¿Qué es el feminismo y quiénes son lxs feministas? – Daniela Losiggio

Existe un sentido común que comprende el feminismo como la doctrina de la dominación femenina. Esta acepción no se ajusta a ideas que hayan resultado relevantes para el feminismo histórico, incluso teniendo en cuenta la variabilidad y el carácter multiforme del movimiento. El propósito de la dominación matriarcal por parte de las feministas es un prejuicio abonado, o bien por la propia ideología machista, o bien por un esencialismo que construye lo femenino como moral o espiritualmente superior. Pero es necesario endilgar este esencialismo a J. J. Bachofen (o a otros ginófilos más o menos entrañables) más que al feminismo per se, ocupado, oportunamente, en la igualdad de derechos políticos, económicos, sexuales y humanos en general.

El prejuicio de la prosecución de un autoritarismo matriarcal exige una doble desmentida: del autoritarismo como fundamento de existencia del feminismo y del feminismo como perspectiva esencializante de lo femenino. En cuanto a la primera, desde sus inicios y de modo muy general, el feminismo es la iluminación del hecho de que las mujeres son tratadas de modo desigual en todos o algunos de los ámbitos de su existencia (en la casa, en el trabajo, en los medios masivos, en la calle), por el mero hecho de ser mujeres. El intento de modificar esa situación no se ha dado por la vía de la violencia y en ningún caso por medio de un programa que proponga la inversión de la situación de dominación. En cuanto a la segunda, el feminismo ha explicado esta dominación sexista a través de una teoría de la organización de una sociedad que jerarquiza ideas y sentidos entendidos como masculinos (patriarcado). Esto último explica la alianza del feminismo con el movimiento LGBTTIQ (de lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, transgénero, intersexuales y queers). Así, podemos afirmar 1) que el feminismo no es un autoritarismo y 2) que el feminismo no es un esencialismo.

El nacimiento del feminismo tal como lo entendemos hoy se vincula teórica e históricamente a los debates modernos sobre los derechos humanos. En cierto sentido, en el feminismo primigenio de Mary Wollstonecraft (1759-1797) se habla un lenguaje que nos resulta familiar: la reivindicación de la dignidad del“ser humano”, entendido no solo como varón. Más tarde, a fines del siglo XIX y principios del XX muchas mujeres que no provenían necesariamente de la clase media blanca europea fueron adquiriendo voz propia dentro del movimiento e iluminaron otras capas de exclusión que se amalgamaban con el sexismo: el racismo, la xenofobia, el macartismo, la lesbofobia, entre otras.

Si bien el feminismo jamás ha promovido el autoritarismo o la violencia, sí existieron numerosas y célebres filiaciones de las feministas a movimientos emancipatorios armados. Por ejemplo, Ericka Huggins ha declarado que todas las integrantes del partido norteamericano de las Panteras Negras eran feministas. En la Argentina de los años setenta, como se ha estudiado hondamente, la doble inscripción política de mujeres a, por un lado, agrupaciones feministas (como la Unión Feminista Argentina o al Movimiento de Liberación Femenina) y, por otro, a organizaciones políticas armadas fue leída entonces como contradictoria por sus propias miembros y por los integrantes de las organizaciones. Es por este motivo que no fue del todo sostenida en el tiempo (K. Grammatico).

La integración de feminismo y movimiento de derechos de gays y lesbianas se remonta a los años ’60 cuando, al interior del propio movimiento, se fue desplegando una concepción antibiologicista del sexo. Se trató, en primer lugar, de la aparición, dentro del llamado feminismo “radical”, de la denuncia de nuevas desigualdades, en ámbitos menos visibles que los del padrón electoral o la nómina de cargos públicos. Esta había sido una imputación de orden primordial en el feminismo de la primera ola (sufragismo). El movimiento de mujeres de los ’60 y ‘70 se dirigía también a poner en jaque la presunta privacidad del ámbito doméstico, donde se producían también desigualdades de poder, como la división sexual del trabajo y el control de la reproducción por parte de los varones. La fórmula clásica “lo personal es político” buscaba denunciar lo eminente de esa situación de dominación invisibilizada. Pero esa misma fórmula encontró puntos en común con el movimiento LGBTTIQ. “Lo personal es político” significa que nuestra biología científicamente definida, nuestra orientación sexual, nuestro género resultan determinantes de nuestro lugar de subordinación. Así, la misma matriz patriarcal nos otorga un destino de asimilación a cada quien según género o sexo. Por ejemplo, las mujeres –definidas por el patriarcado mediante un prejuicio biologicista– debemos responder a la maternidad amorosa, las tareas domésticas y del cuidado, la fragilidad, la emocionalidad irracional. Las mujeres trans, de acuerdo con una cosmovisión cisexista, están destinadas a ámbitos marginales, trabajos precarios y, allí donde pueden bordear cierta libertad de expresión, es donde se muestran como locas simpáticas. El desprecio machista, heteronormativo y cisexista funda las prácticas de discriminación que se extienden desde la prescripción de este tipo de acciones y símbolos “adecuados” a género y sexo hasta la cosificación de los cuerpos–la comercialización, la violación y el femicidio–. En el fenómeno del femicidio (de mujeres, lesbianas y trans) se produce la exacerbación de la violencia por parte de varones heterosexuales, regularmente provocada cuando las mujeres desafían la situación de sumisión o dependencia (D. Maffía).

Es cierto que los varones heterosexuales tienen una mayor responsabilidad ética en la no-reproducción de la discriminación y violencia por causas sexo-genéricas: justamente porque existe un sistema jurídico y simbólico que los protege. Recordemos –por caso– la célebre absolución en 2013, por parte de la Suprema Corte de Justicia de Tucumán, de trece acusados por el secuestro y desaparición de Marita Verón (cuando recaían sobre ellos numerosísimas pruebas que los vinculaban a una red de trata y testimonios de otras víctimas que aseguraban haber visto a la joven desaparecida en los lugares administrados por los acusados). No obstante la mayor responsabilidad de los varones hétero, lo que nos aporta el feminismo contemporáneo es la idea de que la diferencia sexual se construye discursiva y performativamente (de S. de Beauvoir y J. Kristeva a J. Butler y E. K. Sedgwick): el “Otro” se forja en cada expresión o práctica que abre el juego de la distinción por sexo o género. Por ejemplo “primero las mujeres”, “no me gusta trabajar con mujeres”, “las mujeres son histéricas”, “en tanto mujer ella debería…”, “ayudo a mi mujer en las tareas de la casa”, “llorar es de mujer”.  De acuerdo con estas ideas, entonces, más allá del género u orientación sexual, todxs participamos de la configuración de subjetividades sexo-genéricas y de todxs depende omitir prejuicios y no prescribir identidades. Esto incluye una responsabilidad por parte de nosotrxs, las feministas y lxs militantes del movimiento LGBTTIQ, de procurar no sancionar moralmente a mujeres y personas LGBTTIQ que no adquieren una actitud emancipatoria activa (M. Solana).

En cuanto al feminismo argentino, de algún modo este siempre pivoteó entre un diálogo con el Estado de derecho y una lucha contra su autoritarismo. Desde J. Lanteri y M. A. Ramírez, cuyas demandas tempranas desembocaron en la ley de sufragio femenino (1947), hasta el feminismo de la transición democrática, influenciado por la segunda ola y las Madres de Plaza de Mayo (D. Barrancos). Este diálogo se encuentra en la base del apoyo o promoción por parte del feminismo militante y académico del reciente paquete de normas oficiales que se dirigen al reconocimiento de los derechos civiles y sociales de las mujeres y del colectivo LGBTTIQ, pero también a una ciudadanía más igualitaria, inclusiva y con derecho a la información: se trata de las leyes nacionales de cupo femenino (1991),de educación sexual integral (2006), de matrimonio igualitario (2010),de identidad de género (2012) y la provincial de cupo trans (2015). Por su parte, la ley 26.485 “de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres”(2009) se promulgó en respuesta al fenómeno de la violencia contra las mujeres en diversos ámbitos. Hoy las distintas organizaciones y agrupaciones feministas luchan por la reglamentación, aplicación y divulgación de esta ley. El observatorio de femicidios en Argentina “Marisel Zambrano” registra una tasa de 286 femicidios “vinculados” en su último informe de 2014. Recientemente se informó extraoficialmente que el fenómeno se ha agravado en los últimos dos años: se habla de un femicidio cada 18 horas, lo que redunda en 486 femicidios al año. Sin dudas estas cifras se inscriben en un contexto de ausencia de políticas públicas destinadas a la cuestión de la violencia de género. El poder judicial argentino apunta con particular cizaña a mujeres asociadas a movimientos populares (la persecución y privación de la libertad de Milagro Sala no deberíacomprenderse como otra cosa que como práctica extrema de una ideología machista combinada con el racismo y el pensamiento antipopular). Además, desde el poder ejecutivo, se ha reducido sustancialmente el presupuesto destinado al Plan Nacional de Acción para la implementación de la ley 26.485. A esto se sumanla falta de interés del Consejo Nacional de las Mujeres en articular políticas de erradicación de la violencia con las universidades organizadas a estos fines (Red interuniversitaria por la igualdad de género y contra las violencias), los anunciados recortes en ciencia y técnica (que afectan especialmente a las áreas de humanidades y con ello a los estudios sobre género) y el desmantelamiento de los programas de salud y educación sexual.

El 8 de marzo, las mujeres paramos para visibilizarla importancia de nuestro trabajo y para denunciar la violencia contra las mujeres en sentido general. Algunas vamos también a hacer justicia a nuestra tradición vernácula y queremos politizar la jornada. El feminismo es amigo del Estado que reconoce a las mujeres como iguales en inteligencia y capacidad, es enemigo del Estado que no reconoce la violencia de género, que en ocasiones la avala, la minimiza o la ignora.