Por un populismo ¿de izquierda?

Reflexiones entre el populismo y la emancipación a partir de la obra más reciente de Chantal Mouffe.

 

A lo largo de su vasta producción teórica, Chantal Mouffe, algunas ocasiones en compañía de Ernesto Laclau, algunas en soledad, ha escrito reiteradamente acerca de la necesidad de radicalizar la democracia. Fue en Hegemonía y Estrategia Socialista (1985) donde ambos expresaron por primera vez una doble propuesta: la invitación a reflexionar en torno a los regímenes democráticos y las demandas populares por un lado, así como el llamado a las izquierdas europeas a redefinir su proyecto socialista en términos de una democracia “radical y plural” y a entablar una praxis política consecuente, por el otro.

Más de treinta años después, y una vez más, la apuesta se renueva en Por un Populismo de Izquierda (2018), donde el contexto político y social actual es caracterizado como un “momento populista” determinado por el surgimiento de grupos y movimientos críticos al neoliberalismo hegemónico. Lo que se abre, dice Mouffe, es la posibilidad de quebrar el régimen neoliberal, la cual está siendo disputada tanto por la izquierda como por la derecha y es menester de la primera aprovecharla si pretende entablar una práctica política emancipatoria, que deberá tomar la forma de una estrategia populista de izquierda. Ahora, el objetivo no sólo es el de radicalizar la democracia, sino el de recuperarla: este contexto también es definido en términos de “post democrático” para indicar la mera supervivencia de un componente liberal comprendido por elecciones periódicas libres y por la defensa de los derechos humanos a la par de la preocupante erosión de los valores democráticos de igualdad y soberanía popular. Esto es consecuencia de dos fenómenos complementarios: en primer lugar lo que Mouffe llama “post-política”. La arena política hoy se encuentra restringida, la frontera entre la izquierda y la derecha se ha desdibujado, por lo que las opciones presentes en el acto electoral tienen pocas diferencias. Los partidos de “centro-izquierda” y “centro-derecha” sólo se configuran como alternativas formales. En segundo lugar, el desarrollo de la “oligarquización” de las sociedades occidentales europeas a partir de la gran expansión del capital financiero a expensas de la economía productiva, lo que ha causado un importante incremento de las desigualdades en los últimos años.

05-12-18. Por-un-populismo-de-izquierda

Frente a este escenario, ¿qué hacer? Si en los ochenta la teórica hablaba de “democracia radical y plural” y a partir de los noventa de “democracia agonista”, ahora retomará la categoría populismo para adaptarla a su propuesta teórica definiéndola a partir de La razón populista de Laclau (2005). Populismo, dice Laclau, es una estrategia discursiva a partir de la cual se construye una frontera política que divide a la sociedad en dos campos y que llama a la movilización de los oprimidos contra aquellos en el poder. No es una ideología y no se le puede atribuir un contenido programático específico. Tampoco es un régimen político. Es un modo de hacer política que puede tomar varias formas ideológicas según el tiempo y el espacio y que es compatible con distintas formas institucionales. Un “momento populista” es aquel en el que, bajo la presión de transformaciones políticas y socioeconómicas, la hegemonía dominante está siendo desestabilizada por la multiplicación de demandas insatisfechas, lo que presenta la oportunidad para el surgimiento de una nueva construcción hegemónica, de un nuevo bloque de poder, en términos gramscianos.

La adjetivación “de izquierda” está justificada a partir de dos premisas: primero, calificar la estrategia populista “de izquierda”, cree Mouffe, es lo que posibilitará, más que otros términos, oponer dos polos con claridad. Segundo, por el contenido, por la identidad del sujeto pueblo a ser construido y demarcado de su contraparte antagónica: la oligarquía. Es necesario establecer una cadena de equivalencias entre las demandas del trabajo, los inmigrantes, la clase media precaria y otras demandas democráticas, como las propias de la comunidad LGBT, el movimiento de mujeres, el ecologismo, las personas racializadas, etc. Siguiendo el argumento de la autora, es a partir de una articulación de estas características, en la cual cada elemento de la cadena esté dispuesto a ceder rasgos particulares en pos de una construcción colectiva, que será posible la creación de una nueva hegemonía que permita radicalizar la democracia. Y esta radicalización comprende una dimensión de consenso y una de conflicto. El consenso será respecto de los valores éticos-políticos que constituyen la base de la democracia, así como las instituciones en las que están cristalizados; el conflicto deberá estar expresado en un enfrentamiento agonal, es decir, en relaciones entre adversarios en el marco de esos principios.

En la vereda opuesta, aparece la amenaza de los populismos de derecha, los que a partir de una retórica ultranacionalista y xenófoba intentan construir un pueblo compuesto mayoritariamente por sectores asalariados de las clases medias blancas, expulsando a los inmigrantes, a los lúmpenes, a quienes se supone -desde su propia retórica- viven de las contribuciones de los ciudadanos de origen. No sólo esta estrategia excluye numerosas categorías, sino que tampoco abordan la demanda por la igualdad ni son necesariamente contrarios al neoliberalismo.

La propuesta nos presenta varios aspectos atractivos. Desde una perspectiva antiesencialista, teniendo en cuenta las distintas posiciones de sujeto que intersectan a los individuos y configurando grupos cuya identidad es siempre precaria, inacabada, contingente, Mouffe observa atinadamente las luchas por el reconocimiento surgidas en el siglo XX y la necesidad de articularlas con la demanda propia de clase. Ya no será posible hablar de “los trabajadores” como universal o como clase destinada a llevar a cabo una gesta revolucionaria dejando por fuera identidades oprimidas por causas sexo-genéricas o raciales, por ejemplo. También es evidente su entendimiento de la noción de igualdad como un deber ser de los regímenes democráticos y la necesidad de avanzar progresivamente hacia mayores niveles igualitarios en términos distributivos. Sin embargo, las limitaciones y contradicciones de su argumentación aparecen igualmente claras.

Aún más recurrentes que sus pretensiones igualitarias son sus apelaciones a la necesidad de salvaguardar las libertades individuales y las instituciones capaces de protegerlas. Una “democracia radical y plural” no implica una refundación total, un nuevo régimen, sino una radicalización de las instituciones democráticas existentes para que los principios de libertad e igualdad se expandan a una serie de relaciones sociales en aumento. Es continuando y radicalizando el camino iniciado por la Revolución Francesa que la autora cree posible luchar en contra de las distintas formas de explotación. La pregunta inevitable es, entonces, ¿qué implica radicalizar las instituciones? ¿Cuáles son las transformaciones concretas en el diseño institucional de las democracias liberales que permitirían efectivamente avanzar hacia condiciones de vida más igualitarias? Es en este punto donde la ambigüedad invade el texto. Si bien es claro el modo de articulación de movimientos sociales en el plano de la sociedad civil, no encontramos referencias sobre un qué hacer en el nivel de las instituciones del Estado. Y si, siguiendo el razonamiento posmarxista de Mouffe, no podemos hablar de una determinación necesaria de la sociedad civil sobre la superestructura jurídico-política, se sigue que es necesario llevar a cabo modificaciones en el plano estatal. La autora, por otro lado, sí es clara respecto de lo que no hacer: crítica de la propuesta de Michael Hardt y Antonio Negri, mira con recelo la posibilidad de avanzar hacia mecanismos de democracia directa y decide sostener firmemente la defensa de la democracia representativa.

Simultáneamente, a pesar de la precisión de su planteo en términos formales, el modo de articulación se vuelve incierto cuando pensamos en su correlato material. ¿Cómo pueden confluir demandas tan heterogéneas a partir de una pura lógica de la equivalencia? A pesar del carácter contingente del enlace entre las distintas luchas, rechazar todo intento de jerarquizarlas comprende una apuesta ficcional que se torna problemática en el momento de observar formas de organización política concretas. Mouffe parece evidenciar esto, cuando da cuenta del elemento anticapitalista de una estrategia populista de izquierda, cuya presencia se justifica porque muchas de las formas de dominación que han de ser desafiadas son consecuencias del capitalismo. Sin embargo, esta mención al pasar introduce una contradicción entre la lucha contra las relaciones de producción capitalistas y la defensa de las instituciones liberales. Contradicción que la autora intenta salvar diferenciándolos y manteniendo que ambos convergen empírica pero contingentemente y esbozando la posibilidad de articular el liberalismo político con otros modos de producción. Lo que aquí está ausente es una teorización sobre el Estado moderno y sobre su relación con el modo de producción capitalista, lo que presenta una importante vacancia en su argumento: si no nos preguntamos al menos, si (y de qué modo) el Estado co-constituye y garantiza las relaciones de producción capitalistas, nos será imposible pensar en la lucha por transformar el modo de producción.

En realidad, Mouffe propone un proyecto reformista, que llama “radical” para diferenciarlo del “reformismo estéril” de los liberales, pero la distinción pareciera tener un status teórico difícilmente trasladable en términos prácticos, donde no se encuentran demasiadas diferencias. La justificación de adoptar el camino del reformismo está basada en una apreciación de los nuevos movimientos de protesta europeos (Aganakitsmenoi en Grecia, Indignados en España, Occupy Movement originario de Estados Unidos) quienes, según nuestra autora, no se manifiestan en contra del capitalismo financiero ni reclaman por el socialismo, sino que se manifiestan en contra del establishment y a favor de una “democracia real”. Nuevamente surgen las preguntas: ¿Cómo puede convivir una “democracia real” con el mismo modo de producción y las mismas instituciones realmente existentes? Y, además, ¿cómo es posible escindir el establishment del concepto de dominación de clase? ¿Qué característica tiene lo establecido si no una, entre otras, relativa a la explotación capitalista?

Finalmente, dijimos al principio que el objetivo de esta apuesta era el de “recuperar la democracia”, perdida como resultado del proceso neoliberal instalado hegemónicamente a partir de los años ‘70, con los gobiernos de Thatcher en el Reino Unido, Reagan en Estados Unidos y el menos mencionado -pero más cruento- Chile de Pinochet. El término recuperar hace alusión necesariamente a un estadio previo. ¿A dónde quiere regresar Mouffe? ¿Son los años dorados del capitalismo de la segunda posguerra el único horizonte al que podemos aspirar? ¿Es esta estrategia populista “de izquierda” un simple medio para instalar una nueva socialdemocracia?

Reconocer la compleja relación entre Estado moderno, democracia liberal y modo de producción capitalista -conflictiva, contingente y contradictoria- no implica ni perder de vista demandas de otro tipo (que, por otra parte, también pueden ser concebidas en términos de dominación estructural) ni abandonar la expectativa de una organización colectiva amplia. Al contrario, significa desarrollar una articulación de estas características pero sin resignar transformaciones de fondo, indispensables para concebir la idea (y praxis) emancipatoria.

Debemos permitirnos pensar en una articulación de luchas en contra de distintos modos de explotación que posibilite ir más allá de los marcos institucionales que una y otra vez prueban ser un límite para la acción política. Los populismos de derecha y los movimientos xenófobos europeos considerados por Chantal Mouffe como el más grave peligro para las sociedades contemporáneas no son los únicos riesgos que amenazan a los pueblos; es la propia democracia representativa y sus instituciones las que posibilitan la consolidación de sistemas neoliberales con un componente autoritario, no sólo en Europa, sino también en nuestra región (en la que el caso brasileño se ha vuelto ya paradigmático).

Chantal Mouffe entiende el populismo como un momento de un proceso político y social más amplio. Ese momento, tal vez necesario, debe ser una estrategia que deje paso a otro momento superador. No es suficiente para la satisfacción de las luchas por la emancipación que este momento resultante sea simplemente posneoliberal, sino que una estrategia populista de izquierda debe estar al servicio de un momento diferente, poscapitalista, para lo que debe ser capaz de captar las naturalezas de las democracias contemporáneas y proponer una praxis que se ajuste a ellas, pero sin abandonar los ánimos de transformación de fondo ni las esperanzas de ver el fin de toda explotación.