Yo prometo – German Aguirre

Si fuésemos capaces de crear una máquina del tiempo y retroceder 9 meses para poder contarle a cualquier votante argentino lo que ha sucedido en el lapso que nos separa desde el 10 de diciembre de 2015, seguramente nos miraría incrédulo. Y es que Mauricio Macri ha sorprendido a muchos.

Conocido como un empresario cultor y defensor del neoliberalismo, Macri construyó el tramo final de su campaña electoral con un notable giro en sus propuestas. No fueron pocos los que se sorprendieron cuando anunció —al calor del angustioso triunfo de su delfín, Horacio Rodríguez Larreta, en las elecciones de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires— que Aerolíneas Argentinas seguiría siendo estatal. Mensaje que se reactualizó cuando prometía, en cada acto o intervención pública que protagonizaba, que uno de los ejes de su gobierno sería la “Pobreza Cero”, meta ambiciosa si las hay. Esta promesa tomaba nuevas formas cuando, buscando seducir al votante indeciso, Macri anunciaba en sus últimos spots que no íbamos “a perder nada” de lo que ya teníamos y que él no iba “a cambiar las cosas que sí se hicieron bien”. Promesas con variantes pero que apuntaban, todas, a generar confianza en que se cuidarían beneficios y conquistas de importantes sectores de la ciudadanía sin dar giros radicales sino ofreciendo, en su lugar, una brisa de sutil cambio.

No obstante, hoy día sabemos por boca del Jefe de Gabinete, Marcos Peña, que la Pobreza Cero siempre fue para el gobierno “una meta inalcanzable”. Seguramente por eso no ha habido mayor inhibición en desplegar una serie de políticas que afectan directamente a importantes grupos de la población: devaluación de la moneda, aumento de los precios de los alimentos, incremento del boleto de transporte, “tarifazo” de gas y electricidad, por mencionar sólo algunos. A estas medidas se suman otras, de impacto indirecto pero que articulan, en conjunto, un combo de tonalidad neoliberal: quita de retenciones a los grandes exportadores, nombramiento de jueces por decreto, desguace de la Ley de Medios.

Tamaña intensidad en tan poco tiempo ha tenido efectos importantes sobre las expectativas políticas de los ciudadanos: circula nuevamente en el debate público la idea de que los políticos “prometen, pero nunca cumplen”. Sentida frustración que viene a reactualizar un distanciamiento entre los representantes y el pueblo. Pero, ¿es que las promesas nunca tuvieron valor? ¿Cuál es la importancia de las promesas para la política? ¿Y cuáles son los efectos de la ruptura de las promesas?

Hannah Arendt, pensadora decisiva del siglo pasado, mostró con singular claridad la importancia que las promesas tienen para la política. Recuperando una frase del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, quien indicaba que la promesa es “la memoria de la voluntad”, Arendt nos dice que gracias a las promesas podemos construir ciertos ámbitos de previsibilidad en un mundo que de por sí está caracterizado por la incertidumbre. Para Arendt, la capacidad de realizar promesas, en cuanto permite “disponer del futuro en el presente”, mantiene las acciones de las personas dentro de un marco de seguridad y logra generar confianza en los demás.

Desde este punto de vista, podemos decir que las promesas imprimen un “horizonte”, detallan una dirección hacia la que se dirige la acción política. Ese horizonte existe porque hay un compromiso compartido entre quien promete —en nuestro caso, el Presidente— y quienes toman la promesa —los votantes—, y dicho compromiso se articula mediante la palabra. La importancia de las promesas remite, en última instancia, al valor de las palabras y de su cumplimiento.

Las promesas nunca resultan significativas si son unilaterales, es decir, si no son tomadas y apropiadas por quienes la reciben. Cuando aceptamos una promesa, rompemos esa unilateralidad y generamos una obligación en quien efectuó la promesa. Dicho de otro modo: la promesa es una articulación colectiva entre quien promete y quien recibe la promesa. Tal como expresara el politólogo Eduardo Rinesi, “tomar la palabra” de otra persona significa no sólo hacerla propia, reconocerse en ella, sino también com-prometerla a cumplir su palabra.

Así, las promesas resultan fundamentales para la política porque funcionan como vehículo de la confianza, otorgan previsibilidad y permiten coordinar acciones de cara al futuro. Dicho esto, ¿qué efectos políticos puede tener la ruptura de las promesas?

Aquí debemos analizar varias cuestiones. La primera consiste en establecer, como ya dijimos, si hubo un compromiso público asumido y reconocido. Las promesas lanzadas al viento no tienen mayor importancia si no logran interpelar a aquellos a quienes van dirigidas. En el caso que estamos analizando, muchos votantes depositaron expectativas en el nuevo gobierno a partir de una serie de promesas realizadas durante la campaña. En este sentido, la creencia y la confianza que despierta una promesa es lo verdaderamente relevante.
La segunda cuestión refiere al efecto que la “frustración” ante la ruptura de las promesas tiene sobre la legitimidad de los gobernantes. Porque la crisis de representatividad se origina como un desencanto al corroborar que nos han fallado, que los gobernantes a fin de cuentas no comparten nuestros valores: empezamos a considerarlos como unos “extraños”, perdiendo toda identidad con ellos. En otras palabras: la ruptura de las promesas puede llevar a una pérdida de legitimidad, a una crisis general del lazo representativo. Cuando dejamos de creer que nuestros gobernantes representan nuestros valores y tienen algo que ver con nosotros, comenzamos a cuestionar su legitimidad para ocupar el lugar donde los hemos puesto.

La tercera cuestión concierne a la capacidad que tiene la ciudadanía para exigir el cumplimiento de las promesas. Obligar a que se realicen los compromisos asumidos es una dimensión por lo general no abordada del tema, ya que solemos asumir que las promesas sólo atañen a quien la emite. Pero se olvida, como dijimos, que efectuar una promesa pública genera un vínculo entre quien realiza la promesa y quien la acepta. Dicho esto, la tercera cuestión puede resumirse en la siguiente pregunta: ¿estamos dispuestos, todos y cada uno, a actuar para obligar a que se cumplan las promesas? En definitiva, que se rompan las promesas es también una interpelación a la ciudadanía para que actúe al respecto.

En suma, la relación entre promesas y política constituye una dimensión fundamental en el escenario político abierto en la Era Macri. Pero además, la importancia de las promesas nos lleva a la pregunta por el futuro de la experiencia gubernamental en marcha.

Si el gobierno de Cambiemos continúa siendo incapaz de restituir una promesa que logre la confianza de la ciudadanía, si sigue despertando frustración y desencanto entre quienes depositaron expectativas en sus propuestas, seguramente termine compartiendo el destino común de las experiencias neoliberales: la incapacidad para generar una identidad política perdurable, el desgano político, y la ruptura de los lazos de legitimidad con los ciudadanos.

 

*Germán Aguirre es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires.