¿Y ustedes, “los kirchneristas”, qué? – Fabricio Castro

En las últimas semanas, dos hechos han destacado en la agenda política. Ambos han sido rebajados, menospreciados y tergiversados por las agencias privadas de comunicación del Estado Nacional. Hablamos de la manipulación electoral de las P.A.S.O y de la más grave aún desaparición de Santiago Maldonado, denunciados por diversos sectores de la oposición, en especial por el kirchnerismo pero también por la izquierda.

Uno de los argumentos utilizados para minimizar los cuestionamientos a estos sucesos apuntó directamente a los kirchneristas, bajo la acusación de que dicho sector no tendría el status moral para denunciar-quejarse-indignarse. Por el contrario, dice esta hipótesis, los kirchneristas deberían llamarse a silencio, pues no serían precisamente los mejores amigos de la democracia y sus instituciones. Toma la forma característica de la siguiente pregunta retórica: ¿Y ustedes (kirchneristas) qué? Por eso, veamos los distintos hechos. 

Para quien observó la secuencia minuto a minuto, la manipulación de la carga de datos en las P.A.S.O de la provincia de Buenos Aires fue evidente. Durante la noche se comunicó una diferencia de más de cinco puntos en favor de Bullrich. A medida que transcurría la madrugada, la distancia se reducía de modo persistente, beneficiando a Cristina Kirchner, lo que evidenciaba una carga selectiva que priorizaba los distritos que daban bien a Cambiemos. Hasta ahí, una desprolijidad lamentable, pero común en el comportamiento de nuestra clase dirigente: estirar un poco los resultados para desgastar el festejo del contrario. Cerca de las cuatro de la mañana, la diferencia era de 0,01 para el candidato del PRO.

En ese momento, Cristina Fernández sale al escenario y se muestra frente a las cámaras ante unos pocos noctámbulos sobrevivientes, convencida de que pasaría al frente, pues era sabido que los votos restantes se hallaban en distritos favorables. Pero nada de eso sucedió. Durante la media hora siguiente, solo se consignaron votos de Bullrich. Finalmente, se alcanza el 95% de las mesas escrutadas y se declara indefinido el resultado.

Semanas más tarde, el escrutinio definitivo inclinó la balanza hacia Cristina Fernández, por muy poco. Menos de lo que se esperaba. No obstante, una carga pareja de datos, una muestra aleatoria de carga, hubiera evidenciado una victoria mínima desde el principio. Puede argumentarse que de todas formas la elección hubiera necesitado de un conteo posterior para reconocer firmemente un ganador, pero ello no explica la ventaja inicial, en consonancia con los objetivos oficialistas que, por otra parte, sospechaban de su derrota sin conocer todavía la diferencia real.

Para explicar lo sucedido, desde el oficialismo se refugian en el legalismo, como si la ley fuese el único componente de la democracia. Como el escrutinio provisorio es precisamente eso, un conteo rápido para dar un resultado, no tiene la importancia legal que habilite a denunciar un fraude y por eso nadie lo hizo. Sin embargo, la democracia se compone también de prácticas informales. Me refiero a aquellos comportamientos consensuados dentro de la clase política a través de los cuales son posibles un desarrollo relativamente normal de, en nuestro caso, unas elecciones. Hasta ahora, a ningún gobierno se le había ocurrido tamaña manipulación.

La “venezolaneada”, como les hubiera gustado decir a los medios de comunicación de haber sido el kirchnerismo el organizador del escrutinio, significó la virtual suspensión del ganador de una elección gracias a una deliberada selección de datos que pasó olímpicamente desapercibida entre la clase política opositora (cuya izquierda honestista lo llamó “picardía”), entre los académicos de la ciencia política republicanista (que se pasaron los últimos doce años caracterizando al kirchnerismo como autoritario en congresos académicos y revistas científicas) y por los editorialistas de los diarios (tan pródigos en la defensa de las instituciones democráticas y de la seguridad jurídica, coartados por la “reina egipcia”). Todos ignoraron el hecho.

Frente al reclamo, se les grita como respuesta a los “K”: ¿Y ustedes qué?, ¿Qué tienen para decir, si seguramente hacen del Conurbano una cueva de irregularidades electorales? ¿Y ustedes qué? si seguramente acumulan bolsas de votos vía clientelismo. Ustedes, se les dice en suma, no conocen de prácticas democráticas; por lo tanto, no las merecen.

Y desapareció Santiago Maldonado. Inmediatamente, brotaron declaraciones, imágenes y caricaturas que reflejaron el mismo argumento del “¿Y ustedes qué?” Otra vez, se les achaca a los “K”: ustedes no re-aparecieron a López. Ustedes son responsables de la policía acusada en el terrible caso de Arruga. Son responsables por María Cash y por Nisman. Ustedes, se les dice, no tienen “status moral” para hablar de desapariciones porque tienen varios casos por resolver.

La comparación es cómica. El “republicanismo democrático-liberal”, prolijo en sus formas institucionales, no puede aumentar los niveles de institucionalidad de nuestro país y vuelve a conformarse con un empate técnico, esta vez sobre cantidad de desaparecidos, contra el sádico, autoritario y antidemocrático “Estado populista”. 

No parece contar, por supuesto, la garantía general del derecho de protesta durante el kirchnerismo. No cuenta la política de esclarecimiento de los crímenes de la dictadura, ni las acciones junto con asociaciones civiles para actuar contra la trata de personas. Ahora bien, en contraste, la gran República no puede exhibir ningún logro. No por ineficiencia, sino porque sus posiciones ideológicas se basan en el impedimento a grandes rasgos de la protesta social y en la utilización explicita de la represión. El cambio, por lo tanto, es de concepción. La diferencia es profunda, basal, porque es ideológica. La represión social está en el esqueleto del macrismo y de su ideología neoliberal. El kirchnerismo, aun cuando reprimió y mucho en varios momentos, tuvo a grandes rasgos otra orientación en este plano. Hay que ir con cuidado al afirmar esto, por supuesto, pero es necesario aun así remarcar la diferencia con el macrismo.

Un último caso, mucho menos grave, incluso anecdótico, pero del cual podemos extraer lecciones, es el ocurrido en las últimas horas con las declaraciones de Susana Giménez sobre la ex presidenta. En un tuit de notoria difusión expresó que “De ninguna manera (…) recibiría a Cristina Kirchner”, el motivo reside en que conversar con ella iría en contra de “sus principios e ideas”. La frase es confusa. ¿Qué es lo que iría en contra de sus principios? ¿Conversar con un rival político? ¿Publicitar las ideas que odia? Es posible pensar en un gran gesto censor de la actriz, pero en lo profundo creemos que se oculta la idea de que el kirchnerismo no merece voz, porque no es considerada una voz democrática autorizada.

Es de lo que venimos hablando.  Ustedes, kirchneristas, no merecen la palabra, dice S.G. Ustedes son antidemocráticos. Y al antidemocrático, ni voz ni publicidad. En una democracia pluralista este es un argumento curioso, pero válido en ciertas circunstancias. El argumento de Susana Giménez es usado frecuentemente contra dictadores y ex represores. Hoy, algunos sectores lo utilizan contra el kirchnerismo. Porque ustedes, y aquí una voz como la de Susana Giménez se hace nuevamente presente…Y como ustedes, kirchneristas, son la anti-democracia, es necesario silenciar sus ideas autoritarias, inadecuadas sobre todo para el prime time televisivo y especialmente cuando la interlocutora es Cristina Kirchner, la oscura líder populista.

Para concluir estas ideas: 

Los tres casos de “¿Y ustedes qué?” nos revelan la intención de gran parte del sistema político y mediático de desplazar al kirchnerismo de la legitimidad de la palabra pública. La actitud, aunque de menor intensidad, es muy ´55: tildar al peronismo de antidemocrático, para llamar justicia democrática a su exclusión. Naturalmente, no decimos que se proscribirá al kirchnerismo ni mucho menos. Las ilegalidades de este tipo ya no son comunes. Se intenta el ostracismo, no la proscripción.

En efecto, de generalizarse la creencia de que el kirchnerismo no es democrático o, peor aún, de que sus seguidores no lo son, éste no puede ni debe hablar en nombre de la defensa de los derechos humanos, de la celebración limpia de elecciones o pedir siquiera un lugar en la televisión abierta privada.

La tarea principal del oficialismo es entonces lograr consenso en torno a la idea de que el kirchnerismo no es un movimiento político adecuado para un sano esquema liberal-democrático.

Sin embargo, la gran Republica, hasta ahora, no ha logrado mucho más que el “populismo autoritario”, como les gusta definirlo, en materia de libertades civiles o seguridad institucional y jurídica. Más bien se conforma con “empatarla” y por eso recurre a la voz comparativa (“ustedes hicieron lo mismo”, “de ustedes mejor ni hablemos”). Dado que el macrismo no puede exhibir logros superiores cabe rescatar la pregunta acerca de si acaso no son precisamente impedimentos ideológicos derivados de su marcado neoliberalismo los que explican sus malos resultados en esta materia.

En consecuencia, si esta Gran República macrista no le gana ni le empata al “populismo autoritario”, si ni siquiera logra ser mejor que la propia construcción demonizada de su enemigo, entonces es posible pensar o bien que la Gran República no es tal, o bien que el verdadero verdugo no ve en el autoritarismo otra cosa más que su espejo inconfesable.