¿Qué es el Patriotismo? – Luciano Nosetto

El patriotismo despierta en nuestro tiempo cierta ambivalencia. Digamos para empezar que nuestra formación cívica nos ha imbuido de un sentimiento patriótico, vinculado a los grandes nombres de nuestra historia, a los principios de la república y a los gestos desinteresados de arrojo por el otro. Pero este fervor patriótico queda enrarecido por el recuerdo de la retórica nacionalista de la última dictadura militar, por la convicción democrática de que hay derechos individuales que no deben sacrificarse ante ningún panteón y por una impronta cultural que valora lo singular y lo diverso.

Hablar hoy de la patria genera ambivalencia porque no queda claro si el patriotismo constituye una virtud republicana que debe ser constantemente renovada o un lastre fascista del que nunca terminamos de deshacernos. Esta ambivalencia se deja ordenar con facilidad en el tiempo: el patriotismo parece constituir un valor del pasado, que apuntaló los rudimentos de nuestra formación nacional pero también de nuestra formación escolar. El presente parece exigir valores sobrios, más aptos para el menudeo cotidiano y cordial que debe regir la vida adulta de las naciones y de los individuos. El patriotismo aparece así como un infantilismo.

Algo no muy distinto sostiene Reinhart Koselleck en sus reflexiones sobre el asunto. Koselleck admite que la patria fue durante los siglos precedentes un principio óptimo de organización política, pero advierte que, en un mundo globalizado e integrado, este principio se ha vuelto dudoso. Concluye Koselleck que hoy en día resulta arcaica la exigencia de recuperar una patria, un planteamiento fundamentalista que sigue proliferando en todo el planeta.

Antes de expulsar al patriotismo de nuestro léxico político, confinándolo a los museos y a los actos escolares, deberíamos tener en claro qué es aquello que estamos dejando de lado. Quisiera sostener en esta breve intervención que el patriotismo es un concepto complejo, que alude a tres sentimientos heterogéneos, que se confunden muy fácilmente.

  1. Cuando hablamos de los peligros del patriotismo, lo primero que se nos viene a la mente es la experiencia histórica de los nacionalismos que preludiaron e inflamaron las guerras mundiales. En este sentido, resulta habitual tomar los conceptos de patria y nación como intercambiables y definir al patriotismo como un nacionalismo. Pero bien, ¿Qué es la nación? Veamos.

El concepto moderno de nación surge en el marco de la oposición a los regímenes monárquicos. Contra las pretensiones absolutistas del rey, se afirma la soberanía de la nación. En este sentido, la nación se identifica con la asamblea de todos los individuos que se reúnen para darse un orden político. En el curso de la Revolución francesa, Emmanuel de Sièyes condensa esta idea sosteniendo que la nación es la fuente de todo poder y derecho: es el sujeto del poder constituyente.

La idea de nación será retomada en el siglo XIX y modificada por la tradición romántica. Muchos románticos retoman la idea de que la nación es la fuente de todo, pero resisten la premisa francesa de que esa nación soberana sea una mera colección de individuos sueltos. Más bien, para los románticos, los individuos que forman parte de una nación se reconocen por un conjunto de rasgos espirituales, como la lengua, la cultura o la historia. 

Hacia fines del siglo XIX surgirán también las teorías constructivistas, que postulan que la nacionalidad no depende de datos objetivos y empíricamente observables, sino que se construye de manera algo caprichosa y accidental a lo largo de la historia. En esta construcción de las naciones, se remarca la importancia de diferentes factores, como el desarrollo capitalista (Ernst Gellner), la difusión de la prensa en idiomas nacionales (Benedict Anderson) y la expansión territorial de los movimientos populares (Erik Hobsbawm). Finalmente, la carrera imperialista de los estados europeos y las guerras terminarán intensificando un sentimiento nacionalista de fuerte impronta militarista. En este marco, tendrá lugar la conmutación entre nación y raza, entre nacionalismo y racismo.

¿Qué tiene que ver todo esto con el patriotismo? Si identificamos a la patria con la nación, podemos decir que el patriotismo es el amor a la nación, esto es, el amor a la comunidad a la que pertenecemos, que tiene una historia común y una vida política en común. El amor a la nación es entonces un amor propio, vinculado al sentimiento de orgullo y elevación que produce la gloria nacional y que tiende a incentivar sentimientos hostiles hacia lo extranjero. De este modo, queda definida nuestra primera concepción del patriotismo, asociada al orgullo nacional.

  1. Contra este patriotismo nacionalista se alzan muchísimas protestas. Entre ellas, hay quienes sostienen que hay expresiones del patriotismo que no necesariamente son nacionalistas o belicistas. Algunos autores recuerdan que, mucho antes de que surgieran las ideologías nacionalistas, existía la idea de que el patriotismo es una virtud ciudadana esencial para la defensa de la república. Retomando las elaboraciones del renacimiento, varios pensadores intentan rehabilitar una concepción del patriotismo vinculada a la defensa de la república, esto es, a la defensa de la ley y de las libertades que hacen al viverecivile.

Estas ideas tuvieron su desarrollo en el marco de la postguerra. Son interesantes en este sentido las reflexiones del politólogo de la Alemania federal, Dolf Sternberger. Tras la catástrofe alemana, la ocupación y la posterior división del país en dos bloques, poco espacio encontraban los alemanes para alimentar su nacionalismo. Sin embargo, sostiene Sternberger que en la Alemania federal, el hecho de haberse recuperado de la catástrofe y haberse dado una constitución que garantice el Estado de derecho y los derechos humanos constituye un logro que vale la pena defender y del que vale la pena estar orgullosos. Así surgió la idea de un patriotismo de la constitución, de un sentimiento de orgullo colectivo por las adversidades superadas y por los derechos y libertades conquistados.

Este patriotismo de la constitución ya no es un amor a la nación, sino amor a la república. Y siendo que las banderas republicanas no son privativas de ninguna nación, este patriotismo resultaría menos exclusivista, menos hostil a lo distinto y por ende menos peligroso. Sin embargo, este amor a la libertad republicana también ha dado lugar a derivas ominosas. Es que este patriotismo ha servido para que muchos republicanos se embanderen en la misión de llevar los valores de la libertad y los derechos humanos a todos los pueblos del planeta. Este patriotismo mesiánico está a la base de las guerras postmodernas, conducidas en nombre de los principios democráticos y republicanos, y destinadas a aniquilar a los supuestos enemigos de la humanidad.

  1. Si solo esas fueran las alternativas, las posibilidades del patriotismo se definirían entre la promoción de un belicismo internacionalista embanderado en los principios de la democracia y los derechos humanos; y la reclusión en un nacionalismo defensivo, hostil a los extranjeros. No es muy difícil reconocer en nuestro tiempo la persistencia de estas dos expresiones.

Sin embargo, quisiera postular que nuestra tradición política alberga una tercera concepción de patriotismo que, si bien ha quedado algo eclipsada, nos sigue resultando completamente familiar. Cuando, en la vida cotidiana, decimos que alguien “hizo una patriada”, más que pensar en fusiles o trincheras, en bombas o drones, lo que nos viene a la mente son esas conductas ejemplares de aquellos que hacen un sacrificio desinteresado por sus compatriotas: ayudar a los que menos tienen, asistir a los que están en dificultades, responder ante una catástrofe… Esa idea de patria que está presente en decir popular da testimonio de una concepción del patriotismo que no tiene nada de orgullo nacionalista ni de militarismo republicano.

Simone Weil identificó con claridad este sentimiento patriótico. Weil sostenía la idea de que nadie puede llevar una vida soportable sin echar raíces en una patria. Ella era una pensadora francesa de origen judío, que tuvo que exiliarse en Inglaterra, cuando Francia fue ocupada por los nazis y gran parte del país se acomodó al nuevo estado de situación. ¿Qué tipo de patria podría caberle a ella? ¿Qué podía esperar de Francia cuando terminara la guerra? Weil estaba convencida de que el patriotismo francés ya no podría erigirse sobre el discurso de la gran nación ni sobre los principios de la revolución. Ni el orgullo nacional ni el orgullo patriótico sobrevivirían a la colaboración con el régimen de Hitler. En este contexto, Weil apostaba por otro tipo de patriotismo, que no tiene que ver con el orgullo, sino con la compasión. Decía Weil que la compasión es un sentimiento muy fuerte. El sentimiento de ternura que nos produce la fragilidad de aquellas cosas que sentimos más próximas (la indefensión de los niños, las necesidades de nuestros prójimos, la debilidad de los ancianos) puede concitar actitudes tanto o más heroicas que las del nacionalismo o el republicanismo. Y sin embargo, este sentimiento intenso no tiene la carga agresiva de los patriotismos precedentes. Explica Weil que mientras que el orgullo de la grandeza nacional es por naturaleza excluyente, la compasión es por naturaleza universal; únicamente es más virtual para las cosas lejanas y extranjeras; y más real y carnal para las cosas próximas.

Weil agrega que, a diferencia del orgullo nacional, el patriotismo inspirado en la compasión confiere a la parte más pobre del pueblo un lugar privilegiado. Es que las glorias y honores de la nación llegan a los sectores más postergados como un eco lejano y ajeno, pero el conocimiento que el pueblo tiene de la realidad de la desgracia le permite sentir como propio el patriotismo de la compasión: Si se estableciera entre la patria y el pueblo una relación así, dice Weil, el pueblo ya no sentiría sus propios sufrimientos como crímenes de la patria hacia él sino como males sufridos por la patria en él.

Este patriotismo de la compasión responde a una genealogía distinta de la revolución francesa y del republicanismo renacentista. Precisamente, esta concepción del patriotismo se remonta al mandato cristiano de la caridad. El historiador Ernst Kantorowicz ha señalado cómo la máxima secular de amor a la patria y a los compatriotas puede rastrearse en el mandamiento cristiano. Así, el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo se traduce en el mandato secular de amar a la patria sobre todas las cosas y al compatriota como a uno mismo. Sin embargo, este amor caritativo solo puede convertirse en sentimiento político cuando abandona el ámbito privado de la beneficencia y se constituye en principio político estructurante del Estado.

Termino repitiendo que, antes de confinar el patriotismo a los museos y a los actos escolares, es necesario saber de qué hablamos cuando hablamos de la patria. Esta conciencia puede ayudarnos a comprender el valor democrático, republicano y popular del patriotismo, sin perder de vista los peligros a los que puede dar lugar. Cultivar este legado, intentar comprender su riqueza y sus riesgos, puede ayudarnos a mantener vivos el postulado de que tenemos patria, el proyecto de una patria grande y la convicción de que la patria es el otro.