Vivas nos queremos – Paloma Dulbecco

A mediados de mayo de 2015, luego de que se conociera una brutal serie de femicidios en distintos lugares de nuestro país, surgió una convocatoria vía Twitter por parte de un grupo de mujeres comunicadoras para juntarse el 3 de junio en el Congreso de la Nación para visibilizar un reclamo: “basta de violencia machista”. Argentina ya contaba desde 2009 con la ley 26.485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres, que define los tipos y las modalidades de violencia machista; y, desde años previos, con la ley de Salud Sexual y Reproductiva y la incorporación de la figura de femicidio al Código Penal.

Sin embargo, llegamos al 3 de junio de 2015 con una necesidad social y colectiva realmente existente, de parte de mujeres, varones, trans, de todas las edades y clases sociales, de diversas ocupaciones y ciudades, de gritar juntxs y bien fuerte: #NiUnaMenos, porque según las estadísticas –elaboradas por las propias organizaciones de la sociedad civil para asistir a las víctimas, ya que ningún poder del Estado se hacía cargo de la demanda– nos mataban a una cada 30 horas – actualmente, es una cada 18 horas: probablemente cuanto más nos animemos a denunciar y cuanto más formadas en perspectiva de género estén las fuerzas de seguridad y, entonces sí, nos tomen las denuncias, ese número, ese tic-tac de las horas que encarna una desgarradora realidad, nos alarme cada vez más y nos exija redoblar los esfuerzos y el compromiso para construir cotidianamente una sociedad sin desigualdades de género. Ese mismo 3 de junio se conformó un colectivo bien heterogéneo y activista, que se fue armando desde el sentido interés de las y los participantes y, por ello, perdura tan fuerte. Motorizó dos paros generales de mujeres, movilizaciones masivas y federales, asambleas populares, miles y miles sumándose cada año a los Encuentros Nacionales de Mujeres –que se realiza anualmente desde 1986.

A simple vista, el emergente #NiUnaMenos aparecía defendiendo lo mínimo: nuestras vidas. La unidad en torno a ese derecho fundamental fue posible y se construyó rápidamente. A diferencia de otros climas de época más favorables a debates feministas en torno a la ampliación de derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales para las mujeres y las minorías sexuales, nos encontrábamos para reclamar un alto a nuestras muertes a manos de los hijos sanos del patriarcado. Pero las articulaciones entre diversas experiencias, pertenencias, militancias y el carácter ampliamente transversal del colectivo lograron potenciar lo mejor de cada una de las partes. Con la inserción en agenda de las movilizaciones para reivindicarnos y reclamar contra la violencia hacia las mujeres, ganó terreno la lucha feminista en la escena política y social.

A partir de la consigna #NiUnaMenos, a la que desde diversos sectores reaccionarios y medios masivos de comunicación se la pretende limpiar para lavarle su carga feminista, enunciamos una demanda de mínima pero con lazos inseparables con nuestros reclamos de máxima. Lo que desde el feminismo se define como violencia machista es un producto del patriarcado, en tanto sistema social desigual en el que ciertos varones –predominantes, represivos, viriles– oprimen a las mujeres y al resto que no se ajuste a su ideal (personas LGBTTIQ) y se apropian de su fuerza productiva. Esta violencia se reproduce mediante cuestiones centrales tales como la división sexual del trabajo (las mujeres dedicadas a las actividades relativas a la reproducción de la vida) y la heteronormatividad(entendida como sistema de normas que rechaza aquellas relaciones sociales, identidades de género y orientaciones sexuales que no se ajustan a las heterosexuales).

Visibilizamos que la violencia machista es una constante que afecta día tras día nuestras vidas, nuestros cuerpos, nos deja marcas, nos genera miedos, nos motiva resistencias y acciones. Podemos morir asesinadas por el simple hecho de ser mujeres, así como por la misma razón se nos paga menos salario por igual trabajo, nos condenan las publicidades a las tareas de limpieza-cocina-cuidado, se nos restringe el acceso a los lugares de toma de decisión; en definitiva, resulta de una cadena de significados, discursos y prácticas sociales tendientes a preservar ciertos privilegios de poder y libertad de los que gozan los varones. La gran rueda que termina con los femicidios empieza por una sociedad que avala y reproduce múltiples formas de discriminación y violencia contra las mujeres.

De este modo, el #NiUnaMenos se transformó en un marco de referencia para la acción. La necesidad de defender lo primero y último que es nuestra vida y la autonomía de los cuerpos de cada una de nosotras se insertó en la lucha feminista preexistente y permanente de ampliación de derechos para las mujeres. A partir de la masividad de apoyos que reunió el colectivo #NiUnaMenos, el feminismo logró constituirse en la práctica como un horizonte posible de luchas para dar respuestas concretas frente a las diversas formas en las que se manifiesta la desigualdad de género: la falta de representación femenina en espacios de poder (ya sea en partidos políticos, organismos públicos, sindicatos, empresas, organismos de la sociedad civil), la brecha salarial, la ausencia de políticas en relación con los cuidados, la doble carga laboral (empleo remunerado y tareas domésticas no remuneradas).

Así se fueron replicando otras consignas ligadas a la necesidad de condiciones de posibilidad para desarrollar vidas libres de cualquier tipo de violencia. Ya no sólo exigimos ni una muerta más, sino que la consigna #VivasNosQueremos contiene en su interior la potencialidad de las múltiples posibilidades y proyectos de vida a realizarse en un marco igualitario. Así es como nos restituimos a nosotras mismas como sujetas no sólo de derecho, sino de hecho y deseantes porque #NosMueveElDeseo. Lo pudimos hacer a partir de la articulación de consensos, de la tan en boga “unidad en la acción”. Ejemplos de esto hay varios: para la primera movilización no hubo acuerdo para postular la demanda por el derecho al aborto, sí para la segunda; para esta última no hubo acuerdo para denunciar la detención ilegal de Milagro Sala, sí se logró agregar al documento público por el Paro Internacional de Mujeres de este año; ahora se contempla la voz de las trabajadoras sexuales autónomas, porque coincidimos en que nuestro enemigo ha sido siempre quien opina y descalifica el cuerpo, el deseo y las decisiones de otras mujeres.

En este marco, consolidamos un movimiento de mujeres caracterizado por nuestra iniciativa, por elegir la movilización como forma de visibilizar nuestras demandas, por la diversidad de sectores, clases sociales y espacios políticos convocados por los múltiples pero indispensables reclamos, y otras características que con el correr de los años seguiremos todavía analizando. Las mujeres argentinas no queremos esperar más para disfrutar de nuestros derechos y tampoco para adquirir los derechos que aún se nos demoran. Somos conscientes que las desigualdades de género se agravan más aún en un contexto de ajuste como el actual, de precarización y feminización de la pobreza como hacía tiempo no vivíamos, por un gobierno nacional neoliberal en lo económico y social, retrógrado en lo civil y negacionista de los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico-militar. La paciencia se nos acaba y la organización es para nosotras el camino para canalizar el dolor y la impotencia que nos genera una sola muerta más, una chica que no vuelve a su casa, el dedo acusador de los medios antes nuestras elecciones de vida, la falta de licencias adecuadas para criar a nuestrxs hijxs, las diferencias salariales, entre tantas otras cuestiones.

Sabemos que los cambios políticos siempre son, en primer lugar y fundamentalmente, cambios culturales. Ese fue, precisamente, el logro de la consigna #NiUnaMenos que nos reunió aquel primer 3 de junio y lo sigue haciendo hoy en día: entender y demostrar que cada femicidio, cada violación, cada agresión, cada descalificación, no sea una ofensa para la víctima y/o sus familiares sino para el país todo, señalando que no se trata de una cuestión personal, sino eminentemente política.