Radicalizar la democracia. Reflexiones acerca de “Por un populismo de izquierda”, de Chantal Mouffe

El populismo de izquierda de Chantal Mouffe y algunas reflexiones a partir del discurso de Cristina en Ferro

En octubre de este año apareció en las librerías de nuestro paísPor un populismo de izquierda. Editado por Siglo XXI y dedicado a Ernesto Laclau, el nuevo libro de la coautora deHegemonía y estrategia socialista (1985) se propone a sí mismo como una intervención en el debate en torno a lo que ella misma caracteriza como una crisis de la hegemonía neoliberal y el momento populista que se desprende de la misma. A continuación, intentaremos dar cuenta de los aspectos centrales del libro respetando la estructura que la propia Mouffe propone y, junto con ella y algunos elementos del discurso de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) que dio en el marco del reciente foro organizado por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), explorar posibles líneas interpretativas que nos orienten en la reflexión sobre nuestras democracias y sus devenires.[1]

El momento populista

Si bien podrían desprenderse algunas pistas que nos ayuden a pensar las democracias en estas latitudes, el libro de Chantal Mouffe está situado e inscrito en una coyuntura particular: Europa Occidental y su momento populista. Dicho esto, la autora se mete con el manoseado concepto de populismo. Visto y considerando los mares de tinta destinados al tema y con el mero objetivo de hacer entendible el concepto para los fines de este artículo, sólo diremos que a partir de Mouffe y Laclau entendemos al populismo como una estrategia discursiva de construcción de una frontera política que divide a la sociedad en dos campos y convoca a la movilización de “los de abajo” contra “aquellos en el poder” (Laclau, 2005). En este sentido, Mouffe introduce la idea de “momento populista” para hacer referencia a la situación en la que “la multiplicación de demandas insatisfechas desestabiliza la hegemonía dominante”desbordando el marco institucional existente.

¿De qué hablamos cuando decimos que la formación hegemónica neoliberal que reemplazó al Estado de bienestar keynesiano está en crisis? Hablamos de la crisis de la democracia liberal o, en los términos que propone el texto, hablamos de posdemocracia. Carl Schmitt planteaba que hay una tensión constitutiva entre los dos elementos que dan forma a lo que conocemos como democracias liberales: la idea de universalidad -propia de la tradición liberal- y los principios de igualdad -ligados al imaginario democrático-, los cuales según Mouffe entran en tensión cuando se enfrentan diferentes configuraciones hegemónicas. Esta posibilidad de confrontación agonista entre fuerzas políticas con vocación hegemónica es la que entra en crisis, por no decir desaparece, con la posdemocracia. Eliminada la posibilidad de tensión agonista entre diferentes proyectos de sociedad, nos vemos despojados nosotros mismos de la posibilidad de ejercer nuestros derechos democráticos. Al correlato de este proceso en la arena política Mouffe lo denomina pospolítica, situación en la que se “desdibuja la frontera política entre la derecha y la izquierda” bajo el pretexto de la “modernización” y el condicionamiento de la dictadura del capital financiero.

Tenemos entonces que el conjunto de transformaciones políticas y económicas que se han desarrollado durante los años de hegemonía neoliberal han llevado a la erosión de los dos pilares del ideal democrático: la igualdad y la soberanía popular. Este proceso trajo aparejada la extinción de la dimensión agonista de nuestras democracias y con ello nos encontramos con que las elecciones ya no nos permiten elegir opciones que vayan más allá del bipartidismo situado entre la centroderecha y la centroizquierda, situación que según la autora describe el escenario político actual en Europa occidental. Desaparecida la dimensión partisana de la política y con ella el ejercicio de la soberanía popular, la pospolíticase vuelve el terreno predilecto en el que expertos y tecnócratas se reparten las funciones de administración de la cosa pública. Si a este fenómeno le agregamos aquel que la filósofa belga caracteriza como una creciente “oligarquización” de las sociedades occidentales por efecto de la preminencia del capital financiero por sobre la economía productiva, tenemos una imagen un poco más acabada del estado de situación, signado por un aumento exponencial de las desigualdades sociales.

Como resultado de esto, emergieron diversas estrategias populistas que, con mayor o menor éxito, construyeron una voluntad colectiva capaz de articular una variedad de demandas democráticas que les permitieron acceder al poder desafiando a la hegemonía neoliberal a través de la política parlamentaria. Las experiencias griega y española de Syriza y Podemos dan cuenta de esto, así como la de Die Linkeen Alemania, el Bloco de Esquerda en Portugal y los casos Jean-LucMelénchon en Francia y el Partido Laborista bajo el liderazgo de Jeremy Corbyn en el Reino Unido son otros ejemplos posibles. La contracara de estos procesos podemos encontrarla en el vertiginoso ascenso de lo que Mouffe categoriza como populismos de derecha, a quienes lejos de demonizar y sucumbir ante la “pereza intelectual” de llamarlos fascistas, la autora propone pensarlos como experiencias exitosas que han sabido articular un conjunto de demandas, muchas de ellas de carácter democrático,a las cuales el populismo de izquierda debe dar una respuesta progresista.

¿Qué diferencia entonces al populismo de izquierda del populismo de derecha? La forma en la que rearticulan las resistencias a la posdemocracia o, más llanamente, la forma de construir el pueblo. Ambos buscan articular demandas insatisfechas trazando una frontera antagónica entre un “ellos” y un “nosotros”, y en el resultado de ese proceso radica la diferencia. El pueblo que pretende construir el populismo de derecha es un pueblo restringido, que deja afuera a los inmigrantes, a la comunidad LGTB, por nombrar algunos ejemplos (Le Pen podría ser un ejemplo, así como nos permitimos incorporar a Trump y Bolsonaro). A la estrategia populista de izquierda, en cambio, le interesa profundizar la democracia, ampliarla, incorporar las demandas de un conjunto diverso de actores que permitan la delimitación de un nosotros amplio, el pueblo, y construir un adversario común: la oligarquía. Es en este sentido que hablamos de radicalización de la democracia.

Lo que Thatcher nos dejó

“Margaret Thatcher era consciente de la naturaleza partisana de la política y de la importancia de la lucha hegemónica” ¿Qué quiere decirnos la autora con esto? Posiblemente que en el marco de su estrategia populista nunca descuidó la dimensión ideológica. En esta estrategia, que contemplaba el trazado de una frontera política que dejaba de un lado a las “fuerzas del establishment” -burócratas estatales, beneficiaros de políticas sociales (¿choriplaneros?) y, fundamentalmente, los sindicatos- y del otro a la “gente” honesta y con vocación de trabajo, la exaltación de la libertad individual y la subordinación de la dimensión igualitarista de la democracia fueron los elementos centrales que dieron forma al dispositivo ideológico neoliberal. Tales fueron los alcances de la revolución neoliberal, señala la autora junto con Stuart Hall, que terminaron también condicionando los márgenes discursivos dentro de los que el nuevo laborismo de Tony Blair se empezaba a mover a partir del triunfo electoral de 1997. Aparecía de esta manera la “tercera vía” y se celebraba el “consenso del centro” cual expresión de una democracia madura que había dejado atrás los viejos antagonismos. Se preparaba el terreno para la pospolítica.

¿Cuál es, entonces, la enseñanza del thatcherismo? Que se puede transformar el orden hegemónico existente sin destruir las instituciones democráticas liberales. Poder establecer una formación hegemónica más democrática implicaría necesariamente una reconfiguración de las relaciones de poder así como el establecimiento de nuevas prácticas democráticas pero, sostiene Mouffe, no  necesariamente requiere romper con el régimen democrático liberal. Este es el saldo histórico que la autora pretende recuperar del thatcherismo, y también en ese sentido plantea que el primer paso para construir una ofensiva hegemónica es, necesariamente, establecer una frontera política que rompa con el consenso pospolítico de la centroderecha y la centro izquierda.Si en Hegemonía… la tarea pasaba por radicalizar la democracia, hoy se trata de recuperarla o, en todo caso, resignificar el modelo agonista para a partir de allí radicalizarlo.

Radicalizar es la tarea

Polemizando con quienes describen al populismo como ruptura institucional, Mouffe propone que la democracia puede radicalizarse a través de un involucramiento crítico con las instituciones existentes, disputando el significante “democracia” para  aprovechar de su potencialidad. Hay necesariamente una dimensión anticapitalista en esta estrategia, lo cual no implica que la clase obrera sea obligadamente el sujeto revolucionario, lo cual podemos sostener afirmándonos desde una postura epistemológica antiesencialista. No hay lugares privilegiados en esta lucha. Lo que hay es un conjunto de antagonismos entre el capitalismo y diversos sectores de la población, aunque ni ellos mismos perciban esas luchas como “anticapitalistas” y lleven adelante las mismas en nombre de la igualdad y la conquista de derechos en el marco de la democracia. Como veremos, la dimensión afectiva de la política es sin lugar a dudas fundamental en este proceso.

Construir Pueblo

Una de las diferencias que Mouffe rescata en relación a la coyuntura en que se escribió Hegemonía… es el surgimiento de nuevos antagonismos producto de la ampliación del campo de conflicto tras el recrudecimiento neoliberal. En este sentido, sostiene que el número de personas afectadas por las políticas neoliberales es mucho mayor al número de las personas que suelen inclinarse por opciones electorales de izquierda en sentido amplio. Esta particular situación representa por un lado la excepcional oportunidad para la construcción de una formación hegemónica alternativa y por otro una difícil tarea: articular en una voluntad colectiva a un conjunto de demandas que se presentan hoy con un grado dispersión y heterogeneidad mucho mayor que el de hace varios años. La construcción discursiva del sujeto pueblo requiere entonces de la capacidad de abordar formas de subordinación vinculadas a relaciones de dominación, explotación o discriminación que a priori las encontramos dispersas. Como botón de muestra, Mouffe insiste en la “cuestión ecológica” y el lugar privilegiado que debería tener en la agenda de un proyecto de radicalización de la democracia.

Pasando en limpio, la tarea principal de una estrategia populista de izquierda es la construcción del pueblo. ¿Cómo se hace esto? Estableciendo una relación de equivalencia entre demandas diferentes susceptibles de ser reunidas en oposición a un adversario, esto es, trazando una frontera antagónica que nos permita delimitar un “nosotros”, el pueblo, y un “ellos”¸la oligarquía, la casta, el establishment, “los de arriba”, la ceocracia, dependiendo del registro discursivo y el contexto en el esa estrategia esté inscripta. En este proceso de articulación de demandas, señala la autora, lo importante “no es dónde provienen las demandas, sino cómo se articulan con otras”[2].Y más arriba señalábamos un elemento central que abordaremos muy sucintamente: el rol que desempeñan los afectos. En este sentido, señala Mouffela centralidad de lo afectivo tanto para lo que pudiera ser la construcción de un liderazgo como principio articulador que conecte en una cadena equivalencial la multiplicidad de demandas democráticas, así como en lo que refiere a la constitución de las identidades políticas. Vinculando esta idea con lo que decíamos al principio en relación a la desaparecida dimensión partisana de la política en el marco de la formación hegemónica neoliberal, la autora concluye planteando que sólo recuperando el carácter agonista de la democracia podremos movilizar afectos que nos permitan crear una voluntad colectiva que profundice y radicalice los ideales democráticos.

La estrategia de Cristina

Hace algunos días, en el marco del foro organizado por CLACSO, CFK nos invitaba a pensar otras categorías más allá de la tradicional distinción entre izquierda y derecha, proponiendo hablar de “pueblo” como estrategia para delimitar un gran frente patrióticoque permita enfrentar a la alianza Cambiemos en las elecciones generales del 2019.

En relación al planteo de lo obsoleto del uso de las categorías deizquierda y derecha, proponemos entenderlo en el marco de una estrategia de poder con vocación hegemónica. De esta manera y participando de la polémica que provocaron sus palabras, no creemos que la intención de CFK haya sido decretar la caducidad de estas categorías en tanto sistemas de construcción de sentido o, en palabras de Mouffe, como marcadores simbólicos clave en determinados contextos políticos. Álvaro García Linera, indiscutible referencia intelectual en el campo de lo que podríamos denominar como la izquierda latinoamericana, se expresó en este mismo sentido durante su intervención en el mencionado foro. Según el vicepresidente de la Bolivia de Evo Morales, hay que diferenciar la izquierda como categoría sociológica que permite identificar y clasificar puntos de vista, actitudes y comportamientos de lo que denomina como “modos de convocatoria a la acción política colectiva”, los cuales en algunos casos pueden recurrir a la izquierda como principio articulador de la identidada la que se apela así como también pueden recurrir a otras categorías como lo popular, la unidad, la ciudadanía, en este caso, el pueblo. Nos parece central esta diferencia, ya que lo que García Linera denomina como “modos de convocatoria” es lo que aquí definimos como estrategia de poder con vocación hegemónica. Dentro de esta segunda opción hay que interpretar las palabras de CFK, quien inmersa en una clara estrategia populista de izquierda según lo que hemos introducido anteriormente, propone construir un pueblo lo suficientemente amplio que permita disputarle el gobierno del Estado al neoliberalismo reinante dentro del marco del juego democrático.

Por último, creemos que hay otro elemento central que se desprende de la lectura de Mouffe y nos invita a la reflexión sobre nuestras democracias, y es la idea de posdemocracia y su correlato en la pospolítica. El evidente fracaso electoral de diversas estrategias que se propusieron disputar “el centro” de la escena política dentro de las cuales podríamos traer a colación la pésima elección que hizo recientemente en Brasil el PSDB con la candidatura de Geraldo Alckmin o el desgranamiento que viene experimentando el Frente Renovador y su propuesta de representar a la “ancha avenida del medio” parecieran ser indicadores irrefutables de un proceso de polarización política en el que las propuestas de centro tienen un rol testimonial. En este marco, el llamado de Mouffe a recuperar la dimensión agónica de la democracia reconociendo la naturaleza partisana de la políticacobra un sentido particular para nuestra coyuntura. La pregunta, en todo caso, girará en torno a cuáles serán los límites del pueblo con el que se pretende construir una nueva formación hegemónica que nos permita recuperar la política para profundizar y radicalizar  nuestra democracia.

*Por Lautaro Barriga, sociológo y miembro del Observatorio Electoral de América Latina

[1]La autora del libro también participó del Primer Foro Mundial del Pensamiento Crítico organizado por CLACSO en el Club Ferro Carril Oeste (Ciudad Autónoma de Buenos Aires) en calidad de invitada internacional para disertar en torno al eje “Mundo Trump”, intervención en la que expuso los diagnósticos y conclusiones que aborda en el libro aquí reseñado.

[2] Sirve para graficar esta idea el discurso que Cristina Fernández de Kirchner (CFK) daba el 13 de abril del 2016 desde los tribunales de Comodoro Py, en donde entre otras cosas proponía conformar un gran frente ciudadano en el cual “(…) no se le pregunte a nadie a quién votó, ni de qué partido es, ni en qué sindicato está, o si es trabajador informal, o formal, jubilado, no jubilado, si paga ganancias o no paga ganancias, que no se le pregunte nada de eso. Que se le pregunte cómo le está yendo, si le está yendo mejor que antes o peor. Entonces ese es el punto de unidad de los argentinos: reclamar por los derechos que les han arrebatado”