¿Qué es el populismo? – Julian Villani

Si hay algo que podemos sostener, de un modo más o menos general, es que, en el análisis contemporáneo de la política, el término populismo es uno de los conceptos más ampliamente usado y más vagamente utilizado. Se podrán objetar dos cosas frente a esto: 1) Se dirá que hay una relación necesaria entre estas dos situaciones; es decir, cuanto más factible sea utilizar un mismo concepto para referirse a distintos fenómenos políticos o sociales, tanto más difícil será dar cuenta del significado preciso de ese universo de cosas que se pretende definir; y 2) El populismo no es el único concepto, dentro de lo que podríamos llamar el lenguaje de la política, que tiene estas características, dado que de términos como republicanismo, liberalismo, democracia, gobierno y demás vocablos vinculados a la organización política de una comunidad, difícilmente pueda decirse que tienen un significado univoco y transparente.

Sin embargo, parece que todos sabemos –al menos intuitivamente- qué se quiere decir cuando se califica de “populista” a una ideología, a un gobierno, o a un político. Para simplificar bastante la cuestión y comenzar de algún modo, podríamos ver dos sentidos enfrentados, bastante recurrentes en el debate actual, sobre el populismo: uno positivo, y uno negativo. Con respecto a estas interpretaciones, basta con realizar una rápida lectura de cualquier columna, noticia o editorial sobre la actualidad, local o internacional, para encontrar rápidamente al populismo como aquél término que sirve, como mínima, para calificar de demagogo, xenófobo o chauvinista a un político; de “cortoplacista”, anti-republicano y falto de planificación a un gobierno, o de falto de reglas y procedimientos transparentes a un régimen político. Pero, al mismo tiempo y en contraposición, el término puede ser encontrado otro sentido: como aquél que permite destacar el liderazgo, carisma y patriotismo de un líder político; como el adjetivo que describe a un gobierno dispuesto a adaptarse a los cambios que tiene cualquier voluntad popular democrática en torno a la defensa de la soberanía estatal, y que, además, refiere a un régimen democrático más preocupado por la realización efectiva de derechos, que por el cumplimiento irrestricto de un determinado manual de procedimiento legal.

Así presentado, es bastante frecuente que circule una idea del populismo como aquel fenómeno político que se enfrenta con el statu-quo, con el orden vigente de cosas que existe en una sociedad y en sus instituciones. En el uso que habitualmente se le da, populista sería toda intervención en el espacio público que se hace apelando al nombre del pueblo o en defensa de sus intereses y demandas, que encuentra como adversario a una cierta élite privilegiada que rehúsa cualquier tipo de cambio político, generando una división –más o menos difusa- entre un “ellos” y un “nosotros”. Por lo tanto, los procesos formales para la toma de decisiones en los regímenes políticos existentes son vistos con desconfianza, como obstáculos que no hacen más que perpetuar los privilegios de la élite. Esos procesos formales pueden ser cualquiera de las múltiples instituciones de la democracia liberal, esto es, la representación, los procedimientos vinculados a la sanción de leyes, los procesos judiciales, etc., lo que muchas veces lleva el debate político a una cuestión de enfrentamiento entre los “populistas” que amenazan la institucionalidad y los “republicanos” que la defienden.

La oposición que existe entre populismo e instituciones y que está presente en casi todos los usos que se hacen del concepto en cuestión, tiene una vinculación con la historia de su aparición en el espacio público. Debemos señalar, en primer lugar, que el término emerge en el mundo académico. Es decir, no se trata de un término corriente o de una expresión de uso común que, luego, es precisada en, lo que podríamos llamar, términos científicos. El recorrido es inverso. En el caso argentino, las primeras teorizaciones sobre populismo, de mediados del siglo XX, caracterizaban –para decirlo de forma muy simplificada- al fenómeno como propio y característico de países en vías de desarrollo: el populismo era la respuesta de determinados países que no contaban con el desarrollo institucional apropiado para hacer frente a la irrupción de las masas en la vida pública, causada por los efectos de la incipiente industrialización. Esa irrupción conformaba un escenario social novedoso, en la medida que comenzaban a surgir toda una serie de demandas de nuevos sectores y grupos incorporados a la vida pública. Luego, las interpretaciones del populismo hicieron hincapié en las alianzas de clase, entre diversos sectores del movimiento obrero y la burocracia estatal, que le daban sustento y que eran producto de determinado momento histórico particular. El populismo sería, en esta línea, la consecuencia de la inserción política y económica de los sectores populares excluidos de la alianza de gobierno de la primera industrialización de los años 30, que luego son incorporados en la década siguiente. Como se ve, de modo incipiente, en los primeros usos del término, la relación de oposición entre instituciones –lo instituido-, y populismo –aquello que amenaza el orden- ya está, por lo menos, insinuada. Sobre la causa de la incapacidad, por la razón que fuere, que tienen las instituciones para hacer frente a determinadas demandas, más allá de algunas interpretaciones que se inscriben en las tradiciones políticas latinoamericanas, es claro que cualquier indagación al respecto debe detenerse en las particularidades propias del contexto político y social de cada caso.

Es posible, no obstante, conceptualizar el problema de un modo distinto. Esto es, admitir que la cuestión no necesariamente se reduce a gobiernos populistas anti-institucionalistas en contraposición a gobiernos respetuosos de la institucionalidad –republicanos- no populistas. El primer paso sería romper la suposición de que toda defensa de las instituciones constituye un valor en si mismo. Habría que preguntarse qué tipo de instituciones se defienden y sostienen, y qué tipo de efecto producen en la comunidad política. El segundo paso lo constituye un examen crítico del tipo de institucionalidad que generan tanto “republicanos” como “populistas”. Esto también implica abandonar la idea de que el populismo destruye o amenaza la institucionalidad, y el republicanismo solo la conserva. Basta con recordar algunas formas del republicanismo para mostrar que una misma tradición política puede producir instituciones muy distintas: una república oligárquica/conservadora cuyas instituciones sirven para garantizar privilegios de nobles y patricios, o una república popular cuyas instituciones son la garantía de la participación efectiva de las mayorías en el gobierno. Es más, instituciones con un alto componente democrático también han sido resultado de gobiernos caracterizados como populistas, como el voto femenino en Argentina de 1947.En este sentido, quizá la relación que haya que establecer no sea entre populismo e instituciones, o entre populismo y republicanismo, sino entre instituciones y democracia. Uno podría pensar que es la propia naturaleza dinámica y problemática de la democracia la que siempre amenaza cualquier institución social.

Por otra parte, también hay que detenerse brevemente en otra figura recurrente en la discusión sobre populismo: el líder. Dentro de algunos de los argumentos que sostienen la importancia del líder en toda configuración populista, conviene destacar aquél que insiste en su función “totalizadora” de las distintas y variadas demandas que existen y que pueden unificarse bajo una misma consigna, bandera, o movimiento, gracias a su figura. El argumento es que sin un liderazgo que dirija y represente la voluntad popular, la voluntad popular misma desaparece como tal. Aquí se discuten, nuevamente, distintas formas de ver el problema. Si el líder puede ser considerado la condición misma para la existencia de una verdadera institucionalidad democrática, la idea de que el populismo se presenta como enemigo de las instituciones en sí mismas, se hace más difícil de sostener.

Para sintetizar, podríamos decir que el populismo, finalmente, parece tener que ver con todos -o algunos- de esos rasgos mencionados. Dijimos que suele existir una división o fractura en el campo social en dos lugares antagónicos: ellos y nosotros, pueblo y antipueblo, ciudadanos y extranjeros, etc. Las figuras o nombres que esa división puede asumir son múltiples y variadas, pero quizá es posible identificar su origen en el hecho de que existe una determinada cantidad de demandas no satisfechas por las instituciones. El contenido de esas demandas, en sí mismas, no es relevante en este sentido, pues lo que puede dar lugar a una política o movimiento populista es la propia existencia de demandas que el sistema –por incapacidad, inacción, falta de recursos, o lo que fuese- no absorbe por los canales formales. Sobre esas demandas y sobre la promesa de una restitución futura puede aparecer un discurso populista que, por lo general, es sostenido por un fuerte liderazgo político, sin que esto se traduzca necesariamente en un discurso anti-instituciones o que exija una acción colectiva que se haga en los bordes de la autoridad política. Ejemplo de esto es el caso argentino, donde el kirchnerismo, lejos de plantearse por “afuera” –o en contra- del Estado, proclamó su vuelta y su fortalecimiento como condición necesaria para satisfacer demandas populares y realizar derechos largamente pendientes.