lo bello, lo propio de la política es el poder. Política y poder son indisociables a tal punto que no puede pensarse a la una sin la otra. Cuando nos referimos al poder, entendemos por ello una capacidad determinada para influir, orientar, convencer a los demás y decidir, en el mejor de los casos, la dirección determinante de la vida pública. El poder obliga pero también persuade, obtiene obediencia. El otro, el que obedece, legitima la acción del líder o de la institución por diversos motivos. Por ejemplo: obedecemos al funcionario estatal porque creemos en la legalidad de su autoridad. Lo importante es aclarar que esta forma de obrar no es perversa. Obrar con-para el poder es propio de los seres humanos. Quienes así actúan lo hacen para ver realizado lo que consideran conveniente y sensato para la comunidad en la que viven.

Que la esfera económica necesite de la rentabilidad para existir, no quiere decir que el poder económico permanezca ajeno a las reglas del poder propias de la política. Lo común es más bien lo contrario: que un grupo económico cualquiera influya sobre la opinión pública o presione sobre los funcionarios estatales para instituir aquellos principios de regulación que son de su conveniencia. Cuando hace eso, hace política. Cuando se dedica a la producción, hace economía. En cuanto al segundo ejemplo, el de la esfera estética, en principio parece más difícil ver la relación. Puede pensarse, tal vez, en cualquier obra de arte que exprese un determinado punto de vista en relación a la comunidad. Siempre y cuando no pierda de vista el factor belleza, la estética también puede acercarse a la actividad política.

Ahora bien, todos en la política incurren en prácticas de poder para que su visión acerca de lo correcto y lo incorrecto se imponga respecto de otras formas de considerar el mundo. Recién aquí entran los criterios de lo bueno y lo malo (Recuerde lo que dijimos: la política no tiene una relación inmediata con la moral).

Si quiero intervenir en la vida colectiva de mi sociedad, me veré obligado a persuadir a otros para que apoyen mis ideas, a apropiarme, en tanto partido político, institución, líder, organización social etc., de los recursos necesarios para influir en la mayor cantidad de personas posible. Me veré forzado a defender mis intereses tejiendo alianzas porque mientras más somos más poder ejercemos. Y mientras más dinero, medios de difusión y partidarios me apoyen, más posibilidades tendré de ver realizado mi proyecto de país.

Complejicemos un poco más. No siempre es posible realizar al cien por cien mis ideas porque choco contra la realidad efectiva. Por eso, el gran arte de quien actúa políticamente es darse cuenta de “hasta donde” puede hacer concreto lo que desea porque lo real no depende solo de la voluntad política propia. Hay muchos otros actuando de la misma manera. La política es una incesante lucha de poder por ver realizadas mis ideas de acuerdo con el alcance de mis posibilidades. Al respecto, una aclaración muy importante: esto no quiere decir que la lucha descripta avasallase la conducta moral, el respeto hacia mis pares o la buena convivencia social. En el mundo democrático-liberal actual, el poder tiene límites. Dentro de esa frontera demarcada por reglas de juego, normas éticas y costumbres aceptadas, el poder-la política funciona sin parar y a veces, hasta en el borde mismo de lo admitido socialmente.

Dos aspectos entonces, importantísimos en política, 1) ideas-concepción general del mundo y 2) análisis de las circunstancias y los alcances reales para llevarlas a cabo. En definitiva, equilibrio entre deseo y realidad. El instrumento y el motor central de la política es, de nuevo, el poder, aquel sin el cual la política no tiene nada para hacer.

Por último, habrá quien argumente que la política es consenso, que no hay tal cosa como poder, sino más bien un dialogo en el cual las distintas partes llegan a un punto medio conveniente. Esta es una verdad a medias, sencillamente porque siempre hay una parte con la que no se dialoga. Siempre existen puntos indiscutibles. Un Estado puede ser más o menos proteccionista, pero si mi grupo político considera inadmisible un estado neoliberal, la parte dialogada se acota en función de esa exclusión.

Concluyamos diciendo que el poder nutre a lo político, es su alimento. Debe reivindicarse la actividad de la política ahora que conocemos su lógica específica, practicada por toda sociedad en todo tiempo y lugar. El poder, al que debemos valorar como una gran herramienta de transformación del mundo, constituye la palabra básica de todo lenguaje político y la llave de interpretación de la acción cotidiana de sus actores.  Por lo tanto, cuando piense en política, piense en poder.

 

*Fabricio Ezequiel Castro es politólogo de la Universidad de Buenos Aires. Trabaja como Becario doctoral del CONICET y es docente universitario.