¿Qué es y quiénes son los Conservadores? – Fabricio Castro

Casi nadie admite ser un conservador. El término está mal visto en los tiempos que corren, en los cuales la sola idea de “conservación” produce desconfianza frente a la obsesión actual por lo dinámico y cambiante.

A su vez, las imágenes mentales que el sentido común ha construido alrededor de la semántica conservadora confluyen en dos o tres estereotipos: la sotana retrógrada que predica parsimonia a los explotados, el patrón de estancia autoritario y paternalista, el jurista y el político defensores de las élites aristocráticas, etc. Aunque algo de todo esto es correcto, el pensamiento conservador es mucho más complejo e interesante.

En principio, deberíamos diferenciar dos cuestiones, que deben quedar claras. La primera: adscribir al conservadorismo no es igual a ser un defensor del status quo. Frente a una coyuntura política específica, el conservador no es aquel que detenta el poder y quiere en consecuencia conservarlo y el progresista aquel que desea sacárselo de encima. Pensar así nos conduciría a un absurdo, puesto que los conservadores serían, entonces, los victoriosos y los progresistas los derrotados. De ser así, ninguna ideología respetable se salvaría de la acusación.

La ideología conservadora nace en un momento puntual de la historia. El año es 1789. Revolución francesa, asamblea nacional constituyente, declaración de los derechos del hombre, decapitación del rey, terror jacobino, imperio napoleónico. Una vorágine de agitación social y política de tal gravedad que sus contemporáneos percibían que la Revolución marchaba por sí sola, con la determinación imparable de un fenómeno natural, como si una fuerza misteriosa y oculta utilizara a los hombres como su mero instrumento. La hondura de la crisis, el grado fenomenal de transformación que produjo alarmó a algunos destacados intelectuales europeos y enfureció a sus principales afectados: la Iglesia, la monarquía y la nobleza.

Así las cosas, dos años después de la toma de la Bastilla, el irlandés Edmund Burke escribe la biblia de los conservadores: Reflexiones sobre la revolución en Francia. Le siguen los escritos de dos católicos franceses, exiliados por la revolución: Joseph de Maistre y Louis de Bonald. Poco tiempo después, se suman los alemanes y nace el romanticismo medievalista, mientras que en España, hacia 1830, tienen lugar los primeros levantamientos reaccionarios de lo que se conoce como “carlismo” y cuyo epicentro fue, curiosamente, Cataluña.

Es difícil, ciertamente, englobar todo este pensamiento en un conjunto de ideas centrales. Ello se debe, quizás, a que el conservadorismo nace, por así decir, al revés: no para cambiar las cosas, sino para que las cosas no cambien o lo hagan de a poco y bajo ciertas reglas. Es un instrumento de defensa y no de ataque. Veamos.

El problema central para los conservadores era el carácter artificial de las reformas revolucionarias. Los Marat, los Robespierre, los Mirabeau, como antes los Rousseau (ser conservador en el siglo XIX era casi igual a odiar a Rousseau) creían en las posibilidades “creadoras” de los hombres. Para modificar de plano la sociedad, sostenían, bastaba una idea, rearmar las instituciones en función de ella, hacer la revolución correspondiente y crear nuevas leyes; en fin, una acción humana constante y directa que llevara a cabo lo que esos hombres habían imaginado como justo. En una palabra, hacer realidad la deseada teoría. El hombre puede y debe instaurar la justicia en el mundo. Con los instrumentos de la razón, es decir, pensando, se puede conocer el orden válido y legítimo. Con la violencia, hacerlo realidad.

Los conservadores piensan lo contrario. El hombre no “hace” sino que “acompaña”. ¿A quién?, a la Historia, que fue demostrando a través de los siglos cuáles son las instituciones más sólidas, estables y necesarias. Ella es la única con la capacidad para volcar a la realidad el armazón de elementos institucionales, las costumbres y los hábitos, con una sabiduría y perfección imposible de hallar en un puñado de estudiosos de la academia de Lyon.

El hombre no es “mejor” que la historia, no “sabe” más que ella y por lo tanto el hombre debe obedecer a la historia y cuidar su legado. Se lo debe a sus ancestros, cuyo esfuerzo obediente ha realizado un servicio a la construcción de su Nación y, sobre todo, se lo debe a sí mismo, ya que no sería nadie sin la acción de los siglos eternos.

Que el hombre no crea, sino que acompaña, no alcanza para justificar la defensa de los órdenes estamentales. ¿Por qué defender a la nobleza o la Iglesia? Los nobles lo son o bien por tradición, pues han recibido sus títulos hace muchos años y entonces los merecen, o bien por la vía meritocrática de una familia que se ha destacado por sobre las demás y se ha forjado una posición honorable que ratifica sus facultades para administrar.

Para consolidar este sistema, es inevitable recurrir a la religión. Ella es la nota indisociable del primer conservadorismo. Dios quiere la estabilidad de la sociedad y para ello necesita la figura de un monarca como representante político suyo. Ese es el origen del poder. La Iglesia refuerza su acción sobre los espíritus de los hombres para que se inclinen ante el orden establecido divinamente. Dios así quiso las cosas. Dios consiente la Historia.

Por eso, para estos autores el poder no es del pueblo. El pueblo obedece, Dios decide quiénes deben gobernar y siempre que hablemos de gobierno hablamos de súbditos-gobernados, esto es, de individuos sometidos a dicha autoridad. El súbdito-pueblo, no puede gobernar. Si lo hiciera, ya no sería súbdito…y sin súbditos ¿Sobre quién se gobierna? Este engorroso silogismo, se repite en casi todos los autores de aquellos años y tiene por detrás la idea de que el hombre, sobre todo “el populacho”, debe ser “controlado”, “mantenido a raya” por reyes y familias destacadas.

Por ejemplo, Burke se quejaba de que la Francia revolucionaria había copado la administración pública de “zapateros, herreros, artesanos de toda laya”. Con ello quería decir que el Estado francés apartó a los nobles, quienes se venían haciendo cargo del gobierno con prudencia y buen juicio y cuya práctica debe mucho al aprendizaje acumulado por la sucesión de generaciones.

Insisten los conservadores: cuando el pueblo cree que tiene la facultad o el derecho de cambiar las cosas, se vuelve violento. Este “creer que” para los conservadores no es más que un signo de inmoralidad. Y cuando los inmorales hacen política, son violentos e irresponsables. Para contrarrestarlo, es necesaria una política moral, para moralizar la política. Por eso propondrán aumentar la educación religiosa para fomentar las buenas costumbres y lograr así la máxima obediencia posible a las autoridades.

Con el tiempo, va perdiendo fuerza el aspecto religioso y va ganando importancia la idea de Nación. La Tradición nacional será entonces la justificación de los conservadores del siglo XX, tanto para repudiar al fascismo como para atacar al socialismo, ideologías de las que se distancian, en especial debido a la defensa que ambas hacen “del pueblo”.

En resumen, los conservadores sostienen: la defensa de la historia y de las tradiciones, el aristocratismo, la obediencia moral y política a las autoridades constituidas, a la Religión y más adelante a lo nacionalista. En definitiva, a la idea de que lo que existe es bueno por haber existido. En otras palabras, abogar por lo ya realizado, juran fidelidad a lo pasado con el sólo agregado de algunos pocos cambios. Como se ve, lo que piensa un conservador es diferente de una pertenencia al status quo, porque los conservadores no apoyan sin más a cualquier gobierno en el poder, sino únicamente a aquel que responda a estas exigencias de la historia y de la tradición.

Ya tenemos el menú conservador sobre la mesa. Resta decir que este pensamiento sufrirá unas sucesivas y constantes derrotas frente al liberalismo. Este último impondrá en el sentido común una serie de supuestos sobre las libertades individuales, políticas y económicas que los conservadores se verán obligados a aceptar para arremeter contra otras polémicas.

A pesar de las grandes diferencias con el liberalismo y el neoliberalismo, podemos decir, sobre todo del último, que existen rasgos y comportamientos del espíritu conservador que se encarnan en estos movimientos y que son un llamado de atención respecto a la vigencia de este pensamiento.

Porque toda vez que se considera al pueblo como un elemento pasivo al que es necesario acallar, reprimir e impedir su participación, porque cada momento en el cual se insista en lo incómodo de la celebración de elecciones con el argumento de que interrumpe las tareas de los tecnócratas y porque cada vez, finalmente, que se intenta anular las transformaciones populares en pos de un mercado que “sabe”, “quiere” y “realiza” lo mejor para los hombres sin preguntarles, entonces, cuando todo esto sucede, el neoliberalismo se convierte en una ilusión, en una ficción de libertad, cuyas promesas de libre elección significan la más cruda persistencia de las desigualdades.  Y este carácter anti-igualitario es uno de los modos posibles bajo los que se presenta precisamente el pensamiento conservador.